La caja de las promesas perdidas: Desde hace un tiempo, Vera sospecha que en su casa vive alguien má…

LA CAJA DE LAS PROMESAS PERDIDAS

Desde hace un tiempo, Alba empezó a sospechar que en su casa, además de ella y su marido, vivía alguien más. No, no era un fantasma, eso seguro. Porque los fantasmas, según ella, son seres serios: si aparecen no es precisamente para gastar bromitas tontas.

Esto era otra cosa: pura rutina doméstica. Un duendecillo travieso, vamos.

Todo empezó cuando desaparecieron sus calcetines de deporte, claro, uno primero y luego el otro, como siempre suele pasar. Si fuera la lavadora, pues mira, toda persona que lleve la casa lo sabe de sobra. Pero estos, esos blancos con la raya roja que Alba llevaba siempre que iba al gimnasio, estaban siempre metidos en el cajón, mirándola como si le reprochasen: ¿A que no te acuerdas de la última vez que nos tocaste?

Y de repente… ¡zas!, desaparecen. Primero uno, luego al día siguiente el otro.

Reaparecieron una semana después. En el mismo sitio de siempre. Enrollados como caracoles. Y encima había un trozo de papel grisáceo y arrugado, con letras mecanografiadas, un poco torcidas:

“Nos olvidaste durante 127 días. Estuvimos contando”.

¿Esto es cosa tuya? le espetó a su marido, Jaime, que estaba tan tranquilo echando un vistazo a las noticias en la tablet. ¿Me estás diciendo, de forma indirecta, que debería volver a hacer ejercicio?

Él le devolvió una mirada de lo más extrañado y lo negó con la cabeza.

Pues nada… murmuró Alba, aunque no terminó de creerse la respuesta. Jaime siempre fue un bromista de manual.

Luego le desapareció su horquilla favorita, la que siempre dejaba sobre el espejo del recibidor. Y hasta la barra de labios cara, la de “ocasiones especiales”, la que nunca faltaba en el bolso.

Las encontró de vuelta en el armario de la cocina, entre los tarros de lentejas y la pasta. Con nota incluida.

En la horquilla:

“Decídete ya, ¿quieres melena o pelo corto? Me cansa que me abandones meses y luego digas que me echas de menos”.

En la barra de labios:

“¿Y cuándo fue ese ‘momento especial’? Me voy a secar aquí”.

Esto ya no tiene gracia gruñó Alba, sacudiendo a Jaime, que dormía la siesta esperando a que ella terminara de cocinar.

¿Pero tú estás bien? refunfuñó él. ¿Cómo voy yo a gastar bromas así?

Y la verdad, no parecía tan descabellado su enfado. Jaime puede tener sus cosas, pero tonto no es, y a Alba le entró de repente cierta inquietud.

Empezó a controlar bien dónde dejaba cada cosa, revisándolo dos y hasta tres veces. Llegó a ir al médico y, después de unas pruebas, el médico un señor ya entrado en años le aseguró que tenía la memoria mejor que la suya propia.

Pero los objetos seguían esfumándose.

Sus bolígrafos favoritos. La blusa de rayas. La crema de manos.

Y ya la gota que colmó el vaso fue el llavero del apartamento de la sierra. Esa vez Jaime estuvo una semana resoplando y lanzando indirectas cada vez que podía.

Alba se volvió paranoica: dormía mal, saltaba con cualquier ruidito, iba dejando el móvil, las llaves y el monedero en cualquier sitio y luego volviéndose loca por la casa buscándolos.

Pero ese sábado ya fue demasiado raro.

Decidió dedicar el día a ordenar el vestidor: hacía meses que urgía la tarea. Y de pronto, en una caja vacía de unas botas viejas, encontró todas las cosas perdidas de golpe. Colocadas con tanto mimo que parecía el escaparate de una tienda de segunda mano.

La blusa abrazada a una faldita plisada. Una nota:

“¿Aún sabes bailar?”

Los bolis, agrupados por colores:

“Nos muerdes cuando estás de los nervios. No podemos más con tanto estrés”.

Las llaves, unidas con el llavero formando un nudo:

“Nos aburrimos y nos fuimos de paseo nadie va nunca al apartamento. Pero, a diferencia de otros, hemos vuelto solitas”.

Alba se quedó pasmada.

En esos papelitos había algo irónico, algo sabio y una chispa de tristeza. Como si los hubiese escrito ella misma, pero en otra vida en la que le sobrara el tiempo hasta para hablar con sus cosas.

A punto estuvo de cerrar la caja, cuando vio en el fondo otro cuadradito gris, aún más pequeño. Esta vez, sin objeto adjunto. Solo la nota.

Las letras parecían escritas a mano temblorosa, como si alguien estuviera a punto de ponerse a llorar:

“Le prometiste a esa niña del espejo que serías pintora.
Esa niña soy yo.
Y aquí en la caja de las promesas perdidas y las esperanzas olvidadas me siento muy sola”.

Alba se quedó un buen rato sentada en el suelo del vestidor, la espalda contra las baldas llenas de ropa, recordando.

Ahí estaba ella, en la guardería, lengua fuera del esfuerzo, dibujando una casa, el sol, papá y mamá y su hermana pequeña con rotuladores.

En primaria, la emoción al ver cómo la acuarela corría suave sobre el papel húmedo.

El olor a óleo en el taller. El silencio casi sagrado de los museos. Cada pincelada, una melodía mágica. La voz clara de los guías.

Al principio pensó que sería su vida.

Después, un hobby al menos. Su refugio.

Luego…

Nada.

No fue por falta de tiempo. Es que siempre lo había ido dejando para luego, pensando que había cosas más urgentes, más importantes. Hasta que la ilusión se fue desvaneciendo, igual que los calcetines, los bolis, las llaves.

Pasó el dedo por la última nota.

Le pareció que el papel estaba vivo: más cálido y un poco tembloroso. O quizá era ella la que temblaba.

¿De verdad una tarde de compras o una novela más era más importante que su sueño?

Esa noche, Alba anduvo dando vueltas. No pegaba ojo. A las dos de la mañana se levantó suspirando, enredada aún en el edredón.

¿Adónde vas? murmuró Jaime, medio dormido.

Duerme, duerme… susurró ella.

Por ahí, entre las cajas del vestidor deben de andar mis viejas acuarelas, pensó Alba, y al pasar por el espejo del recibidor, atrapó la mirada de esa niña. Asustada, sí. Pero con un poquito de esperanza.

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