Se fue con una jovencita “en busca de pasión”. Medio año después, apenas pude contener la risa

Se fue con una jovencita en busca de chispa. Medio año después casi me muero de la risa
Ay, madre ¡Cómo le gusta a la vida darle la vuelta a la tortilla cuando menos te lo esperas! Ni en las telenovelas de sobremesa pasan estas cosas tan surrealistas. Jamás habría imaginado que este hombre podía ser tan meticuloso, casi hasta el delirio. Para que te hagas una idea, contó el regalo que le hice un juego de destornilladores por el Día del Padre no una, sino dos veces: primero calladito, después mirándome como si hubiese escondido uno por ahí. Recogía sus cosas y las iba metiendo en bolsas, pero daba vueltas por el piso como una peonza buscando si se había dejado sus plantillas ortopédicas, porque según él, sin ellas la vida es un infierno.
Diez años juntos y parecía que se hubieran esfumado. Yo, 56; él, 60. Vivíamos en una calma que yo llamaba felicidad: piso en Madrid, macetas de hierbas en la ventana, tardes de café (y rosquillas) y las eternas series de policías que veía como si le fuese la vida en ello. Hasta habíamos planeado casarnos en octubre, para atar cabos de una vez, como él decía.
Y de repente zas. Aparece en la entrada, arrugado, nervioso, espachurrando la boina en las manos y me dice:
Marisol, no te lo tomes a mal. Eres una mujer estupenda, fiable pero eres demasiado terrenal. Y yo todavía estoy hecho un chaval. ¡Que me corre la sangre por las venas como el primer día! Yo quiero emociones, fuego, movimiento ¡Contigo me siento a medio jubilar! Necesito una esposa, no una abuela.
Me faltó el aire. ¿Abuela? ¿A mí? La que le toma la tensión dos veces al día, le vigila la sal, le narra el peligro de cenar frito después de las seis, ¿yo soy la abuela?
Mira, tengo a otra continúa sin inmutarse. Se llama Nerea, tiene 38. A su lado me rejuvenezco. Vamos a hacer snow, a viajar Ella me hace sentir vivo.
Portazo. En la casa quedó el olor dulzón de su valeriana matutina y ese aftershave barato que empezó a usar a litros, igual pretendiendo borrar los años a base de colonia.
Cómo me repuse
La primera semana ni me levantaba de la cama. Daba la espalda al mundo y pensaba: Bueno, Marisol, hasta aquí. Eres producto descatalogado. Mujer oficialmente fuera del mercado. Me miraba al espejo y veía una bulldog cansadísima, con las arrugas en plan mural.
Pero algo inesperado ocurrió. El sábado, a las siete, me desperté por costumbre, que era la hora de preparar la dichosa avena de Paco, su desayuno favorito. Fui a la cocina, y eureka ¿para qué?
Me serví un café bien cargado y dulce el que él me prohibía siempre. Corté un trozaco de tarta, antidepresiva total, que me había comprado el día anterior. Me senté en la ventana mirando la Gran Vía. Silencio. Nadie refunfuñando, nadie arrastrando zapatillas, ni comentarios tóxicos sobre las noticias o protestas por mis culebrones.
Y ahí me di cuenta: vivir sola no da miedo. Es sorprendentemente a gusto.
El dinero, por cierto, seguía allí Paco era de los que decían cada uno paga lo suyo, aunque fueran anchoas. Tiempo: ahora me sobraba.
No me apunté a cerámica de moda, eso dicen las revistas, sino a baile. ¡Zumba! Brincos, risas, sudando a mares, y nadie diciendo: Marisol, ¿qué haces tú ahí?. Dejé las tinturas de marrón serio, me hice un corte chulísimo y me aclaré el pelo. Me compré los vaqueros que según él eran de jovencita. Y no es broma dejó de dolerme la espalda. Igual eran años de cargar con Paco encima.
El reencuentro surrealista
Medio año después yo no pensaba ya en el renovado Paco ni de broma. Fui a comprarme unas zapatillas para bailar, y, mientras elegía, escucho esa voz tan conocida, pero ahora, aguda y medio histérica:
¡Paco, venga, que vamos a llegar tardísimo al cine! ¡Y aún falta el combo de palomitas!
Me giro y allí está ella, Nerea. Más que chica-fuego, parecía una señora cualquiera con la cara tirante de tanto pinchazo: la frente como un tambor, los labios hinchados. La ropa, un conjunto de leopardo imposible, los tacones casi de vértigo.
