Of course! Please provide the original title you’d like me to adapt.

La elección

Y pensar que Luis resulta estar profundamente casado… suspiraba Marisol, sentada en un banco bajo los plátanos en el Retiro, apretando en el bolsillo la hoja amarilla del médico como si fuera la única certeza del día.

Las compañeras de piso en la residencia la envidiaban cuando la veían pasear cogida del brazo del apuesto y pulcro moreno de ojos aceitunados, convencidas de que le había sonreído la fortuna con un caballero tan galante. Pero al final, ¿qué había de bueno en todo aquello? Nada envidiable.

A Marisol la recorrió un escalofrío al recordar la primera y última vez que vio a la esposa de Luis, una tarde que la interceptó frente a las puertas de la fábrica, aguardando para dejarle claras unas cuantas verdades.

Bueno, hombre, tú debes de ser Marisol empezó, mientras el sol dibujaba en su pelo de plata reflejos de ceniza.

¿Perdón? ¿Quién es usted? titubeó ella, tensa como la cuerda de un laúd, ante la mirada penetrante de la mujer alta y delgada.

Soy Mercedes. Mercedes Ortega, esposa legítima de Luis Contreras.

¿Cómo dice?

Lo que oyes.

Otra que cae en la trampa prosiguió Mercedes con calma. No sois pocas, nunca hay suficiente sitio en el mundo para tantas devoradoras de venturas ajenas.

¿Pero qué se ha creído usted?

Escucha la rubia la sujetó dulcemente del codo, contemplándola con una mezcla de compasión y fastidio. ¿Pero tú qué te has creído? Porque, verá, yo soy su mujer, y he visto cómo paseabas del bracete de mi marido. ¿No se te cae la cara de vergüenza siquiera? Esperarías disculparte, intentar esconderte aunque sea un poco… pero lo normal parece no ir contigo.

La miró de arriba abajo, desnudando con la vista cada uno de sus secretos: Como tú, él ha tenido tantas, que hasta los dedos de las manos y de los pies se quedarían cortos para contarlas. Lo tuyo ha sido pura aventura, un capricho pasajero. Él es un cazador, ya sabes. Deberías mantenerte bien lejos.

Por cierto, tenemos dos hijas; mira, aquí tienes la prueba sacó una foto de la cartera y la tendió ante la paralizada Marisol. Aquí estamos en Cádiz hace un par de meses…

¿Y bien? ¿No tienes nada que decir?

¿Qué espera de mí? Esto arréglelo usted con su marido.

Lo haré, tranquila. Hace poco empezó aquí, buen sueldo y, claro, vienes tú a estropearlo todo. Toma mi consejo: no pierdas el tiempo, Luis no piensa divorciarse. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta?

¡Veinticinco! respondió Marisol, herida.

Más a mi favor. Tiempo tendrás de casarte, tener hijos, y dejar a Luis tranquilo de una vez.

Marisol ya no quiso oír más. Con las piernas flojas como merengue, se alejó, dejando a Mercedes y a sus palabras desmoronando lo poco que aún quedaba de su castillo de sueños.

Traidor… musitaba Marisol, sintiendo un nudo en la garganta, pero negándose a dejar ver una lágrima en la calle, no quería ser materia de cotilleos en la oficina.

Esa noche, como si nada hubiera pasado, apareció Luis con una rosa en mano. Ella, con los ojos hinchados, le cerró la puerta en las narices, ignorando suaves juramentos de eterno amor y promesas de separarse, con ese cuento de que su esposa y él eran ya dos desconocidos.

Marisol tardó dos semanas en recomponerse. Luis desapareció de su vida y, cuando estaban cerca, fingía no verla.

Pero la tormenta no viene sola… El mareo y las náuseas matutinas que primero achacó a los nervios pronto dejaron claro el verdadero motivo: de aquel idilio ingenuo y fugaz con Luis quedaba algo más.

“Seis semanas”, resonó como sentencia.

Marisol temió convertirse en madre soltera. Le aterraba que todos lo supieran y la mirasen por encima del hombro, como si fuera culpable de haber confiado en el hombre equivocado. Luis nunca le confesó su situación, y ella, ¿qué podía hacer? Pedirle el DNI al conocerle, tal vez. Él no llevaba anillo. Algunos casados no lo hacen.

¿Por qué no sospechó cuando él insistía en que su romance fuese secreto en el trabajo? La había engañado, aunque Marisol no supiera nada, su angustia era la misma. Encima, empezaron los rumores por la fábrica: todos hablaban de la visita de Mercedes.

Estoy embarazada le sollozó en el descanso, perdida de esperanza.

Te daré dinero, haz lo que debas musitó él, seco.

Al día siguiente, Luis ni se despidió: pidió el finiquito y desapareció, como si nunca hubiese existido.

Marisol sabía que no podía aplazarlo. Tomó la nota para la operación, aunque el médico advirtiese con la frente arrugada.

