No se oye absolutamente nada

Nada se oye
El avión apareció con timidez entre las nubes, echó una mirada alrededor, hizo una elegante maniobra y acarició la pista con delicadeza, como un novio que besa la mejilla de su amada junto al altar.
Estallaron los aplausos, pero los pilotos no los escucharon.
Tampoco los escuchó Nicolás Ruiz, cuyos oídos se taparon durante el vuelo.
Ruiz no dejaba de apretar su nariz y soplar.
El aire salía por todos lados menos por donde debía, y en su cabeza permanecía un zumbido blanco.
Nicolás regresó de casa de su madre justo al amanecer, apenas a tiempo para prepararse e ir a trabajar.
Su esposa, Pilar, estaba despierta, revoloteando por el piso, cambiando de sitio todo con un nerviosismo febril.
Nicolás se dirigió a la cocina y empezó a preparar su almuerzo.
El oído seguía sin volver.
¡Me voy!
¡Ya basta!
¡Estoy harta!
¡Harta de esta vida, de tu salario ridículo, de este piso perdido en el fin del mundo!
Creía que lo mío era amor crónico y resulta que era solo una infección.
Pilar lanzaba estas confesiones a la espalda de Nicolás, mientras él colocaba tranquilamente patatas en un termo.
Me voy con Álex, no lo conoces, él tampoco te conoce, pero es maravilloso.
Siento por él lo que debería sentir.
Y que no te preocupe, estoy limpia ante ti: entre nosotros no ha pasado nada.
Así que me marcho como una mujer decente, para que luego no hables de mí, tampoco a tu madre.
Nicolás acabó de preparar la comida, la metió en la bolsa y se dispuso a hacer café.
¿No vas a decir nada?
Te estoy desnudando el alma y ni te inmutas.
¡Pi-li!
gritó Nicolás por encima del hombro.
¿Podrías plancharme los vaqueros?
¿Qué?
¿Los vaqueros?
Eres Te hablo de sentimientos y tú de planchar.
Que te den.
Pensé que tal vez me ibas a detener.
Al terminar la frase, Pilar agarró su bolso, confundió el suyo con el que Nicolás había preparado y se marchó corriendo, furiosa.
Solo cuando el temblor de la puerta llegó al piso, Nicolás comprendió que su esposa se había ido.
«¿A dónde irá a estas horas?
¿Y los vaqueros?
Mierda, ¿dónde está mi almuerzo?» con esos pensamientos Nicolás afrontó este peculiar divorcio matutino.
Desanimado por no haber encontrado sus dos termos, Ruiz marchó a la oficina con los pantalones arrugados.
Entrando en el ascensor, saludó con un gesto a la presidenta de la comunidad: una mujer que, por los cobros mensuales, parecía seguir enviando el dinero a Toledo en los tiempos de la reconquista.
Dicen que sus perfumes resucitaban caballos y ahuyentaban enemigos.
Ruiz contuvo el aliento, entró y se giró hacia la puerta.
Los paneles se cerraron, y la cámara perfumada descendió.
No has pagado la tasa para la desinfección.
Hoy vendrán a fumigar todo el bloque contra las cucarachas dijo la presidenta.
Nicolás observó cómo el olor a colonia derretía los sellos de goma de la puerta.
Hay que pagar antes de la noche, ¿puedes hacerme una transferencia a mi cuenta?
insistía la mujer.
Ruiz no dijo ni una palabra.
Entonces ella se inclinó y le gritó al oído:
Te espero la transferencia antes del final del día.
Enhorabuena, ¿y a dónde te transfieren a ti?
se animó Nicolás.
¿De vuelta a Toledo?
Él creía de verdad los rumores de que aquella señora era descendiente de Alfonso X.
La presidenta le soltó un torrente de palabras; sólo captó fragmentos: «-ón», «-ar», «-ito», «-ir», parecen palabras medievales.
Nicolás no prestó atención y simplemente asentía, como en una exposición de arte contemporáneo.
Las puertas del ascensor se abrieron y Nicolás se apresuró a salir al aire libre, mientras la presidenta marchaba por el corredor a recaudar su tributo.
Ruiz era electricista.
Desde la semana pasada trabajaba en una obra donde el cliente, caprichoso y poco talentoso tanto en lo creativo como en lo fiscal, pretendía una reforma de ensueño.
Los materiales y los planos reflejaban su carácter y olían a desastre.
Nicolás no sufría solo.
Junto a él, el fontanero y los de acabados compartían ese callejón sin salida creativo.
Mientras Ruiz abría paredes para el cableado, sus compañeros sudaban en otras habitaciones.
Entonces entró el cliente, que había pasado toda la noche de fiesta celebrando el cumpleaños de un amigo, y con su espíritu artístico decidió supervisar la reforma.
