Fea
Marina se acomodó en el sofá de su cafetería favorita en Madrid, esperando su pedido. Solía venir a menudo antes del trabajo a por un café con leche y unos churros para alegrarse la mañana.
Fuera, caía una fina lluvia típica madrileña. Marina sorbió con placer su café humeante. En la mesa de enfrente, dos chicas charlaban animadamente; parecían amigas de toda la vida.
Oye, el otro día me crucé con la novia de mi ex. Te juro, ni pizca de guapa. ¿Qué habrá visto él en ella?
¿Será que cocina paellas de escándalo o es una fiera en la cama? respondió la otra entre risas.
¡Qué va! Mira, te enseño una foto de su Instagram. Nada del otro mundo, vaya cara
Ambas soltaron una risita cómplice y a Marina se le heló el ánimo. Le vinieron a la cabeza las palabras de su madre, aquellas que escuchó por casualidad siendo niña: Marina no es ninguna belleza, hija. No le ha tocado salir guapa, ojalá destaque por sus actos.
De adulta, Marina se cuidaba mucho. Pero por más empeño que ponía, siempre tenía la sensación de no ser suficiente. Su madre se repetía: Ánimo, mi niña. No brillas por la belleza, pero con tu inteligencia llegarás lejos. Estudia y esfuérzate; así no te quedarás sola.
En el colegio sufría por su apariencia poco agraciada y su figura de aspecto desgarbado. En la universidad aprendió a vestirse con gusto y a maquillarse. Incluso tuvo novio. Pero él, aun así, gastaba bromas sobre el culo plano o los pies de gigante. Marina pensó que ni siendo lista alguien podría llegar a quererla. Lo asumió y siguió adelante.
Después de terminar su café y churro, salió corriendo a la oficina. Tenía que pasar a mediodía por casa de su amiga Inés a echarle de comer al gato y regar las plantas. Inés se había ido de viaje unas semanas a Menorca y su marido apenas se dejaba caer por casa. Si por casualidad se cruzan, ni caso le va a hacer a Marina, pensó Inés antes de irse tranquila de vacaciones.
Nada más llegar a casa de su amiga, Marina llenó de pienso el cuenco del adormilado Donato, el gato, y fue directa a regar los geranios. Tras la pared, sonaba una canción de Mecano. Reconociendo la melodía, Marina empezó a canturrear: Me cuesta tanto olvidarte, me cuesta tanto Y de pronto se sintió feliz en aquel piso, rodeada de flores y música, disfrutando del momento y, sin saberlo, moviéndose al ritmo de la canción, bailando y mirándose con cariño.
De repente, escuchó voces en el recibidor.
Se dio la vuelta y vio a dos hombres. ¡Pedro! El marido de Inés. Y no venía solo. Ambos parecían sorprendidos. ¡Qué vergüenza!, pensó Marina con el corazón encogido.
Hola, Marina. Te presento a mi amigo Luis. Hemos venido a por unos papeles. Bailabas tan bien que no podíamos dejar de mirar. Perdón por interrumpir.
Yo… es que… Inés me pidió
Marina, nerviosa, fue hacia la puerta y no vio al gato entre sus pies. Tropezó y cayó torpemente al suelo. Todo se volvió oscuro.
Cuando despertó, estaba en una habitación de hospital.
Hola, ¿cómo estás? Soy Carmen, tu compañera de habitación. Has tenido una pequeña conmoción, pero el médico dijo que no es grave. Te han venido a ver un mensajero y un chico con flores sonrió la muchacha.
Gracias murmuró Marina.
Con cuidado, se levantó, fue hacia la ventana y abrió la bolsa. Dentro había fruta, un zumo y sus pastelitos preferidos, unos bartolillos. Probablemente, de parte de Inés y Pedro.
Al alcanzar las flores, vio una nota. Marina, recupérate. Una chica tan guapa como tú no debería estar en un hospital. Te invito a la exposición de flores. No acepto un no por respuesta. Luis.
Marina hundió la cabeza en las blancas margaritas, cerró los ojos de felicidad y corrió a abrazar a su compañera de habitación
La belleza no tiene por qué ser llamativa ni evidente. Cada mujer tiene la suya propia, a veces discreta y serena, pero siempre encendida desde el interior. Hoy, he entendido que la belleza florece, antes que nada, en el corazón de quien se quiere.