Así, temblorosa, sujetaba la hoja médica sentada en aquel banco del parque, sin atreverse a soltarla.

¿Tiene prisa? dijo un chico en traje y con un soberbio ramo de crisantemos granates, desplomándose a su lado como si lo hubiese invocado el subconsciente.

¿Qué? respondió ella, con la mirada hecha cenizas.

Digo que lleva el reloj adelantado sonrió él, señalando el reloj dorado en su muñeca morena.

Siempre van diez minutos por delante. Intento corregirlo, pero es inútil respondió Marisol encogiéndose de hombros, ausente.

El día es de escándalo, ¿verdad? Más que septiembre, parece un veranillo de San Miguel. A mi madre le encantan estos días; siempre dice que en uno así tomó la mejor decisión de su vida, y nunca se arrepintió.

¿Sabe qué? siguió parloteando aquel desconocido que parecía salido de atrás de un limonero. Yo le estoy muy agradecido a mi madre, es la mejor. ¡Así de grande! hizo el gesto con el pulgar al cielo.

¿Y su padre? se escapó de la boca de Marisol sin pensar.

No habla de él, y yo tampoco pregunto. Veo que le duele. Bueno, vengo de una entrevista de trabajo, ¿sabe? Me han escogido entre diez. Ni experiencia tengo y hasta me cuesta creer que sea cierto…

Mi madre me dio el valor necesario…

Y ya sé qué haré con mi primer sueldo: un viaje al mar, para ella. Nunca ha visto el Atlántico.

¿Y usted? ¿Ha ido alguna vez?

No dijo Marisol, sin dejar de mirar aquel ramo granate ni el curioso nudo de la corbata.

El chico irradiaba felicidad, como un gallo al alba.

Regalo de mamá presumió, notando que la joven se fijaba en la corbata.

A lo mejor le estoy incordiando, pero me gustaría compartir esta alegría con alguien. Le veo tan triste…

¿Soy muy pesado?

Ella negó con la cabeza, sin molestarse. Aquel muchacho había logrado frenar el carrusel negro de sus pensamientos, y su cariño hacia su madre le inspiró respeto.

“Qué amor tan sereno y fiel reflexionaba Marisol, observándole casi con ternura. Qué suerte la de esa madre… Ojalá mi hijo fuera así…”

Bueno, me voy. Mamá me espera y se levantó con ligereza. Y no corra tanto, ¿eh?

¿Qué dice?

Lo digo por su reloj sonrió abiertamente.

Ah… respondió ella sin poder evitar una mueca cálida.

Cuando desapareció bajo los castaños, Marisol sacó la vieja hoja y la rompió en pedacitos diminutos, soltando al vuelo los fragmentos. Se quedó sentada un buen rato, aspirando el perfume dorado de las hojas, sintiendo un calor inesperado en el pecho.

No estaba sola. Hubo una mujer, también sola, que crió y amó a un hijo maravilloso. Lástima que no le preguntara el nombre. Ahora ya no importaba…

La decisión estaba tomada.

***

Veintitrés años después…

Mamá, llego tarde protestaba Esteban junto al espejo, mientras su madre acababa de anudarle con mimo una corbata granate, recién comprada para la decisiva entrevista.

Déjalo si quieres.

Me dará suerte, confía en mí, mamá. Va a salir todo bien, me lo van a dar… Marisol remató el lazo y se apartó, contemplando con orgullo a su hijo.

Estoy nervioso… ¿y si no…?

Ese es tu sitio. No falles: responde claro y sonríe, eres irresistible.

Vale, mamá Esteban le dio un beso y salió corriendo.

Marisol, mientras le veía alejarse por la ventana bajo la luz tibia de noviembre, sintió que algo la estremecía. ¿Acaso esto ya lo había soñado alguna vez?

Aquel muchacho del parque… hacía más de veinte años…

Ahora Esteban, tan erguido en su traje y con la corbata granate, le recordaba a aquel extraño.

Había olvidado aquel instante casi toda la vida, y ahora renacía intacto en su memoria.

¿Sería posible que el destino mismo le hubiera puesto delante el hijo que no quiso perder, marcando el rumbo de su vida con una señal tan extraña?

¿Por qué nunca le pidió el nombre a aquel muchacho o a su madre? Quizá porque no era necesario…

Todo había salido bien.

Al volver de la entrevista, Esteban trajo un inmenso ramo de crisantemos granates a juego con su corbata. Traía la noticia: le habían contratado.

Además, el hijo le prometió que irían juntos al mar, por fin, porque su madre nunca había tenido esa suerte.

Ahora sería él quien cuidaría de ella como ella lo había hecho tantos años, capaz de mover montañas y desviar ríos. Así era el hijo de Marisol.

Por muchos vendavales, por muchas noches amargas, ella abrazaba aquella cabezota y el mundo se arreglaba.

Juntos lo superaron todo, y Marisol nunca lamentó haber sido madre. Sabía que esa era su mejor decisión.

Así tenía que ser.

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