¡Todo está mal!
gritaba el cliente y golpeaba el suelo con el pie.
¡Los enchufes deben ir en zigzag y la lámpara tres grados a la derecha del eje terrestre!
¡Hacedlo como digo o no os pago nada!
Con ideas igual de disparatadas y amenazas, llegó a cada habitación y al final se encerró en el cuarto de los niños y se quedó dormido sobre sacos de yeso.
Siete horas después, el cliente resucitó, abrió la puerta y vio el resultado de sus delirios nocturnos.
Los obreros habían unido salón y cocina con un nuevo pasillo y hasta había un retrete de invitado en el baño.
Su ropa estaba blanca de yeso, la cara de espanto.
No recordaba nada de lo ordenado y quiso acusar a los trabajadores de mentir, pero le mostraron un video como prueba.
Solo Nicolás no había cambiado nada, porque las nuevas instrucciones no le llegaron a los oídos.
Ya por resignación, ya por sentimiento, el cliente le otorgó una pequeña propina «por aguantar el ingenio borracho», y despidió a los demás por falta de resistencia.
Bajo presión, pagó todos los trabajos.
Al anochecer, hambriento y agotado, Nicolás no pudo más y fue al médico para recuperar el mundo de los sonidos.
De camino, le salió al paso un perro rabioso y le quiso intimidar con sus ladridos, pero el mundo de Ruiz era una película muda: personas y animales actuaban roles incomprensibles.
Sin texto, era difícil descifrar el deseo de aquel animal enfurecido, así que Nicolás siguió adelante con paso firme; al poco, el perro se cansó y lo dejó en paz.
¡Que los sonidos te acompañen!
dijo el médico mientras perforaba el oído de Nicolás.
Repescado para el mundo, Ruiz regresó deprisa a casa.
De camino, sacó del bolsillo la inesperada propina y compró una salchicha envuelta en masa y un ramo sencillo para su esposa.
En el portal le esperaba un vecino triste.
¿Has oído la noticia?
le preguntó.
Hoy no he oído nada en todo el día respondió Nicolás, metiéndose el meñique en el oído.
Belén, ya sabes, la de la reconquista, se ha llevado el dinero de todos y desapareció.
Se mudó a otra ciudad y dejó todo cerrado.
Lo tenía todo planeado.
Recogió de los siete portales.
¿Tú le diste?
No, no lo hice negó Nicolás.
Esta mañana me habló algo de una transferencia, pero ni lo entendí.
Has tenido suerte.
Yo, tonto, sí le pagué.
Pero algo me alegra: mientras pasó por todos los pisos, las cucarachas quedaron fulminadas por el olor de su perfume rió el vecino.
Ya no es tan grave.
La casa recibió a Nicolás con aromas ricos y una esposa increiblemente dulce.
Perdóname, corazón, estaba fuera de mí, algo me poseyó y ni sé el qué.
Deben ser las tormentas solares.
Quiero retirar todo lo que dije y pedirte que me creas: no he hecho nada malo.
Y no existe ningún Álex.
Fui a ver a mi hermana, me tranquilicé y se me despejó la cabeza.
Y eso que hiciste por la mañana, esa reacción, fue lo correcto, como hombre.
Eso me hizo entrar en razón.
¿Podrás perdonar a esta tonta?
Cubriendo el rostro de Nicolás con besos ardientes, Pilar le invitó a la mesa bien puesta.
No escuché nada confesó él, sintiendo que recibía una recompensa inmerecida.
¡Gracias!
le abrazó con fuerza su esposa.
«Vaya día pensó Ruiz, tras una jornada en la que no hizo absolutamente nada extraordinario.
Debería quedarme sordo más a menudo.
Quizás la vida sería más fácil».

