Cinco condiciones imprescindibles…

Cinco condiciones
Las dos cuñadas de él, mujeres amplias de carnes y, sobre todo, de pulmones, empezaban sus visitas como quien no quiere la cosa: hablando del tiempo, de la cosecha, y luego, suspirando de forma dramática, llegaban al asunto central.
Mira, Inés, que tienes que entenderlo, ¡nuestro Ramón es un tesoro de hombre! empezaba una, dejando sobre la mesa un tarro de miel de la sierra y un queso manchego bien envuelto. No bebe, es un currante, la casavamos, un lujo. Tiene su propio tractor, un colmenar, ¡y dos vacas! Para él solo, es mucho.
Mano de mujer le hace falta, y bien que le hace falta añadía la otra, echando un vistazo a nuestra humilde pero reluciente salita.
En Valdemora, el pequeño pueblo donde crecí, hasta las adelfas sabían que el viudo del pueblo de al lado no buscaba esposa, sino asistenta gratis. Así que sus discursos edulcorados me sentaban cada vez peor.
Bueno, el genio que tiene es de aúpa asentía mi tía Eulalia, la cotilla que venía a investigar cada vez que se iban las emisarias. Pero mira, no es un vividor. Y tú, Inés, ya pasas de los cuarenta y pico. Con ese orgullo ¿a quién vas a interesar?
Yo fregaba los platos en silencio, agarrando el trapo con tal fuerza que casi lo estrujo hasta hacerlo polvo. Mi vida entera la había dedicado a esta casa. Primero, cuidando de mi madre enferma hasta el final. Luego, mi padre también cayó.
Mi hermano Jaime, siempre de aquí para allá con la obra, enviaba euros desde Bilbao, pero todo el trabajo duro y las noches en vela me tocaban a mí. Nunca me quejé. Era mi deber, mi hogar.
Yo conocía cada grieta, cada crujido de aquel suelo antiguo. Y, ahora que ya no quedaba ni madre ni padre, y me veía tan sola, todos me miraban con una mezcla guarra de falsa lástima. Solterona, decían unos; desorientada, otros.
No voy le espetaba a tía Eulalia. Que contrate a una trabajadora, y que le pague. ¡Yo no estoy para servirle a nadie!
De Ramón y su difunta primera mujer, la dulce Teresa, circulaban historias terribles por toda la comarca. Que si la reventó a trabajar hasta la tumba; que si se desvivía en el campo y en casa, sin un respiro.
Otros, los más piadosos, decían que Teresa llevaba mala salud y que Ramón, torpe y seco, no sabía cómo mostrar cariño, así que se refugiaba en la faena. Fuera como fuese, todos coincidían: con él, la vida no era precisamente un caramelo.
Pero la vida tiene mucho sentido del humor, y del negro además. Una semana después del asalto de mi tía, regresó mi hermano Jaime de la obra. Venía acompañado.
Te presento a Lucía me anunció, bajando la mirada. Mi mujer. Ahora también va a vivir aquí.
Lucía me evaluó de arriba abajo como quien decide si tira un sofá viejo o lo manda al trastero.
Los primeros días, para mí, fueron tortura. Ella zapateaba sobre mi reluciente suelo y no paraba de hacer comentarios:
Que si el geranio en la ventana le daba alergia, que si aquellas cortinas eran de abuela, que si en la casa olía a armario cerrado. Yo callaba y aguantaba, esperando que mi hermano pusiera orden. Pero Jaime le seguía la corriente, embobado detrás de ella.
El colofón fue al cuarto día.
Oye, Inés dijo Lucía en la cena, jugando con mi tortilla de patatas con el tenedor. ¿No te importaría quitar tus botes de legumbres del sótano? Me hacen falta sitio, que Jaime me va a poner un solarium.
Además, nosotras dos aquí esto no cabe. Tú lo entiendes, ¿verdad? Igual podrías buscarte un lugarcito, ¿no?
Miré a mi hermano. Él, decidido a evaporarse, inspeccionaba los dibujos del mantel como si fueran jeroglíficos egipcios. Traidor. Yo, que he dado todo por esta casa, ¿y ahora búscate un rincón?
La rabia me subió como la espuma de una caña mal tirada. Salí al porche y me senté en los escalones, fríos y húmedos por la bruma.
La noche olía a tierra mojada y hojas podridas. Y, por primera vez, sentí ganas de aullar de tristeza, si no fuera por el orgullo.
Y justo entonces, el destino, con su gusto por la broma cruel, hizo pasar por la plaza el vetusto Land Rover verde de Ramón. Aparcó ante la cancela como un toro resabiado.
Esta vez venía solo, sin la corte de casamenteras. Al volante, con el ceño fruncido, mirándome como quien examina una ternera en la feria: crítica, sin sonrisa.