Detrás venía Paco. Más flaco, desmejorado, cuello de pollo, cara congestionada. En unos vaqueros rotos que, con sus varices, daban lástima. Cargado de bolsas y con una pizza, resoplando azul.
Nereita, ¿puedo sentarme cinco minutos? Que me ahogo imploró él.
¿Ahogarte? ¿Pero no presumes de deportista? No me hagas quedar mal, anda, tirando millas.
Entonces me vio.
Yo, tan pancha, recién salida del gimnasio, con mi abrigo nuevo y mis zapatillas de moda, brillando de salud. Sonriente, tranquila.
Y se quedó mirándome con tal cara de perrito abandonado que parecía que esperaba que le lanzara una cuerda para salvarlo. Dio un pasito hacia mí
¡Paco! chilló Nerea, ¿te has vuelto sordo o qué?
Él pegó un brinco y salió detrás de ella, como un chucho regañado.
Y yo, viéndolos alejarse, apenas podía contener la risa. No maliciosa, no. Liberadora.
Él soñaba con pasión ahí la tiene, pero ahora esa pasión lo exprime como un limón.
Pensó que una mujer joven le haría rejuvenecer, pero se le olvidó que para eso hace falta salud, no gaitas ni vaqueros rotos.
Quería una esposa, no una abuela. Pues mira tú por dónde
Ahora no tiene ni esposa, ni abuela.
Ahora parece un abuelo cansado al lado de una nieta caprichosa.

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Se fue con una jovencita “en busca de pasión”. Medio año después, apenas pude contener la risa
Ese Desagradable Regusto —¡Todo se acabó, no habrá boda! —exclamó Marina. —Espera, ¿qué ha pasado? —se sorprendió Ilya, —¡si todo iba bien! —¿Bien? —ironizó Marina— claro… bien. Solo que… – se quedó callada unos segundos, dándole vueltas a cómo explicárselo… pero al final soltó la pura verdad —¡tus calcetines huelen fatal! ¡No estoy preparada para aguantar ese olor toda mi vida! —¿De verdad le has dicho eso? —se alarmó la madre de Marina al enterarse de que su hija iba a retirar la solicitud de matrimonio— ¡increíble! —¿Por qué? —se encogió de hombros la ex-novia— si es la verdad. No me digas que tú no te habías dado cuenta. —Claro que me había dado cuenta —reconoció su madre, incómoda— pero… es humillante. Pensé que le querías. Si el chico no es malo. Y lo de los calcetines, eso se puede arreglar. —¿Y cómo? ¿Enseñarle a lavarse los pies? ¿Cambiarse los calcetines? ¿Usar desodorante? ¡Mamá! ¿Te escuchas? ¡Que yo me iba a casar, no a adoptar a un niño crecido! —¿Y entonces, por qué llegaste tan lejos con él? ¿Por qué presentaste la solicitud? —¡Por ti, mamá! “Ilyusha es buen chico, un pan de Dios. Me cae muy bien”, ¿eran tus palabras? Y también: “ya tienes veintisiete, ya va siendo hora de casarse y de alegrarme con nietos”. ¿Ahora callas? ¿Es así? —Marina, hija, yo no pensaba que aún dudabas. Parecía que lo vuestro iba en serio —replicó su madre— y, ¿sabes? Me alegro de no haberme equivocado contigo: has pensado bien y has decidido. Pero eso de “los calcetines huelen”… te has pasado. No parece de ti. —Lo dije a propósito, mamá. Para que lo entendiera. En su idioma. Para no dejar camino de vuelta… *** Al principio Ilya a Marina le pareció divertido y algo torpe. Siempre iba en vaqueros y con la misma camiseta. No presumía de saber de Picasso pero podía hablar horas de pelis clásicas. En esos momentos sus ojos brillaban. Con él todo era fácil y tranquilo. Eso fue lo que atrajo a Marina, cansada de dramas y de buscar “al hombre ideal”. A los dos meses de cine y bares, Ilya, avergonzado, le propuso: —¿Quieres venir a casa? Te hago unas empanadillas, ¡las he hecho yo! La invitación sonó cálida, tan familiar, que a Marina le dio un vuelco el corazón. Y ese “las he hecho yo”, la conquistó. Total, aceptó… *** El piso de Ilya no le gustó a Marina. No estaba sucio, pero sí hecho un caos, sin gusto y como abandonado. Paredes grises sin pintar, sofá viejo y mugriento