Temo perderte

Pues aquí es donde vivo sonrió Leonor mientras le abría la puerta a la chica.
Pasa, que ahora vuelvo.
Almudena cruzó el umbral con cautela, mirando a su alrededor como si esperase que un cuadro se callese de la pared en cualquier momento.
Ni siquiera pensó en quitarse los zapatos Algo no acababa de cuadrarle.
Cuando Leonor volvió al recibidor, Almudena tenía el rostro desencajado en puro pánico.
Le temblaban las manos.
Sin decir ni mu, echó a correr y salió del piso a toda prisa.
¡Almu, espera!
balbuceó Leonor, aún aturdida mirando la puerta abierta y luego a Lula, que estaba allí sentada como una esfinge, sin entender nada.
Desde luego, esa noche no era como había previsto; su cita se había convertido de repente en el último episodio de una tragicomedia en La 1.
***
¿Qué, se largó sin decirte ni pío?
dudó Rubén, el mejor amigo de Leonor, cuando ella le contó su desventura sentados en una terraza del centro, cada uno con su caña de cerveza.
Nada de nada.
Salió corriendo como si hubiese visto al fantasma de Lope de Vega.
Ni siquiera responde al móvil Desde anoche llevo intentando localizarla y nada.
¿Le has ido a buscar a casa?
No tengo ni la menor idea de en qué piso vive.
La acompañé hasta el portal como una señorita, pero ahí me quedé.
Qué cosa más rara, de verdad.
Justo cuando crees que la cosa va viento en popa, va y zas, giro dramático
No me digas nada Yo ya pensaba que esto iba para largo.
Y míranos patético.
Igual el lunes podéis hablarlo todo en el curro.
No pintes el demonio en la pared antes de tiempo.
¿Y si simplemente se echó atrás?
No veo otra explicación.
Leonor, relájate.
Igual esto tiene arreglo.
Deja que pasen estos días y escucha lo que tenga que decir.
***
La primera vez que Leonor vio a Almudena fue en pleno atasco, en el autobús número 27, dirección Moncloa.
Nadie parecía querer ceder el asiento a aquella chica bajita y con cara de no haber dormido, así que lo hizo Leonor.
Luego se puso junto a ella sujetando la mochila y sonriéndole como una boba durante todo el trayecto.
Sin embargo, no tenía por costumbre ponerse a ligar en el bus.
¿Cómo iba a soltarle: Hola, soy Leonor, toma mi número, llámame después del curro?
Sonaba demasiado a película de sobremesa.
Así que, cuando bajó mientras Almudena seguía sentada, no miró atrás y fue directa al trabajo.
Aunque, mientras andaba por la Castellana, le dio la sensación de que la chica venía detrás.
Le entró esa paranoia de ojalá pero seguro que no que dura dos minutos pero es suficiente para alimentar horas de ilusión.
En la oficina, intentó deshacerse del recuerdo, pero cada Excel le devolvía la imagen de aquellos ojos, y en el correo juraría que se le aparecía la sonrisa de ella.
Una brujería, vamos.
Por eso, cuando su jefe, Don Mariano, se plantó delante de todos presentando a la nueva: Os presento a vuestra nueva compañera, Leonor pensó que igual había desayunado café con somníferos.
Pero no, resultó ser bien real.
Almudena dijo ella, con una sonrisa de anuncio de turrones El Almendro.
Leonor.
Encantada consiguió articular.
Y poco más.
Seguramente porque se quedó patidifusa y con la cabeza hecha una bola de churros.
Durante el día, cuando coincidían en la cocina o por los pasillos, Leonor sentía que le entraban ganas de ponerle un piso en el cielo.
Incluso hubiera cruzado a nado el Ebro si ella se lo hubiese pedido.
Aquella noche, paseaba con Rubén y sus perras, Lula y Cora, por el parque del Retiro, contándole las maravillas de su nueva compañera de trabajo con un entusiasmo que haría sospechar al más despistado.
¿Pero tú te estás oyendo?
Leonor, que te has enamorado hasta las trancas.
¿Crees?
Mira, yo con Carmen fue igual.
La vi y supe que era la mujer de mi vida, incluso antes de saber cómo se llamaba.
Pues sí susurró Leonor, sintiendo un vértigo en el estómago.
Cuando la veo, me dan ganas de mudarme con ella a un dúplex en Lavapiés.
