Entonces, ¿el libro de familia pesa más que vivir juntos? – Se burlaban de Nadia los hombres

¿Qué pasa, Lucía, al final el libro de familia sigue pesando más que vivir juntos?
Se burlaban los hombres de ella, con esa chispa ácida tan castiza.
Yo, a la reunión de los treinta años del final de carrera, no voy, me da algo de depresión luego.
Que vayan los de siempre, los que cada año se pasan por allí, así no notan cómo se han transformado gritó Lucía por teléfono ante la llamada de su única amiga de verdad.
Pero, ¿y tú cómo estás ahora para tener tanto miedo?
soltó su amiga Inés, desconcertada.
Si hace cinco años nos cruzamos y estabas de maravilla.
¿Te has puesto enorme o qué?
Que no es eso, Inés, simplemente no quiero ir, deja de insistir, por favor.
Lucía estaba a punto de colgar, esperando que su amiga entendiera la indirecta y continuase llamando a los demás de la lista.
Pero esta vez, Inés no lo permitió.
Lucía, que ya nos quedamos pocos en el grupo
¿Cómo, alguien ha fallecido?
murmuró Lucía, sintiendo ese escalofrío absurdo.
Ya no era joven, pero tampoco tan mayor para empezar a perder amigos.
No, mujer, bueno, aparte de que unos pocos sí que se nos fueron de España.
Ah, bueno, Andrés Marín, ese murió hace veinticinco años ya te lo conté, era muy joven.
Así que deja de hacerte la remolona.
Va a venir toda la promoción, las cuatro clases, al final seremos treinta y poco.
¿Tu hijo ya se casó, no?
Pues mira, una excusa para soltarte la melena.
Inés seguía hablando, pero Lucía solo pensaba en Andrés Marín, aquel chico de ojeras eternas y mirada melancólica.
Siempre le decían que era el débil del grupo, y después resultó que solo tenía un corazón frágil.
Soñaba con levantar un puente atirantado en su ciudad de Extremadura, pero la vida no le dio tiempo.
¿Y a ella?, pensaba Lucía, ¿qué le había dado tiempo a hacer?
Se enamoró de Álvaro, el capataz de obra.
Ella empezó a trabajar en la misma construcción, tras terminar la carrera.
Álvaro estaba temporadas en Madrid, luego regresaba a casa.
Llevaban juntos mucho, él le presentaba como su mujer, defendía que no hace falta papeles, lo que cuenta es el amor
Pero cuando Lucía se enteró de que estaba embarazada, Álvaro desapareció justo entonces, sin volver del último turno.
Resultó que tenía tres hijos y la esposa enferma.
Ni se despidió.
Lucía supo entonces que tampoco podía pedirle cuentas a un hombre con tanta carga.
Abandonó la obra antes de que nadie hiciera preguntas.
Unos compañeros le dijeron, lanzando una sonrisa entre sarcasmo y compasión:
Al final, el matrimonio pesa más que las ganas
Pero Lucía ya estaba en otro punto.
Se fue a trabajar en un supermercado de barrio, la vecina del portal le ayudó a conseguir el puesto.
Acordaron que, incluso de madre, Lucía podría hacer dos turnos a la semana.
Su madre se ofreció a cuidar de Diego, ese niño al que tanto amaba y por el que todo le parecía justo.
¡Tú misma me educaste así!
gritó Lucía a su madre en un arrebato de cansancio.
Y yo esperaba que salieras decente, hija, me sacrifiqué para que estudiaras la carrera, ¡y mira dónde estamos!, chillaba la madre.
De tal palo, tal astilla respondió Lucía, aún con la rabia floreciendo, y al instante se arrepintió.
Después se abrazaron, lloraron, pero todo quedaba igual, cada una sin saber adónde ir.
Por eso, cuando Inés la llamó para el reencuentro de los cinco años no apareció.
Allí hablan de familia, muestran fotos, se cuentan los sueldos, y Lucía fregando tres edificios: el portal de su bloque, el colegio y la guardería.
¿De qué iba a hablarles?
O mejor: ¿de qué iban a hablar ellos con ella?
Por Diego haría lo que fuera.
Era su consuelo, su recompensa más limpia.
Y cuando el niño empezó en el colegio, la madre se marchó al pueblo con una hermana, alegando que en Madrid ya el aire le sentaba fatal.
Años después, la vida sorprende y Lucía consigue una media jornada como ingeniera.
Diego en el cole, ella lo recogía siempre temprano, y los demás niños la miraban con envidia.
Un compañero del trabajo intentó acercarse a ella, pero Lucía cortó de raíz.
Un extraño en casa no era buena idea; no sustituiría a un padre.
Demostró su valía, la promovieron y, cuando Diego creció, consiguió volver a una jornada completa en el puesto para el que tanto estudió.
Pero la herida seguía viva.
Siempre sentía que le faltaba algo, que no podía reclamar la felicidad.
Retraída, modesta, el pelo sin tinte, la ropa sin alegría.
Pasados los cuarenta, asomando ya las primeras canas, pensaba: no hay derecho a brillar cuando una le ha quitado el marido a otra mujer y casi a sus hijos.
No debía arreglarse ni ilusionarse, que si uno brilla, vienen a clavarte los ojos.
No creía en los finales felices; la rodeaban divorciadas, no era mejor que ellas, quizá peor
Sin embargo, Diego creció generoso y agradecido.
Los veranos los pasaba en el pueblo, ayudando a las abuelas Carmen, su yaya, y la hermana, Tere.
