El Remolque Kiko estaba ya harto de fiestas continuas, relaciones de un solo día y citas infinitas,…

Remolque

Carlos estaba harto de fiestas sin fin, relaciones fugaces y encuentros de una sola noche. Así que, al conocer a una chica sencilla, alegre y muy inteligente, de nombre Jimena, supo enseguida: era ella. Fueron a una cafetería del centro de Madrid, escucharon a músicos en la Gran Vía, hablaron de los éxitos de Carlos en el trabajo y de la pasión de Jimena por la poesía contemporánea. Y, cuando descubrieron que ambos preferían la ensaladilla rusa con manzana, decidieron que era hora de dar el siguiente paso.

El lugar para avanzar en la relación fue el piso de Jimena, en Chamberí. Carlos preparó todo para una velada romántica: se puso su mejor camisa, se afeitó cuidadosamente, memorizó unos versos extraños de uno de los poetas favoritos de Jimena, compró flores y una botella de Rioja.

Llegaba ilusionado, ligero, confiado. Carlos sabía que aquella noche sería especial. Su seguridad podía envidiarla hasta un gato que se acerca quince veces al día a su cuenco. Todo estaba pensado y medido, todo era previsible excepto la frase: «Buenas noches, me llamo Mateo. Mamá está en la ducha, pasa».

Carlos se quedó petrificado. Encima de él, le miraba un rostro cuadrado, de niño pero con rasgos de hombre. El chico le tendió la mano, capaz de abarcar toda la cabeza de Carlos.

Primero, pensó que se había equivocado de piso, pero cuando Mateo estornudó de forma ruidosa y divertida, sin abrir la boca y tapándose la nariz, igual que hacía Jimena, a Carlos se le despejaron las dudas. Su estado de ánimo se vino abajo, el vino empezaba a agriarse y las flores a marchitarse.

Entró y, al ver las zapatillas deportivas de Mateo, soltó un suspiro. Podría calzárselas sobre sus zapatos y aun así le sobraría espacio.

Jimena apenas le llegaba a la cintura al adolescente. De golpe, Carlos lamentó que las mujeres no pudieran hacer lo mismo con el oro: les das un anillo y, tras diez años, tienes una alianza de matrimonio (buena inversión). Pensativo, fue a la cocina, donde la mesa ya estaba puesta y Mateo cambiaba las cortinas sin necesidad de subirse a una silla.

¡Cinco minutos y salgo! gritó Jimena desde la ducha.

Tras cinco rondas de cinco minutos, por fin se abrió la puerta y Jimena salió deslumbrante, con vestido de noche y maquillaje reluciente. Al ver la mueca amarga de Carlos, entendió de inmediato; la inquietud se esfumó y con ella desapareció el romanticismo.

Sirvió la cena en silencio, repartió el vino y, sin esperar a Carlos, empezó a comer.

¿Por qué no avisaste que tienes un hijo? se obligó a preguntar Carlos, desengañado.

¿Te ha asustado el remolque? sonrió Jimena con tristeza.

Esto no es un remolque, ¡es un tren entero!

Grande, sí. Ha salido al padre. Un tipo de un pueblecito perdido de León. Más alto aún que Mateo. Se lanzaba a por jabalíes con las manos desnudas.

¿Y ahora dónde está? Carlos tragó saliva nervioso.

De gira. Con el propio jabalí. Nos dejó para buscar fortuna. A veces escribe cartas. Aunque, con esa letra, parece que las escribe el animal, y además con más conciencia.

¿Cuántos años tiene? Carlos indicó la pared.

Catorce, acaba de recoger el DNI.

¿De fuerza?

Qué gracioso eres.

Comieron en silencio. La conversación no fluía.

¿Puedo repetir carne? pidió Carlos.

¿Te gusta?

Te confieso que nunca he probado algo tan rico. ¿Qué es?

Ciervo. Lo prepara Mateo.

¡Vaya! Tiene talento.

Le viene del padre, junto con un libro antiguo de cocina, cuchillos, cañas de pescar, una barca y alguna cosa más que nos dejó por aquí.

¿La barca? se le hizo agua la boca a Carlos.

Sí, la tenemos en el trastero. Bueno, a veces, porque mi hijo es un fanático de la pesca.

En ese instante, a Jimena le sonó el móvil y, disculpándose, se fue a la habitación a atender la llamada.

«Ya va siendo hora de irse», pensó Carlos. No había nada más que pescar esa noche.

