Mi marido tenía una abuela, la abuela Rosalía. Cada verano lo pasaba en su casa en Ávila, mientras sus padres suspiraban aliviados en Madrid. A ella no le molestaba lo más mínimo tener una tormenta de niño revoloteando por el salón todo el día. En aquellos tiempos, la abuela tenía su propio negocio. Ella, con más arte que paciencia, organizaba todo sola: recogía plantas medicinales y luego las vendía a las farmacias de la zona. Mi marido no tiene ni idea de cómo demonios lo tenía todo montado, pero recuerda perfectamente que, para la época, ganaba una verdadera fortuna. Era una mujer de carácter… mejor dicho, de carácter fuerte. Quería mucho a mi marido, jamás escatimaba en comida (cualquier excusa era buena para preparar croquetas), pero el dinero para chucherías o pequeñas travesuras, ni soñarlo. Toda la familia pensaba que ahorraba para algo gordo.
Rosalía tenía en casa unos armarios enormes con decenas de compartimentos, todo cerrado con llave. Mi marido, de niño, se moría de curiosidad por saber qué ocultaban, pero la abuela siempre respondía lo mismo: Son cosas del trabajo, nada de tu interés. Con el tiempo, España cambió. Todo el mundo se puso a emprender y la competencia acabó aplastando el pequeño emporio de infusiones de la abuela. Ella, ni tarda ni perezosa, decidió reinventarse: empezó a trabajar como sanadora. No cobraba nunca, pero a su piso subían gente con pinta de traer la cartera llena de euros; abogados, políticos, gente bien.
Aún la visitábamos en sus últimos años. Vivía en la más pura austeridad castiza: ropa remendada trescientos veces, comida más sencilla que un bocadillo de sardinas. Le traíamos embutido bueno, turrón, lo que hiciera falta, y ella siempre respondía: No me malcriéis, que ya no me hace falta tanto lujo. Alegaba que estaba acostumbrada a vivir así, como una ermitaña en bata de flores.
Cuando falleció, dejó la casa a mi marido. Así que fuimos a Ávila a resolver papeleo y poner todo en orden. En la despensa encontramos montañas de comida… toda caducada, por supuesto. Resulta que sus agradecidos clientes le llevaban víveres para darle las gracias, pero ella ni los probaba. Ahora, la verdadera sorpresa llegó al abrir los famosos armarios. ¡Un museo entero de los años noventa! Perfumes de marca, accesorios de diseño, cachivaches y prendas caras, todo en cantidades fuera de toda lógica, como si Rosalía esperara el apocalipsis del glamour.
¿Que por qué guardaba el dinero en cosas que sabía de sobra que acabarían perdiendo valor? Mira, no sabría explicártelo. Esa mujer era un enigma envuelto en mantilla, atada con llave y guardada en un armario de madera vieja. ¿Quién entiende a las abuelas?