Se bajó y se plantó delante de la cancela, pero sin cruzarla.
Bueno, Inés tronó, sin presentaciones. ¿Piensas seguir con la tontería? La casa y el campo están manga por hombro. Hace falta mujer.
Su tono, de puro impersonal y poco romántico, debería haberme herido el amor propio. Pero en ese momento, lejos de enfadarme, me despertó como un cubo de agua fría.
El enfado que sentía era total. Enfado con mi hermano, la nuera invasora, mi destino torcido. ¿Quieres criada, Ramón?, pensé. Vas a tener sorpresa.
¿Y si voy? se me escapó. La voz me temblaba, pero sonó firme.
Él se sorprendió, arqueó las cejas.
Pues venga, arréglate murmuró, tras una pausa. Mañana vamos al registro y lo arreglamos.
El pueblo se quedó helado. La mañana siguiente, con mi vieja maleta marrón, caminé hacia su coche. Las vecinas se persignaban en la fuente.
¡Está loca la Inés! ¡Ese la va a machacar! Ese no busca mujer, ¡quiere sirvienta!
Y yo con la cabeza alta, sin mirar a los lados.
Ya veréis, pensaba, voy a daros una lección. Os vais a enterar.
Nos casamos en el registro civil del municipio, sin tarta, sin vestido ni invitados.
Luego, él me llevó a su casa en Covadillos.
La casa, de ladrillo, dos pisos y verja alta, sí, tenía pinta de rica. Pero dentro era la cueva de un soltero desastrado.
Polvo sobre cada mueble, cristales tan sucios que no entraba el sol, la cocina llena de cacharros sin lavar y hogazas secas, peste a cocido agrio y tabaco rancio. El ambiente general era tan alegre como un velatorio.
Ramón tiró las llaves sobre la mesa y, sin quitarse las botas, se fue a su cuarto.
Bueno, allí tienes todo dijo. Para la comida, que esté lista a las dos. Yo me voy al colmenar; tengo faena. Por la tarde, calienta el baño.
Y marchó. Así, sin más, como si me acabara de contratar.
Yo me quedé allí en la cocina, rodeada de mugre ajena. Los oídos prácticamente zumbaban de tanto silencio. El primer impulso fue salir corriendo y volver a Valdemora, aunque fuera a dormir en el pajar de la tía Eulalia. Mejor eso que estar en una casa donde una no vale ni como persona.
Pero entonces vi mi reflejo en el cristal polvoriento del viejo aparador. Una mujer agotada me devolvía la mirada, con los ojos hundidos y la boca torcida de amargura.
No, me dije. Has venido hasta aquí. Ahora toca resistir. Esto es una batalla, y aquí todo vale.
No hice la comida, ni encendí el baño. En cambio, abrí mi maleta, saqué el mejor mantel bordado (el que hizo mi madre), cubrí la mesa. Encontré vasos limpios, los froté hasta hacerlos brillar. Me puse mi vestido azul de los domingos, y me senté a esperarlo.
Ramón volvió de noche, de mal humor y hambriento. Al entrar, se quedó pasmado.
¿Pero esto qué es? Balbuceó entre el fogón frío, la mesa de gala y yo, sentada como en portada de revista. ¡Inés! ¿Estás sorda o qué? ¿Dónde está la cena? ¿Por qué no está el baño preparado?
Se acercó, enorme y brusco.
¿A quién he traído aquí? ¡Buscaba trabajadora, no señorona de vestido planchado!
Le aguanté la mirada. El corazón me martilleaba en la garganta, pero la voz salió más firme de lo esperado.
Siéntate, Ramón.
Se quiso rebelar, pero mi mirada era de acero. Terminó sentándose hecho un tonel, resoplando.
¿Querías asistenta, Ramón Fernández? le dije, muy claro. Eso se pone por escrito. ¡Pero tú te casaste conmigo! Y no soy tu criada, soy tu mujer. Así que ahora, negociamos.
¿Negociamos el qué? gruñó él, aunque ya más flojo. ¡Que tengo hambre!
Negociamos, Ramón. Mis condiciones, desde ya. Si no te gustan, cojo mi maleta y me vuelvo andando. Que se ría todo el pueblo porque tampoco has aguantado a la segunda.
Él bufó y apretó los puños. Lo de ser la burla de la provincia, de nuevo, le frenó.
Primera empecé, contando con los dedos. No soy esclava, sino señora de esta casa. Hago lo que me parezca, cuando me parezca. Si me lo pides bien, lo hago; si ordenas, no muevo un dedo.
Ramón no daba crédito, se le abrieron los ojos como platos, igualito que a un niño al ver brócoli.