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No se oye absolutamente nada
Negro. El bullicio de la ciudad le resultaba increíblemente irritante. Olalla vivía en el centro, en un décimo piso; el rugido de los coches, los aires acondicionados de los vecinos, las voces humanas. Además, aguantaba un calor insoportable, así que ni de broma se podían cerrar las ventanas. La vacaciones solo duraban dos semanas, pero esperaba al menos alejarse, aunque fuera un poco, de la rutina de oficina, tan parecida a una colmena donde todos van de un lado a otro hablando, cotilleando, luchando por un rincón bajo el sol. Solo deseaba calma y silencio. A sus cuarenta y seis años, Olalla vivía sola en un piso grande y estaba harta del ajetreo urbano. Decidió que merecía la pena alquilar una casita en algún pueblo y desconectar unos días de la civilización. La búsqueda fue larga, pero al final encontró lo que parecía encajar: un pequeño pueblo a ciento cincuenta kilómetros de una gran ciudad, buen precio, y la casa, en las fotos, tenia buen aspecto. Tras hablar con los dueños, Olalla decidió ir. *** El pueblo la recibió con aromas de hierba, zumbidos de insectos, ladridos de perros y la mirada curiosa de los vecinos. La casa era pequeña, pero acogedora. La dueña, una señora de unos sesenta años, le explicó todo y le dio las llaves. —Disfruta del descanso, aquí estamos muy bien. —Gracias, es justo lo que necesito. El pueblo tenía pocos habitantes, sobre todo pensionistas. En el jardín de su casita crecían cerezos y flores, aunque ya un poco descuidados. La vieja verja de madera estaba torcida, lo que le daba cierto encanto. Olalla se animó a pasear por el pueblo y explorar los alrededores. Había pocos vecinos y todos la miraban sorprendidos, aunque sin hostilidad. En el centro, se topó con una tiendecita y decidió entrar. Tras el mostrador había una vendedora de unos cincuenta años. La tienda no tenía muchas cosas: leche, pan, embutido, productos de limpieza. Olalla se acercó al mostrador. —¿Qué buscas? —preguntó la dependienta. —Estoy pensando qué comprar para desayunar. Pésame unos trescientos gramos de ese embutido. Y pan, si tienes reciente. —¿De dónde eres? —la vendedora tuteó a Olalla de inmediato. —He alquilado una casita aquí una semana, estoy de vacaciones. Me llamo Olalla. —María. ¿Y qué casa? —La número veintitrés, está aquí cerca. —Ah —respondió María, pensativa— la casa de la abuela Eufrasia. Valiente eres. —¿Por qué? ¿Quién era Eufrasia? Yo la alquilé con Ana. —Ana es su hija, vive en la ciudad. La abuela murió hace justo un año. Decían que era bruja. ¿No te da miedo dormir en su casa? —¿Bruja? ¿Cuidaba de los demás? —No, a nadie curó; todos le temían. Tenía una amiga, Clava, que vive justo enfrente, muy viejecita, y con ella sí charlaba. Si quieres, pregunta a Clava y quizá te cuente algo más. Pero esa casa es oscura. Una vez vinieron unos veraneantes, a los dos días se largaron sin contar por qué… Dicen que allí se pasa mal, que es muy incómoda. —Pues a mí la casa me parece acogedora, aunque el jardín esté un poco descuidado… pero solo estoy unos días. Huía de la ciudad, quería desconectar una semana. —Te entiendo. Pero ten cuidado por si acaso. —Gracias —recogió Olalla el embutido y el pan, y fue hacia la puerta. —Y no salgas a pasear de noche —añadió María a voces—: hay muchos perros sueltos y se cuela cualquier bicho del monte. *** El día se iba apagando. Olalla iba a dormir por primera vez en aquel sitio nuevo. Cerró bien ventanas y puertas; dormir sola en casa ajena daba un poco de miedo. De vez en cuando ladraban perros, y desde fuera llegaba el canto de grillos y trinos de pájaros. Preparó una cena ligera. Abrió un libro de la estantería de la dueña y se tumbó en el sofá. Fue quedándose dormida bajo la manta. Pero no pudo pegar ojo. De repente, escuchó un golpe. El corazón se le desbocó y se le esfumó el sueño. Escudriñaba la oscuridad pendiente de cualquier sonido. “Serán ratones”, pensó. No le daban especial miedo, aunque no era agradable. Pero en el campo es lo normal. El golpe se repitió. Débil, casi un susurro. “¿Y si alguien ha entrado?” El corazón aún más acelerado, Olalla temía moverse. Luego algo cayó en la cocina. Se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Si había alguien, mejor ni asomarse. El ruido no se repitió, pero no pudo dormir hasta el amanecer. Ya de día, cuando el sol llenó la habitación, se sintió tranquila y el miedo se disipó. Se levantó y fue a la cocina. No vio nada caído. Pero sí la asustó algo: sobre la mesa, había una margarita seca. Olalla estaba segura de que no estaba allí el día anterior. Revisó ventanas y puertas, todo cerrado. ¿Quién entró? ¿Quién dejó la flor? ¿Cómo, si todo estaba bien cerrado? La inquietud crecía. “¿Y