Cavaba, sembraba, recogía patatas, cortaba leña con el hacha.
Ayudaba a encurtir tarros y hacer mermeladas.
La madre le miraba y solo sabía pensar, Qué suerte la mía con este hijo, quitapenas mío.
Así que, ¿para qué los cafés con antiguos compañeros?
¿Qué iba a decir, con qué cara?
Siempre las mismas preguntas.
Los pensamientos la atravesaron una vez más, en un instante, mientras oía a Inés insistir:
¿Te has enterado, no?
Al café enfrente de la residencia, el viernes a las tres.
Ven, aunque sea para que tenga con quién charlar.
La voz de Inés titubeó y, sin saber por qué, Lucía soltó un:
Sí, sí iré
Dejó el móvil encima de la mesa, arrepentida.
Se asomó al espejo, cogió el móvil otra vez para anular la promesa.
Pero el teléfono del delegado estaba siempre ocupado, y acabó por dejarlo.
Le daba pudor ya había aceptado.
Aquella noche abrió el armario y sacó el vestido azul que Diego le compró para su boda el año anterior.
Diego y Laura, su nuera, la convencieron con prisas y sonrisas.
Laura la arrastró de tienda en tienda, no paró hasta que Lucía aceptó probarse aquel vestido azul marino.
También los zapatos a juego.
Luego la llevaron a la peluquería, tinte, peinado.
Ahora Diego y Laura vivían por su cuenta.
Eran felices.
Las canas habían vuelto, ya no tenía para quién arreglarse.
Pero esa tarde, Lucía alisó su cabello y sacó el vestido, ese azul precioso.
Se puso algo de pintalabios, pero lo borró enseguida, le pareció demasiado atrevido.
El café estaba bullicioso.
En cuanto llegó, Inés la vio y se lanzó a abrazarla:
¡Pero Lucía, estás guapísima!
¡Qué alegría verte!
Inés había ganado unos kilos, pero le quedaban bien, rejuvenecida, más vital.
Charlaron un rato, hasta que llamaron a Inés desde otra mesa y Lucía se quedó sola, con un zumo, mirando alrededor y recordando música de sus años jóvenes, cuando hacían planes con el mundo.
¿Te invito a bailar?
oyó de repente, más allá de la música.
Alzó la cabeza y lo reconoció al instante.
Era Alejandro Serrano, de la clase paralela.
En tercero se casó, y Lucía se quedó pensando siempre en él, en lo guapo que era entonces.
Lucía, ¡cómo has cambiado!
Es la primera vez que vengo y no reconozco a nadie, solo a ti.
Alejandro le ofreció la mano y Lucía se la tomó, de pie y en silencio bajo la mirada asombrada de Inés.
Bailaron encadenando una canción tras otra, sin decir nada.
Hasta que Alejandro, al final, murmuró:
¿Te acompaño a casa?
Estoy divorciado hace años.
Pero si te espera alguien, sólo quiero que llegues bien a casa
Alejandro la acompañó.
Al día siguiente volvieron a verse, y desde entonces ya no se separaron.
Laura, su nuera, la ayudó a elegir el vestido para la boda.
Ya se le notaba la tripa, en poco Lucía sería abuela, y ella sentía algo de vergüenza: se casaba mayor.
Por fin, Lucía se permitió ser feliz.
Y Laura le confesó:
Señora Lucía, no sabía que era usted tan guapa Diego y yo estamos felices por ustedes.
Ser feliz no entiende de edades.
Pues sí pensó Lucía, mirándole a Alejandro durante el banquete, quizá por fin me lo merezco.
Lucía, al fin, se perdonó.
Y se dio permiso para ser felizEl vals de la noche terminó.
Lucía salió a la terraza, aferrando la copa con manos que ya no temblaban.
La brisa le revolvió el flequillo, le llevó el eco de las risas, y por primera vez en años, se vio rodeada de una familia que no había previsto, pero por la que todo había valido la pena.
Alejandro la alcanzó, con los ojos llenos de asombro y ternura.
¿En qué piensas?
susurró, rozándole el hombro.
Y Lucía, sin miedo a brillar, se permitió responder mirando el horizonte:
En que la vida da segundas vueltas.
Y esta, quizá, es la buena.
Dentro, Diego ya se reía imaginando la llegada del nuevo bebé, mientras Laura brindaba por la abuela valiente.
Los viejos amigos se acercaban entre canciones, y la música seguía sonando, mezclada con historias de todos los pasillos recorridos y las puertas que Lucía, siempre, había sabido cerrar y abrir a tiempo.
Esa noche, al volver a casa, Lucía se miró en el espejo.
Supo que ninguna etiqueta, ni los chismes, ni el pasado, podían ya enterrarla.
Se puso el vestido azul una vez más, bajó los ojos y sonrió a su reflejo con una ternura nunca antes concedida.
Al fin, comprendió: su vida era imperfecta, sí, pero brillante a su manera.
Tan auténtica como sus canas, tan fuerte como aquel abrazo de su hijo, tan luminosa como el baile inesperado que le había devuelto la esperanza.
Porque a veces, pensó Lucía, hay que dejar que el ayer pese solo lo justo.
Y bailar, sencillamente, con todo lo que queda por vivir.

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Entonces, ¿el libro de familia pesa más que vivir juntos? – Se burlaban de Nadia los hombres
¡Aléjate de mí y ni se te ocurra tocarme! Tienes a alguien más a quien tocar, ¡vuelve allí!