Pues no lo pienses más.
Invítala a un cine, o al menos a que se tome unas tapas contigo.
Si lo dejas pasar, igual pierdes el AVE.
¿Y si ya tiene novio?
¿O novia?
¿Y yo voy con mi cara de acelga?
Qué apuro.
Pues si ya lo tiene, tan amigos.
Pero si no, estás perdiendo el tiempo.
¿Qué es lo peor que puede pasar?
¿Que te diga que no?
Así que al salir del trabajo, Leonor se animó: se acercó a Almudena en la parada del bus, le sonrió con nervios, se puso color granada y, finalmente, lo soltó:
A ver, igual me paso de intensa, pero ¿te apetece que vayamos hoy a tomar un café o ver una peli?
Digo, por quitarle hierro a este lunes.
Almudena aceptó.
Acabaron tomando cortados en una cafetería con mantelitos de cuadros y, después, paseando hasta las tantas por calles medio desiertas.
Leonor la acompañó hasta su portal y todo salió mejor de lo que había fantaseado.
Llegó tan contenta a casa que se fue a dar otra vuelta con Lula, ahora sí con la cabeza en las nubes.
Luego, tumbada en la cama, se le fue la noche entre planes imposibles: se imaginaba pidiéndole matrimonio en la Plaza Mayor, una vida entre brunchs, perros y excursiones a la sierra de Madrid.
***
Tres meses así, como en un anuncio de turrones, entre cenas fuera, pelis románticas en pantalla gigante y algún que otro morreo a la luz de una farola, chaparrón de verano incluido, mientras los abuelillos nos miraban con cara de ¡ay, la juventud!.
Almudena era un primor: amable, simpática, divertida, y encima responsable.
Leonor daba las gracias a la vida por haberle puesto una chica así delante, aunque el asunto de la convivencia tenía un pequeño inconveniente: después de los paseos juntos, todavía tenía que sacar a Lula sola.
Como vivía sola, no quedaba otra.
Propuso a Almudena unirse a las caminatas caninas, pero ella siempre tenía una excusa: que si estaba cansada, que si igual les apetecía tomar algo y con la perra no podían entrar, que si lo dejamos para otro día.
Mejor tú y yo solos, Leonor.
Imagínate que queremos tomarnos un chocolate o ir al cine
Claro, claro, tienes razón decía Leonor, aunque en el fondo le parecía raro.
Llegó el día en que Leonor, tan lanzada como la copa del rey, se animó a pedirle que se mudase con ella.
Almudena no dijo que no, pero posponía el momento.
Es que le prometí a la casera de mi piso que no me iría antes de fin de año explicó.
No quiero fastidiarla
Pero eso lo arreglo yo: le pago los meses, y asunto solucionado.
Vente hoy a ver mi piso, aprovechas y así conoces a Lula, ya verás cómo te cae fenomenal.
A Almudena se le borró la sonrisa pero aceptó: Lo intentaré por ti, dijo bajito.
Y así volvemos al principio.
Pues aquí vivo repitió Leonor en el recibidor, sonriendo.
Almudena entró de puntillas, más blanca que el membrillo, y nada más volver Leonor acompañada de Lula (una mezcla de pastor alemán y peluche gigante), a Almudena le cambió la cara: terror puro.
Salió disparada, sin tiempo ni de descalzarse.
Leonor intentó llamarla, luego se fue a desahogarse con Rubén, quien diagnosticó diagnóstico: Aquí huele a fobia, amiga.
***
Leonor, ¿has pensado que a lo mejor es un trauma?
dijo Rubén, apurando su caña.
Habla con ella el lunes y lo aclarais.
Verás que no es para tanto.
Pero el lunes, nada.
Almudena no aparecía con su puntualidad de costumbre.
Y Leonor mirando los autobuses, los trenes y hasta el buzón, por si acaso.
Cuando por fin la vio, caminando por la acera, despeinada y con ojos rojos de llorar, fue corriendo a su encuentro.
¡Almu, por favor, dime qué pasa!
¿Por qué saliste corriendo?
¿Por qué no contestas?
Me vas a volver loca.
Perdón, Leo suspiró Almudena.
Mira, solo quedan cinco minutos para que entremos.
Mejor hablamos esta tarde, por favor.