Oye, Carlos, hay un asunto Jimena volvió a la cocina algo alterada. Ha habido un accidente en el trabajo. ¿Podrías quedarte un par de horas con Mateo?

¿Yo? ¿Con él? ¿Para qué?

Es menor, nunca se sabe. Hay gente peligrosa hoy en las ciudades

¿Miedo de que lo roben sin que te enteres?

A ver, Jimena cambió el tono, te pagaré por la velada perdida y por hacer de canguro. Luego no volveré a llamarte, ¿vale?

¿Y qué hago con él?

No sé, sois hombres, hablad de vuestras cosas. Yo salgo corriendo.

Carlos no pudo ni contestar antes de que Jimena saliera, tal y como estaba, por la puerta.

Se quedó en la cocina agotando la batería del móvil, terminó el ciervo y la copa, y Jimena no volvía. Atraído por los sonidos tras la puerta de Mateo, Carlos se acercó y llamó.

Adelante.

Carlos empujó suavemente y entró al cuarto infantil. Lo primero que vio fue una gran diana de madera con cuchillos y flechas clavadas. No había agujeros en la pared; el tirador no fallaba. Encima del escritorio había un tocadiscos y, a través de los altavoces, sonaba suave Iron Maiden, grupo que Carlos amaba. Mateo estaba en el rincón arreglando aparejos de pesca. El invitado siguió explorando: trofeos en el armario, un saco de boxeo colgando del techo, y junto a la tele, una Xbox flamante.

Vaya, tu madre no te escatima nada silbó Carlos, con envidia. Una habitación así la soñaba hasta él mismo.

En verano curro dijo Mateo. Carlos se avergonzó un poco. Imaginaba a Jimena en busca de una cartera sin fondo para un hijo sin fondo, y resulta que el chico era autosuficiente.

¿Tienes cargador de móvil? mostró Carlos su teléfono.

Está junto al tren.

¿El tren? repitió Carlos boquiabierto, y al girar vio un complejo ferroviario a escala. Olvidó hasta cómo respirar. ¿Lo has hecho tú?

Sí. Voy comprando piezas poco a poco. Quiero construir un segundo nivel y un par de puentes. Hace poco llegó una caja de raíles nuevos y aún no los he montado.

Carlos notaba cómo le subía el calor a la cabeza y el pecho.

¿Puedo ponerlo a rodar?

Claro. Dame un minuto.

Mateo dejó los aparejos y, de un paso, cruzó la habitación.

***

Jimena regresó al cabo de una hora, convencida de que Carlos ya se habría largado. Pero lo primero que vio fue a los dos en pleno montaje del tren, y ni se distinguía quién era el adulto.

Carlos, tienes que irte murmuró Jimena.

¡Dios! ¿Qué hora es?

Las diez y media bostezó Jimena, agotada. Mañana tengo que volver a la planta, así que me voy a dormir.

Acompañó a Carlos a la puerta y, tras darle un beso en la mejilla, le extendió unos billetes.

No acepto dinero de mujeres.

Vale. Gracias por cuidar de mi remolque.

Carlos sonrió y se marchó.

***

Hola, mira, quería volver a ir llamó Carlos a los pocos días.

Verás, estoy a tope en el trabajo, no tengo tiempo ni para respirar y, después de lo nuestro

Pero, ¿puedo ver a Mateo?

¿A Mateo? preguntó Jimena.

Sí. Si quieres, puedo quedarme con él, vigilarle un rato.

Bueno No sé Debería preguntarle.

Ya le he escrito. No le importa. Le he comprado un videojuego nuevo para la Xbox, podemos jugar tranquilos y tú puedes trabajar tranquila.

Vale, ven esta tarde.

Aquella noche Carlos llegó sin camisa ni perfume, ni vino ni miradas seductoras. Llevaba una camiseta negra con el logo de su grupo favorito, una mochila de snacks y refrescos, y una sonrisa tonta de chaval.

Solo comportaos bien. Tengo una videollamada de dos horas le recibió Jimena en bata, con una mascarilla y olor a cebolla.

Carlos asintió y se fue al cuarto de Mateo.

Esa misma noche, Jimena apenas logró separarles: discutían acaloradamente sobre las películas de Almodóvar y Guy Ritchie. Cada uno defendía su visión, y planeaban resolverlo con un maratón de seis horas, hasta que Jimena les convenció de que ambos tenían mal gusto y echó a Carlos.

El sábado no te olvides la mezcla para el cebo gritó Mateo desde la habitación.

