Era una “perra arisca”… Así como se dice de las personas “arisca”… Ella era igual… Hace ya mucho tie…

Era una perra huraña Así como se dice de las personas: huraño Pues igual era ella Hace mucho, muchísimo tiempo, el abuelo Juan, aprovechando la mañana soleada, fue al bosque cerca de Segovia para recolectar avellanas. Solo Dios sabe cómo apareció aquella criatura allí, entre los robles silenciosos. Vagaba sin ruido, perdida entre los árboles. No iba atada Era apenas un pequeño ser empapado por la lluvia, como un trocito de sombra. El abuelo Juan frunció el ceño y se acercó. Un cachorro adolescente Desgarbado, nada bonito Sin embargo Unos ojos castaños lo miraron. No eran ojos de cachorro, sino la mirada profunda de un animal viejo y sabio.

Juan pensó despacio: Ven conmigo, fiera Que ahora en casa no tengo perro. Si sirves de buen guardián, nadie te molestará. Montó en su bicicleta oxidada y se alejó hacia el pueblo. Cruzando los olivares, miraba atrás una y otra vez Pero aquel pequeño ser no le seguía.

Pronto, aquel encuentro entre los pinos se borró de su cabeza. El abuelo Juan se ocupó de la finca. La familia de los Pérez tenía buenos animales: tres cerditos, una cerda con diez lechones, la vaca Paquita, una docena de gallinas, seis patos con sus crías, y el gato Gaspar Juan liaba su cigarro, nunca soportó el tabaco de tienda, ni mucho menos los cigarrillos con filtro. Abrió la verja y por fin se sentó en el banco junto a la entrada, dispuesto a disfrutar de la tarde. De repente, quedó petrificado Unos ojos castaños lo observaban

Le miraban sin moverse Y de una manera tan rara, que el abuelo no sabía cómo responder. Venga, ¿entras en el patio? Tras una larga pausa, el cachorro retrocedió y desapareció en la penumbra.

Eso ocurrió muchas noches. Cada atardecer, los ojos castaños lo escudriñaban como buscando hermano en su alma. Y así, una tarde de verano, mientras liaba el cigarro sentado en el banco de piedra, aquello se le acercó. Le olfateó y se tumbó a sus pies Juan se quedó casi sin aire.

Él nunca fue hombre cariñoso, más bien trataba los animales como recurso. No podría decir cuántos cerdos, vacas, gallinas y otros seres habían pasado por sus manos El perro, por supuesto, era para cuidar la casa, los gatos para cazar ratones Y ya ni recordaba cuántos perros habían muerto en aquel patio. Unos envenenados, otros por enfermedad Por eso la cucha seguía vacía desde la primavera. A comienzos de verano murió Trueno, el antiguo perro. El veterinario dijo que eran garrapatas. Y nadie lloró mucho por Trueno Juan era de lágrima escasa, y su mujer, Carmen, aún más dura. En el pueblo había rumores: dicen que mató de un solo golpe a un ternero que jugaba y se revolvía demasiado cuando ella quería ordeñar

Juan aspiró el humo y miró al cachorro a sus pies Los ojos castaños le escrutaban con inteligencia. Pues, fiera, parece que has decidido quedarte aquí. Mira: te daré de comer dos veces al día, lo que haya. Nadie te va a pegar. Hay cucha, calentita. De noche te dejaré ser libre un rato Pero tienes que vigilar el patio. Que ningún extraño pase por aquí sin susto. Si aceptas ven conmigo.

Así empezó su nueva vida. Cuando el abuelo Juan descubrió que el cachorro era hembra, la llamó Lucía. ¿Dónde oyó aquel nombre tan bonito? Misterio Lucía tenía ahora cucha caliente, cerca de los corrales y la cadena. Pasó el tiempo, y aquella figura desgarbada se transformó en una perra grande, fuerte y tan hermosa como inquietante. Todo el pueblo la temía, y corrían rumores de que en los ancestros de Lucía hubo lobos Era tan imponente y especial Sus maneras tampoco eran perrunas. Nada de mover la cola o lamer manos. Cuando alguien de la casa se acercaba, Lucía sólo miraba con sus ojos sabios y se quedaba tranquila observando

