Me desperté esta mañana y al abrir los ojos ya supe que el día empezaba bastante bien. Cuando uno cumple 118 años, simplemente despertar ya cuenta como una auténtica hazaña.
Lo primero, como siempre, fue el chequeo técnico: abrí el ojo izquierdo funcionando a la perfección. El derecho, algo empañado. Lo lavé, le eché unas gotas, ¡y como nuevo! Flexioné todo lo que aún se puede doblar y engrasé lo que no. Probé caminar hacia delante y hacia atrás, hice unas rotaciones de cuello, comprobando que todo gira y suena lo justo. Di dos pequeños zapatazos con los pies, tres palmadas, y así di comienzo al nuevo día.
A las ocho en punto sonó el teléfono. Era del Instituto Nacional de la Seguridad Social:
Hola, Lidia saludé con un entusiasmo que sólo los cumpleañeros centenarios pueden fingir.
Buenos días, don Tomás Alonso respondió Lidia, con el tono apagado de quien se resigna. ¿Cómo se encuentra hoy?
No me puedo quejar contesté con una media sonrisa, aunque ella no pudiera verla.
Qué lástima, don Tomás, ya llevo cinco reprimendas este año por su culpa. Hoy hace treinta años que dejó de cobrar la pensión complementaria y pasó a la estatal.
Vaya, perdóneme. Parece que este mes suben la pensión, ¿no?
Pues sí, su voz se volvió aún más lánguida, como Pierrot en una zarzuela y no estará usted, por casualidad, trabajando en negro, ¿verdad? intentó sonsacarme.
No, desgraciadamente, me sobra el dinero.
Vaya Bueno… no terminó la frase y colgó.
A las nueve, desayuné con mi tataranieto. No vive conmigo, pero entra con su llave de siempre. Es de esos que nada más llegar se pone a medir; si no es la cocina, es el baño. Luego, calculadora en mano, estima materiales, precios y hasta dibuja muebles en un cuaderno. Pero hoy, se dejó el metro.
Cógelo del aparador le dije el que era de tu abuelo, sigue ahí reí, resignado, mientras ponía la tetera a calentar.
Mi tataranieto resopló y, en silencio, se sentó a comer mi célebre tortilla de huevos.
A las diez salí a tomar el aire y echarme un cigarrillo frente al portal.
¡Hombre, Tomás! ¿Otra vez con el cigarro? gritó Julián, el vecino. ¿Sabes que eso da cáncer?
Se quedó a mitad de frase viendo que yo, más vivo que nunca, llevaba fumando más años de los que él podría contar.
Pues nosotros vamos hoy a Madrid.
¿Y eso?
Daremos una vuelta en metro, pasearemos por la Puerta del Sol, y a mirar al Oso y el Madroño.
Pues tampoco es para tanto.
¿Tú has ido alguna vez?
Claro, incluso vino aquí una vez.
¿A la aldea?
No, en tren.
¿Pero cuántos años tienes tú, Tomás?
Ciento dieciocho, justo hoy mascullé el filtro del cigarrillo.
¡Venga ya, anda!
Sí, y voy a por la segunda ronda.
Pues felicidades, hombre.
Gracias y regresé a casa.
A las once me llamó el director de Movistar con voz suplicante, rogando que cambiara mi tarifa. Era tan antigua que sólo quedaba por mí, y en euros me salía incluso mejor de lo que les costaba a ellos; casi que la compañía me pagaba una pequeña cantidad.
A las cinco fui al hipermercado. En el día del cumpleaños te hacen un descuento equivalente a tu edad. Así que tomé una buena tarta, un kilo de plátanos y, ya que estaba, una tele de las grandes. Con el cambio, incluso pude llamar a un taxi y a los mozos de carga.
A las siete, me llamaron del tanatorio para pedirme, una vez más y ahora casi riéndose, que pasara de una vez a recoger mi póliza de seguro y unas zapatillas que llevaban allí años.
A las ocho empezaron a llegar los invitados. Puse la mesa, conecté la nueva televisión, repartí vino de La Rioja. Los brindis eran secos; mis amigos no sabían ya qué desearme, así que sólo levantaban la copa y se sentaban.
A las diez vino la policía pidiendo un poco de silencio, que al otro lado del patio vivían ancianos que necesitaban dormir. Abrí yo mismo la puerta y vi en sus caras el mismo desconcierto que provoca ver un fantasma en horario de sobremesa.
Me acosté cerca de la medianoche, cuando la mayoría de los invitados se hubo ido algunos a casa, otros al hospital. Sonreí en la penumbra, deslicé el anillo mágico de oro del dedo y lo guardé bajo la almohada. En él, con letras casi invisibles, la inscripción que me grabó mi esposa al morir: Vive por los dos.
Y así lo sigo haciendo.