Segunda. El dinero de la casa, donde lo veamos los dos.
Esa azucarera le señalé. Ahí va el dinero de la compra y del jabón. No te voy a suplicar por un euro ni darte tickets de panadería.
Él resopló.
¡Ya verás cómo me llevas a la ruina!
No te arruino, Ramón. Soy más ahorrativa que tú. Pero yo cifras no rindo.
Tercera: ¡nunca me grites! El primer grito, y me voy. Odio los gritos desde niña. Mi padre era todo lo contrario.
¿Algo más? preguntó, ya irónico.
Sí, la cuarta: los domingos son de descanso. Como cualquier persona decente. Nada de lavar cortinas ni pulir el suelo. Salimos al campo, a la ciudad o nos tumbamos.
Y la última: duermo en la habitación de invitados. Hasta que me parezca.
Silencio. Solo sonaba el reloj. Ramón tenía la mandíbula tan tensa que parecía masticar piedras. Por fin, exhaló como si soltara el fuelle.
¿Y si no acepto?
Ahí tienes mi maleta, le señalé, sin desmontarla.
Él la miró, miró sus manos negras de tierra y aceite, y luego a mí.
¿Hay algo para cenar? susurró, derrotado.
Hay chorizo y huevos en la nevera. Fríelos tú. Yo estoy agotada.
Y salí. Detrás, sentí su mirada de oso, pero el silencio reinaba. Solo de lejos oí el clang de la sartén.
Me encerré en la habitación y lloré medio siglo. ¿Pero qué he hecho?, pensaba. Me va a echar mañana mismo.
Pero, a la mañana siguiente, al salir, encontré una taza de té (frío, pero té) en la mesa y una nota garabateada en el periódico:
Me he ido al colmenar. El dinero está en la taza del aparador. Compra pan.
No daba crédito. ¿Aceptaba mis condiciones? ¿O sería la calma chicha previo al huracán?
Así empezó nuestro peculiar ir y venir, como danzar sobre minas. Ramón gruñía, refunfuñaba, a veces se le iba la voz, pero apenas veía que yo dejaba la cuchara y me ponía la chaqueta, reculaba. Nos tanteábamos, midiendo fuerzas.
Empecé a ordenar la casa a mi manera. No como una esclava, sino como una señora. Las ventanas brillaron, las cortinas perdieron el amarillo y la casa se llenó de luz. Encontré fotos de Teresa, la primera esposa: flaca y con una mirada triste, de pedir perdón por existir. Las guardé respetuosa: ese no era mi territorio.
Cocinaba. Empanadas que inundaban el aire de aromas tan dulces que hasta el polvo en los muebles parecía menos gris. Cuando Ramón se sentaba, yo también me sentaba, nada de servirle de pie. Nos zampábamos la cena en un silencio que, si lo cortabas, salían chispas.
Él intentaba dar órdenes a veces: La sopa, aguachirri. Yo: Mañana la haces tú. Y él, a tragar.
A las pocas semanas, vi cambios. Dejó de entrar con botas llenas de barro, empezó a fregar su vaso. Minucias, sí, pero lo notaba.
El pueblo era una mezcladora de rumores. Las vecinas tan a lo suyo, con el ojo pegado a la rendija del seto, esperando verme demacrada.
¿Y qué, Inés? ¿Te trata mal? venían a curiosear, relamiéndose.
Vamos tirando, decía yo, sonriente, y cerraba la puerta dejándolas pasmadas.
Y llegó el día decisivo. Llovía a mares, Ramón atascado con su tractor, llegó negro de grasa y de genio.
¡Inés! rugió desde el portal, que ni el Gran Poder. ¡Agua caliente rápida!
Yo tejía en la butaca. Levanté la vista, lenta.
En la bañera tienes agua caliente, Ramón. Tú mismo calentaste el depósito. ¿O lo has olvidado?
¡No me des lecciones! vociferó, con el cuello hinchado. ¡Te he dicho que traigas agua aquí! ¿Tengo que andar por el barro como un idiota? ¿Eres mi mujer o qué?
Le miré. Dejé el ovillo, tomé la bufanda, me acerqué a la puerta.
¿A dónde vas? preguntó, desconcertado.
A mi casa mentí sin pensar, porque a dónde ir. O a la estación. Te avisé, Ramón. Para chillar, tienes el establo y las vacas. Yo no soy ganado.
Puse la mano en el picaporte. Fuera, diluvio universal.
¡Espera! rugió él, ahora con miedo. ¿Adónde vas? ¡Vas a acabar mal!
Mejor empapada que viviendo con un bruto, le solté, abriendo la puerta de par en par.
