Hoy tengo 33 años, pero todavía me acuerdo con vergüenza de lo que hice cuando tenía 18 y casi 19.

Hoy tengo 33 años, pero todavía me sonrojo de vergüenza al recordar lo que hice cuando tenía 18, casi 19.
Estudiaba en la universidad y llevaba una vida cómoda.
No éramos ricos, pero tampoco nos faltaba de nada.
Mi madre era profesora de matemáticas en un instituto y mi padre, dentista.
En casa reinaban la estabilidad, la comida abundante y el orden.
Teníamos una señora que venía a limpiar, así que mi única obligación era mantener mi habitación en condiciones y estudiar.
Desde pequeño estaba acostumbrado a que mi deber consistía en sacar buenas notas y no dar problemas.
En la universidad salía desde hacía más de un año con una chica.
Era una muchacha callada, de una familia parecida a la mía, también estudiaba, educada, y a mis padres les caía bien.
Íbamos al cine, a tomar helado, paseábamos por el Retiro.
Todo era tranquilo, predecible, sin sobresaltos.
Por entonces, no sabía que la estabilidad era un privilegio.
En una fiesta en la casa de una compañera conocí a otra.
Ella llegó en moto, vestía de manera distinta, hablaba alto, se reía sin miedo, no estudiaba, trabajaba de mecánica en un taller.
Desde aquella noche empezó a buscarme.
Me escribía, me esperaba en la puerta de la universidad, me repetía que yo era demasiado guapa para estar con chicas aburridas.
Empecé a quedar con ella a escondidas.
Le mentía a mi novia, a mis padres, a mis amigos.
Con la mecánica, todo era puro subidón: paseos en moto, cervezas en la terraza de la esquina, música atronadora, escapadas rápidas.
Me sentía vivo, diferente, un rebelde.
Solo unos meses después, me propuso que nos fuéramos a vivir juntos.
No fui capaz de cortar con mi buena novia, porque no sabía cómo hacerlo, pero aun así acepté la propuesta.
Una noche metí algo de ropa en una mochila sin que mis padres se dieran cuenta, dejé una nota y me marché.
Fui a su casa, donde vivía con sus padres.
Entonces comenzó la realidad.
El piso era pequeño, desordenado y bochornoso.
Dejé de levantarme para ir a la universidad y empecé a hacerlo para preparar el desayuno, barrer, fregar suelos, limpiar baños y lavar la ropa a mano.
Solo sabía hacer arroz y carne a la plancha.
Su madre me miraba raro cuando la comida quedaba sencilla.
Su padre se quejaba de todo.
Lloraba encerrado en el baño, sintiéndome inútil.
Dejé la universidad porque no me llegaba el dinero para el abono transporte ni tenía tiempo para estudiar.
Ella empezó a cambiar.
En el taller se bebía una caña cada día para apaciguar el calor, y los fines de semana desaparecía con amigas.
Volvía borracha, gritaba, se quejaba de que la casa no estaba perfecta, de que no sé ser un hombre de verdad.
Me reprochaba que era un mimado, un inútil, que mis padres me habían criado inutilizable.
Me sentía atrapado.
No tenía dinero, ni estudios, ni a dónde ir.
Pasaban los días y no dejaba de pensar en mi vida anterior: en mi cuarto limpio, en mi cama cómoda, en los apuntes de la universidad, en mi madre preguntándome si había comido, en mi padre llevándome en coche.
Pensaba también en la chica que dejé, lo tranquila y cariñosa que era.
Me preguntaba cómo había cambiado todo eso por lo otro.
Un día lo decidí.
No le dije nada a nadie.
Me mandaron a un supermercado barato que quedaba a media hora andando, sabían que siempre tardaba.
Salí con la bolsa vacía, recorrí dos calles y, en vez de ir al súper, cogí un autobús hacia casa de mis padres.
Todo el camino iba temblando, con miedo de cómo reaccionarían.
Mi madre abrió la puerta y se quedó callada unos segundos.
Luego empezó a llorar.
Yo también.
Habían pasado casi diez meses sin saber nada de mí.
Mi padre salió del salón y me abrazó sin decir palabra.
Aquella noche dormí en mi cama: limpia, segura, sin gritos, sin temores.
Nunca recuperé a la buena chica.
Ella ya había rehecho su vida.
Pero recuperé a mis padres.
Volví a la universidad.
Regresé a los libros.
Y aprendí algo que me costó admitir: no era infeliz antes.
Mi vida no era aburrida.
Era estable.
Fui yo quien no supo valorar lo bueno, hasta que conocí lo malo.

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