Diario personal, 18 de marzo
Todavía me cuesta creer las palabras que salieron de la boca de mi marido. Me obligó a elegir entre mi madre enferma y nuestro matrimonio. Llevábamos ocho años casados cuando mi madre cayó gravemente enferma. No era algo pasajero. Yo soy hija única, la única persona en la que ella verdaderamente podía confiar.
Al principio intenté abarcarlo todo. Me levantaba temprano para ir al trabajo, pasaba por casa de mamá para llevarle comida y medicinas, y después corría a casa para atender a mi marido y a los niños. Apenas dormía cuatro horas por noche. Iba por la vida agotada, con ojeras y el cuerpo pesado de cansancio, pero nunca me quejé. Siempre pensé que sería algo temporal, que él lo entendería.
Pronto empecé a notar que su actitud cambiaba. Si llegaba tarde porque mi madre me necesitaba, se enfadaba. Si hablaba con ella por teléfono, se mostraba molesto. Un día me dijo: «Ya no eres la misma. Siempre estás allí, aquí parece que ni existes». Le respondí que mi madre necesitaba de mí. Y él soltó: «Entonces contrata a alguien».
Intenté explicarle que no tenía dinero suficiente para pagar a una enfermera y que además mi madre sólo se sentía tranquila conmigo. Cada vez más, él me reprochaba que nuestra casa parecía un hotel, que entraba y salía, que apenas le prestaba atención, que ya no se sentía importante. Empecé a sentirme hecha pedazos, dividida en dos.
El peor de los enfados llegó un domingo. Regresaba de urgencias, con la ropa que llevaba en el hospital, exhausta. Nada más entrar en casa, él, frío como el mármol, me dijo: «Así no podemos seguir. O sigues de salvadora de tu madre o te quedas conmigo e intentamos salvar nuestro matrimonio». Le pregunté si hablaba en serio. Me miró y dijo: «Sí, no pienso pasarme la vida siendo siempre el segundo plato».
Aquella noche no pegué ojo. Pensé en mamá, tan sola, tan enferma, con esa mirada que buscaba en mí su único apoyo. Pensé en mis hijos, en nuestra casa, en los años que llevábamos juntos. Y sentía que nadie veía realmente mi agotamiento, mis esfuerzos, mi dolor.
Al día siguiente fui a ver a mi madre. Estaba tan frágil, pero al verme, sonrió como si le regalara un poco de vida. Me apretó la mano y susurró: «Gracias por no dejarme sola». En ese momento entendí que jamás podría abandonarla. Volví a casa y hablé con mi marido. Le dije que no iba a elegir entre ella y él, pero si de verdad me obligaba entonces mi decisión era clara.
Aquel mismo día por la tarde, él hizo las maletas. Dos bultos. Me dijo que yo había roto nuestro matrimonio, que siempre puse a mi madre en primer lugar. Me quedé en la habitación, temblando, sin saber si acababa de perder a mi marido o si acababa de salvar mi dignidad.
Ahora mi vida ocurre entre el hospital y mi casa. Estoy cansada, sí. Estoy triste, también. Pero duermo sin remordimientos. Intento convencer a mi madre para venirse a vivir conmigo, para que todo sea más llevadero.
¿Vosotros habríais hecho lo mismo?