No Leonor la cogió de la mano, sin soltarla.
Ya no aguanto más.
¿Qué te pasa, Almu?
¿No quieres casarte conmigo?
¿No quieres que vivamos juntas?
Dímelo, lo que sea.
No es eso.
Es que yo tengo mucho miedo.
Miedo, Leonor a los perros.
Se quedaron en silencio, solo interrumpido por un pitido de WhatsApp del móvil de alguien cerca.
¿Pero cómo que a los perros?
Si te conté millones de historias de Lula, que es buenísima.
No es tu perra, es todas.
Cuando tenía seis años, un perro me atacó en la puerta del súper.
Una situación horrible Ni he podido hablarlo, ni en terapia me ayudó mucho.
Vivo con pánico, siempre esquivando perros por la calle.
Y claro, lo de vivir en tu casa con Lula me supera.
Lo intenté, de verdad.
Pero no puedo Siento no habertelo dicho antes.
Ay, Almu Leonor la abrazó, aunque Almudena aún temblaba.
Podemos intentarlo juntos, ¿no?
Ni tú tienes la culpa, ni Lula tampoco.
Déjame ayudarte.
De momento, mejor nada de visitas.
Pero si quieres, podemos empezar despacito Está claro que mi miedo es más fuerte de lo que pensaba.
***
Las siguientes semanas se convirtieron en una extraña partida de ajedrez canino.
Leonor, lejos de darse por vencida, ideó lo que llamó el Plan Escapada Con Perra.
Consiguió un coche de un amigo (No es un Tesla, pero anda), y propuso ir las tres al campo, lejos de gritos y semáforos.
Si pasa algo raro, nos volvemos a Madrid inmediatamente advirtió Almudena, con el tono de quien repite un conjuro antes de saltar en paracaídas.
En cuanto pusieron pie en el monte de El Escorial, Leonor le pasó a Almudena unas botas de agua (Que aquí las Converse duran cero), y Lula, con su pelota verde de siempre, iba dando saltitos como si los problemas no existieran.
¿Vas bien?
le susurró Leonor mientras lanzaba la pelota.
Si no fuera por la perra, estaría encantada.
Pero bueno, lo intento.
Piensa que cada perro es un mundo decía Leonor, recogiendo la pelota llena de barro.
Lula solo muerde zapatillas, y con suerte.
Risas nerviosas, paseos entre robles y, poco a poco, Almudena parecía menos tensa.
Hasta que Lula, entusiasmada, saltó al agua para recoger la pelota y fue ella la que se quedó temblando de miedo.
¡No pasa nada!
rió Leonor.
Es su juego favorito.
En uno de esos lanzamientos, la pelota cayó justo donde no debía: en medio de una charca que resultó ser un pozo de barro.
Leonor, intentando recuperar el juguete, acabó hundida hasta la rodilla.
¿Pero cómo te has metido ahí?
gritó Almudena, entre susto y risa.
No lo sé, pero igual si sigues riéndote acabaré por hundirme del todo
Pero, al intentar salir, la cosa empeoró: el barro la atrapó a lo bestia.
¡Ayuda, Almu!
Busca una rama o algo, que me quedo aquí para siempre
Almudena, muerta de miedo, superó la visión de Lula saltando y ladrando, y agarró la rama más grande que vio.
¡No me dejes aquí!
reía Leonor, entre histérica y dramática.
Tiró con todas sus fuerzas.
Lula, viendo el percal, ayudó también, enganchándose a la pernera de su dueña.
Y juntas mujer y perra lograron sacar a Leonor de la trampa sin más percances que unas buenas manchas en los vaqueros.
Agotadas, las tres se dejaron caer en el suelo.
Y fue ahí cuando Almudena, con la cara llena de barro y lágrimas, rompió a reír.
Creo que acabo de superar mi miedo a los perros al menos a Lula confesó, abrazando a la perra y luego a Leonor.
O mejor dicho: he descubierto que el verdadero terror es perderte.
Esa noche, en casa, se tumbaron las tres en el sofá viendo pelis de perros, comiendo palomitas y sin ganas de nada que no fuera estar juntas.
Ese día, por fin, todos comprendieron que el único miedo real que les quedaba era no tenerse.
Aunque, como decía la abuela de Leonor, para superar los miedos, a veces solo hay que caer (pero no demasiado hondo).

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