con un solo cojín. El suelo lleno de cajas, libros y revistas viejas. Zapatillas en medio. Y sobre todo, un aire cargado, con olor a polvo y cerrado. Parecía más una zona de paso que un hogar. —¿Qué te parece mi fortaleza? —Ilya abrió los brazos, sonriente, sin pizca de vergüenza. ¡Estaba orgulloso! Y de verdad no veía nada raro. Marina se obligó a sonreír. El chico le gustaba y no quería discutir. Fueron a la cocina. Igual de mal: mesa cubierta de polvo, vajilla sucia, tazas con fondo negro, cazuela destartalada en la encimera. Marina se fijó en la tetera. “¿De qué color era originalmente?”, pensó. El ánimo se le cayó al suelo. Marina escuchaba distraída a Ilya, que intentaba hacerle reír. Pero cuando le dio el plato de empanadillas, se negó a probarlas, excusándose con una dieta… Ni hablar de probar algo de esa cocina. Ya en casa, Marina analizó la visita. A simple vista, lo que vio no era grave, poca cosa. Solo un chico viviendo solo, que se le va el orden. ¿Y qué? Pero detrás de esa “desorganización”, Marina vio algo más grande e incomprensible: ¿cómo se puede vivir así? No por pereza de limpiar un plato, sino porque… así le parece normal. Se le quedó ese desagradable regusto, vaya… *** Luego Ilya fue a casa de Marina. Le pidió matrimonio. Hasta le regaló un anillo. Presentaron la solicitud. Los padres empezaron a preparar la boda. Ser novia es bonito. Pero cuando Marina se quedaba sola y pensaba en Ilya, que siempre quería agradarla, se le aparecía… ¡la tetera indefinida! Y entendía: no era solo la tetera. Era ¡la prueba! Habla de cómo Ilya ve la vida, su día a día, a sí mismo. Y seguramente, a ella. Un día, imaginó una mañana juntos y se horrorizó. Despierta, en la cocina encuentra el té a medias y migas de bocadillo. Al decir: “Cariño, ¿puedes recoger esto porfa?”, él la mira extrañado, como con el piso, sin entender. No discutiría, tampoco gritaría. Simplemente… no entendería. Y cada día, tendría que explicar, limpiar, recordar. Y su amor se iría muriendo, a base de mil pequeñas heridas invisibles para él. Y su madre feliz porque se casa… *** Casarse… La confianza y calidez que sentía Marina con Ilya se esfumaron, sustituidas por una pesada ansiedad. —Marina —le preguntaba Ilya casi cada día, inquieto—, ¿todo bien entre nosotros? ¿Nos queremos? —Claro —respondía ella, notando como algo se le rompía por dentro. Por fin, Marina habló con su amiga y le contó todo. —¿Y qué pasa? —no entendía Katia— Polvo, una tetera… Mi marido deja la cocina que parece que ha pasado un tanque y ni se entera. Los hombres no ven esas cosas. —¡Exacto! No las ven —susurró Marina—. Y él nunca las verá. Pero yo sí. ¡Toda la vida! Y eso me matará poco a poco… *** No le echaba la culpa. Ilya era sincero. Solo vivía en otro mundo. En el mundo donde un plato sucio es “normal”. Para ella era la señal definitiva de incomprensión y desgana. Sabía que no era cuestión de limpieza. Era de dos maneras opuestas de ver el mundo. La fisura en su cabeza acabaría en abismo. Mejor dejarlo antes, que naufragar años después cuando ya sea tarde. Solo faltaba la ocasión… *** Invitaron a Marina e Ilya a una fiesta. Llegaron, se quitaron los zapatos… Entraron al salón… Un olor insoportable les seguía. Marina tardó en entender de dónde venía. Cuando lo supo y vio que los demás también se habían dado cuenta, sintió tanta vergüenza que solo quería desaparecer. Sin decir palabra, salió, se vistió y se fue. Ilya fue detrás, la alcanzó y la agarró del brazo. Ella se giró y le soltó, casi con odio: —¡Se acabó! ¡No habrá boda! *** Y, en efecto, no hubo boda. Marina está convencida de que hizo lo correcto y no se arrepiente. Ilya… Sigue sin entender: ¿de verdad era para tanto? ¡Por unos calcetines podridos! Si hasta podía quitárselos…