A los forasteros, sí, les enseñaba los dientes Ladrar, apenas; gruñía con un rugido tan hondamente feroz que el pueblo decidió mudar su cucha al huerto, para que los vecinos no temieran al llamar a la verja

De noche, el abuelo Juan la soltaba de la cadena, diciéndole: Lucía, en tres horas quiero verte aquí; que las mozas del pueblo tienen miedo de ir a ordeñar por tu culpa; deja a la gente tranquila, sólo tres horas Y Lucía salía disparada al monte y entre los prados a sus asuntos, quizás de perro, quizás de loba Ninguna vez mordió o asustó a nadie. Sus intereses eran otros. Pero, puntal como el silencio, Juan siempre la encontraba en la cucha, y eso le daba un respeto profundo Lo quería aunque no supiera aún

Lucía, como corresponde, tuvo camada tras camada, y si bien todos la temían, sus cachorros se repartían como panes recién hechos. Venían de pueblos lejanos a buscar sus hijos, porque aunque se le temía, a Lucía la respetaban. Jamás atacaba sin razón, sólo por deber

Era un día normal de verano. Tras el desayuno, Lucía dormía junto a su cucha, tomando el sol y observando con un ojo cómo la pequeña Jimena jugaba en la arena bajo la acacia de la verja, y con el otro cómo la abuela Carmen revolvía el huerto. Lucía ya sabía que Carmen ataba a su nieta al árbol para trabajar tranquila, así que la niña ni se iba. Jimena tenía tres años recién cumplidos, y los padres la traían los fines de semana al campo. La niña siempre corría primero hasta Lucía, gritando: ¡Luuucia! ¡Luuucia! Y el corazón perruno se apretaba de pura ternura y alegría por ese ser humano diminuto

Aquel maldito día, Lucía vigilaba a Jimena, a Carmen y se quedó dormida. Despertó porque algo le arañaba la nariz dolorosamente. Gaspar, el gato, frente a su hocico, le maullaba casi ronco: Haz algo, Lucía, que Jimena se va a ahogar. Lucía miró más allá de la verja. Le faltaba Jimena ni en la arena, ni en el columpio, ni bajo el árbol. Miró a Gaspar. En el estanque, allá en el agua está su gorrito. ¡Vamos, muchacha, haz algo! Nadie me oye. ¡Maullaaaaa!

Lucía ladró. Ladró con un estruendo que nunca antes había sonado en aquel campo. Saltaba, tiraba, se alzaba queriendo romper la cadena. Carmen se incorporó y miró a la perra: Esta perra está loca pensó, y volvió a sus coles.

Y entonces Lucía aulló. Aulló como nunca antes, un lamento de lobo recorrió el aire del pueblo; tan feroz y tan doloroso que todos los que escuchaban sintieron un escalofrío. Y Lucía seguía, aullando y aullando, con una pena que no cabía en palabras.

Sólo al escuchar ese aullido atroz, Carmen entendió que algo terrible ocurría y corrió hacia el estanque. Los vecinos salieron alarmados de sus casas. Encontraron a Jimena justo a tiempo en el agua, entre lirios y barro. Da igual si era estanque, charca o mera poza. El pueblo se revolucionó. Llegó la ambulancia los padres de Jimena lloraban y reían y se abrazaban a la vez

Por la noche, la calma volvió y a Lucía se le presentó toda una comitiva: el padre de Jimena, Carlos, su esposa y el abuelo Juan. Carlos se agachó a su lado y le habló: Gracias, Lucía, por salvar a mi niña. Nunca lo voy a olvidar. ¡Ven a vivir a la ciudad conmigo! Tengo casa, un gran jardín, te daré muy buena comida y pasearemos juntos. Estarás muy feliz.

Lucía le miró con sus ojos profundos, quedándose en silencio. Se acercó un momento, apoyó la cabeza en su hombro unos segundos y volvió junto al abuelo Juan. Se tumbó a su lado. Y él, inmóvil, no supo cómo responder a ese gesto de cariño animal Una lágrima discreta le rodó por la mejilla curtida

Había aprendido, por fin, a amar a los animales.

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