Y entonces, lo impensable. Ramón, el ogro de la provincia, cruzó la estancia en dos zancadas, cerró la puerta de golpe y me sujetó sin brusquedad.
Respiraba agitado, mirándome a los ojos y no había rabia, sino miedo.
No te vayas susurró ronco. Inés no te vayas. No sé hacerlo de otra forma. No me educaron. Mi padre era igual. Teresa nunca se quejaba Pensé que así debía ser. Pero tú tú eres otro mundo.
Pues no te afiles a mí, Ramón le respondí, ahora ya calma. Vive conmigo, no contra mí. No soy tu enemiga, solo quiero calor. Y tú igual, ¿no? ¿Para qué ir de ogro?
Entonces, bajó la cabeza y la apoyó en mi hombro. Pesado, oliendo a gasoil y lluvia, pero sin durezas. Le temblaban un poco los hombros.
Cansado estoy, Inés. Cansado de estar solo. Todos piensan que soy avaro y malo, pero solo cargo con esto para nada. Los hijos, crecen y vuelan. Solo llaman para pedir dinero. Buscaba una vida fácil con una mujer sencilla Y tú
Y yo no soy sencilla, le dije, acariciando su cabello canoso. Venga, vete a asearte. Yo caliento la cena.
Esa noche, hablamos por primera vez. No del campo, ni de las vacas: de la vida. Me contó lo mal que lo pasó sacando adelante a los hijos; cómo perdió a sus padres, cómo se hizo rocoso para sobrevivir al qué dirán.
Habló de Teresa: no cayó por el trabajo, sino por un corazón maltrecho que nunca quiso mostrar. Y él, tonto, la presumía de currante, sin ver que se consumía. Cuando se dio cuenta, ya era tarde.
Pasaron seis meses. Nuestra vida se volvió irreconocible. Los domingos, de descanso obligatorio: al mercado, al monte, o a leer bajo la parra. Descubrí que Ramón hasta podría ser divertido; sabía de plantas y pájaros más que un libro de texto.
Un domingo, nos fuimos al mercado. Ramón, con camisa nueva comprada por mí, hasta corbata se ató (torcida, pero se esforzó). Caminaba a mi lado, orgulloso, agarrándome del brazo.
Allí, junto a las casetas, me topé con tía Eulalia. Parecía ver una aparición.
¡Inés, hija! ¡Pero si pareces otra! Ramón ¡parece veinte años más joven!
Ramón sonrió, acariciando mi hombro.
¡Y tanto! dijo, para que le oyera todo el pueblo. Mi mujer es oro puro. Dueña y señora. Y bella. Nada que ver con vuestras comadres de cotilleo.
Me compró un pañuelo de lana caro, blanco como una nube. La tendera le ofrecía otro más barato, pero él:
Para mi mujer, lo mejor.
Toma, gruñó, al montar en el coche. Para que no pases frío.
Semanas después recibimos visita: mi hermano, Jaime, y la dicharachera Lucía.
¡Ay, Inesita, qué bien estás aquí! Esto es un chalet, no una casa. Y Ramón ¡vaya cambio!
Pero los ojillos de Lucía iban taraceando cada rincón, la envidia chorreaba por las pestañas.
Jaime está sin trabajo dijo suspirando. A ver si podemos quedarnos una temporadita aquí Total, tenéis sitio.
Ramón, serio, deja la taza y suelta:
Sitio hay, pero no para vosotros. Mi mujer, por vuestra culpa, casi duerme en la calleque busque un rincón, decíais, ¿no? Este es su rincón. Y su casa. ¡A Valdemora con viento fresco!
Lucía salió escopetada. Mi hermano, balbuciendo algo de familia, digo yo, tras ella.
Cuando se fueron, Ramón cogió mi mano en su zarpón.
Aquí, quien manda eres tú. Nadie vuelve a pisotearte. Nunca más.
Así seguimos. Él sigue teniendo su genio (el azúcar, para la repostería, no para el carácter). Pero ahora conozco el truco: cuando sube la voz, yo le miro tranquila y solo digo:
Ramón, condición número tres
Y él, el ogro grande, suspira y se va a poner el agua para el té.
Porque el respeto vale más que cualquier criada barata. Y parece ser que el amor puede crecer hasta entre piedras, si sabes arrancar a tiempo la mala hierba y exigir lo que toca.
Firmamos la paz con el mundo y, de paso, con la conciencia. Al final, no gané una pelea. Gané, simplemente, la felicidad.
Y así va mi historia. ¡Dejadme en comentarios lo que opináis, y dadle al corazoncito si os ha gustado! ¡Gracias por leerme, hasta la próxima!

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Cinco condiciones imprescindibles…
¿Y yo qué soy para ti, una abuelita cualquiera?