Mi esposa tenía una abuela. Pasaba todos los veranos en su casa de Salamanca. A ella no le molestaba recibirlo. Por aquel entonces, la abuela tenía su propio negocio. Lo organizaba todo sola, vendía hierbas medicinales a farmacias locales. Mi esposa no sabe exactamente cómo lo gestionaba todo, pero recuerda que, para aquellos años, ganaba bastante dinero. Era una mujer de carácter muy particular. Quería mucho a mi esposa y no escatimaba en la comida, pero jamás daba un solo euro para pequeños caprichos o diversiones. Todos pensaban que la abuela estaba ahorrando para algo grande. La casa siempre tenía enormes armarios con muchos compartimentos, todo cerrado con llave.
De pequeño, mi esposa sentía mucha curiosidad por lo que escondían esos armarios, pero la abuela siempre respondía que todo era solo para el trabajo. Más tarde, los tiempos cambiaron. El auge empresarial se extendió y la competencia terminó por dejarla atrás. Entonces empezó a trabajar como sanadora. Nunca cobraba por sus servicios, aunque acudía a ella gente muy adinerada. La visitábamos mientras vivía aún y llevaba una vida bastante humilde; se vestía con ropas muy gastadas y comía de forma muy simple. Íbamos siempre con bolsas llenas de comida, pero ella las rechazaba de inmediato. Decía que no debíamos acostumbrarla mal, que ya se apañaba con esa forma de vida.
Cuando falleció, le dejó la casa a mi esposa. Al ir a poner en orden los papeles y la herencia, nos encontramos en la despensa una cantidad enorme de comida, aunque toda caducada. Supimos entonces que muchos de sus clientes le habían traído aquello en agradecimiento, pero ella nunca lo consumía. Sin embargo, la sorpresa más grande vino al abrir sus armarios: estaban repletos de objetos caros y curiosidades de los años noventa, un verdadero museo de rarezas. Había montones de todo. ¿Por qué guardaba el dinero en cosas que perderían su valor? No soy capaz de comprender a esa mujer…
Hoy, mirando atrás, me doy cuenta de que cada uno enfrenta el miedo al futuro a su manera. Algunos ahorran, otros se rodean de cosas. Pero la verdadera riqueza es mucho más sencilla: consiste en no vivir atado ni al pasado ni a lo material.