si ayer ya estaba ahí y no me di cuenta?” Recordó entonces lo que le había contado María: “Su dueña era bruja”. “Bah, qué tontería, qué misticismos…” Olalla intentó apartar esos pensamientos. Siempre había sido racional y no creía en brujas. Pasó el día paseando por el campo. Pero al caer la tarde tenía que volver. Revisó ventanas y cerraduras y se fue a la cama. No lograba dormir, escuchaba la quietud, atenta a cada pequeño ruido. Y llegó: otro leve ruido; había alguien en la cocina. Helada de miedo, Olalla apenas respiraba. ¿Alguien había entrado? ¿Un fantasma de bruja? No, eso no existe. No pegó ojo. Al día siguiente decidió que solo tenía dos opciones: irse antes de tiempo, o averiguar qué estaba pasando. *** Al día siguiente fue a la tienda y compró una linterna. No le dijo a María nada de lo ocurrido, para no hacer el ridículo o para que no volvieran con historias de brujas. De día, la casa parecía tranquila; ningún objeto extraño, todo en su sitio. Al anochecer montó guardia en la cocina, sentada en un rincón. La noche fue cayendo, y cuanto más oscuro y silencioso se hacía, más miedo tenía. Varias veces pensó marcharse a la habitación, pero la curiosidad era más fuerte. La oscuridad era ya total cuando escuchó un sonido. Alguien estaba en la cocina. La puerta no se abrió, pero allí había alguien. Desde un armario cayó una taza contra el suelo. Olalla encendió la linterna temblando y la dirigió hacia el ruido. Un gato la miraba. Un gato negro, grande. Sus ojos verdes brillaban con miedo y curiosidad. Era solo un gato. Olalla soltó una risa nerviosa. —¿Y tú de dónde sales? Por supuesto, el gato no contestó. Dudó un instante y desapareció en la oscuridad. Olalla suspiró aliviada. Pero, ¿qué hacía un gato en una casa cerrada? ¿Cómo había entrado y a dónde fue? A la mañana siguiente decidió hablar con la vecina de enfrente. En la verja le esperaba una ancianita muy simpática, que la miraba con curiosidad. —Buenos días —saludó Olalla—. Estoy alquilando la casa de enfrente. —Buenos días —la mujer no pareció animarse a charlar más. —Verá, es que por las noches me visita un gato. ¿Sabe de quién es? —De Eufrasia. Ella ya murió, y el gato, Negro —lo llaman así—, se quedó solo. Ana no lo quiere y va dando vueltas por ahí. Era el compañero de Eufrasia. Pasó el invierno como pudo. A veces le doy algo de comer. No olvida su casa, busca a la dueña. Da penilla. —Ay, me dio un susto… Me han contado cosas de su dueña, que era bruja… La viejecita calló. —Buen gato —dijo de repente—. Eufrasia le quería, le ayudaba. No se acerca a la gente mala. Es listo. A ti te eligió. Llévatelo. —¿Llevarme al gato? —Llévatelo. Igual te trae suerte. —La vecina se dio la vuelta y se metió en casa. Olalla se quedó pensativa. Jamás se había planteado tener gato, y menos uno adulto y ajeno… Pero pensó que podía, al menos mientras estuviera allí, darle de comer. En la tienda compró pienso, aunque baratito, no había otra cosa. Lo puso en un cuenco en la cocina. Por la noche el gato se lo comió todo. *** Solo quedaba un día hasta la marcha. Olalla se sentía descansada. Aquella pequeña aventura le había dado energías. El contraste con la ciudad le había sentado bien. La última noche puso otro cuenco de pienso en la cocina y se preparó una infusión para dormir. De pronto vio algo moverse: el gato negro entró despacio en la cocina, miró a Olalla, a la comida y maulló. Probó unos bocados, levantó la vista hacia ella y luego se acercó con timidez, frotándose contra sus piernas. —Hola, Negro, por fin nos conocemos. Ya lograste asustarme. Mañana me marcho. —El gato maulló, saltó a su regazo y se dejó caer allí tan a gusto. Se quedó allí acurrucado, ronroneando, hasta que se marchó solo. A la mañana siguiente, Olalla recogió sus cosas. Faltaba una hora para el autobús. Anne le había pedido dejar las llaves en el buzón. Dio una última vuelta por la casa para ver si olvidaba algo, cerró la puerta y se encaminó a la verja. Allí estaba el gato. La miraba. —¿Vienes a despedirte? El gato maulló y se acercó más. Olalla se detuvo. Le dio pena dejar a Negro, solo, sin nadie que le quisiera. —Bueno, yo no soy muy de gatos y mi casa está en la ciudad… Pero, ¿y si te llevo conmigo? El gato corrió hacia ella, se frotó contra sus piernas. —Vaya tela. Pues venga, vámonos. —Olalla lo cogió en brazos y él ni se inmutó. El viaje fue largo y con transbordos. Negro fue todo el trayecto tranquilo, sin intentar escaparse. Al llegar a casa, Olalla lo soltó en el suelo y él exploró poquito a poco su nuevo hogar. *** Negro resultó ser un gato limpio e inteligente. Por la noche dormía junto a Olalla, de día se acomodaba en su regazo, ronroneando suave. Desde entonces, Olalla ya no se sintió sola: había encontrado un amigo muy especial.