¿Qué mezcla? miró Jimena a Carlos.

Vamos a pescar carpas. Le he dicho a Mateo que conozco una tienda buenísima para el cebo. ¡Qué maravilla! Hace siglos que no iba de pesca.

Sois amigos ya, eh. ¿Y conmigo no te apetece salir?

Te puedes venir, preparas los bocadillos.

Sí, claro, como si no tuviera otra cosa. Venga, id a vuestra pesca sonrió Jimena, despidiéndole. Al menos el niño se entretiene.

***

Pasó un mes. Jimena se entregó al trabajo, sepultando cualquier deseo de romance. Sin embargo, Carlos y Mateo aprovecharon el tiempo de lo lindo: terminaron el tren, fueron a por cangrejos, prepararon horchata siguiendo un libro antiguo del padre de Mateo. Este enseñó a Carlos a orientarse en el monte, y él le explicó a Mateo las bases del flirteo y le ayudó a animarse a invitar a salir a una chica del instituto. Todo era armonía, hasta que una noche llamaron a la puerta con tanta fuerza que se movieron las lámparas.

Jimena abrió y el aroma a carne de jabalí la golpeó. En el umbral aparecía su exmarido, el padre de Mateo.

Lo he comprendido todo dijo, arrodillándose. Aún así, era más alto que Jimena. Potro y yo estamos cansados, queremos una vida tranquila. Tengo ahorros, os llevo a la aldea familiar, vivimos sin prisa. Tú dejas el trabajo, y yo me llevo al niño de pesca y de caza.

¡Venga ya! Diez años y ahora te entra la revelación. ¿El jabalí también quiere volver con su familia?

No, se ha ido por su cuenta. Firmó un contrato con una productora de cine, el muy traidor, gruñó el ex.

Así que te han dejado tirado Jimena cruzó los brazos.

No importa. Lo esencial es que ahora

No terminó la frase porque apareció Carlos, en la camiseta de Jimena.

Jimena, me he puesto tu camiseta, la mía está llena de pintura del tren

¿En esta casa nadie logra terminar una frase? preguntó Jimena, mirando uno a uno a cada hombre.

¿Y este quién es? amenazó el exmarido, mostrándole el puño a Carlos.

Esto titubeó Jimena, sin saber qué hacer.

De pronto Mateo salió disparado, le retorció el brazo a su padre y lo empotró contra la pared hasta hacerle gemir.

¡Este es nuestro remolque! casi susurró Mateo.

¡Mateo, hijo, soy yo, tu padre! ¿Y eso de remolque?

El remolque que nos ayuda a sacar adelante todo lo que nos dejaste.

Si yo no os dejé nada balbuceó el hombre, dándose cuenta del significado de sus palabras.

Carlos y Jimena se abrazaban en la esquina, observando la escena de titanes.

Vale, vale, ¡break! pidió el padre, y Mateo aflojó el agarre. Eres todo un campeón. Ya puedes ir a por jabalíes. Te propongo que mañana vayamos juntos de caza, ¿te parece? Quiero hablar contigo del tiempo perdido. Quizá podamos reiniciar algo. Soy tu padre, no un extraño miraba a Jimena.

Ella dudaba, cambiaba la mirada entre los dos hombres.

Lo entiendo asintió Carlos, preparándose para irse. Lo entiendo

Perdona

***

Al día siguiente, padre e hijo se fueron temprano y Mateo volvió solo de noche.

¿Y tu padre? Jimena inquieta.

Se ha ido dijo Mateo, quitándose las zapatillas.

¿Cómo que se ha ido? ¿Así, sin más?

No exactamente Mateo negó. Se fue con el jabalí. Lo subió al remolque y se fue a entrenar. Encontró un nuevo compañero para sus espectáculos. Me dejó en el centro y se largó.

Vaya, qué idiota he sido Jimena se dio un golpe en la frente. Tengo que llamar a Carlos.

No hace falta. Acaba de despedirse, me ha traído hasta casa. Mañana vendrá.

¡Pero si te dejaste el móvil! ¿Cómo supo dónde recogerte?

Me dijo que os siguió para asegurarse que todo iba bien, contigo y conmigo.

¿Dijo eso?

Sí. Y añadió que se ha enganchado a nosotros y ya no puede desengancharse.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

5 + five =

El Remolque Kiko estaba ya harto de fiestas continuas, relaciones de un solo día y citas infinitas,…
Y por qué decidí cambiar a mi esposa “económica” por otra mujer