No eres de los nuestros

¡Venga, si empiezas, termina! subió el tono Andrés con Natalia. Y si no lo tienes claro, deja de hablar por hablar
Claro que lo sé respondió Natalia con una media sonrisa, mirándole muy fijo. Entre ella y yo nunca ha habido secretos
Andrés y Estrella se conocieron de la forma más tonta. Era invierno, calles resbaladizas. Estrella se pegó un resbalón en una acera helada de la Gran Vía, camino del trabajo, y cayó con estrépito, haciéndose daño en la rodilla. Andrés, que pasaba por ahí, la ayudó a levantarse y hasta la acompañó al centro de salud.

La radiografía demostró que no había rotura, y Estrella quedó libre con unas instrucciones claras: reposo y una venda elástica en la rodilla. Durante todo el tiempo, Andrés no se separó de ella ni un segundo, llegó incluso a llamar al curro para cogerse media jornada. Solo cuando vio a Estrella montarse en el taxi se quedó más tranquilo, tras sacarle la promesa solemne de que le avisaría al llegar a casa.

A Estrella le fascinó aquel chico tan atento y cariñoso. Nunca se había topado con uno igual, estaba boquiabierta. Así arrancó el periodo más azucarado de su relación: llamadas y mensajes todo el día, conversaciones sobre cualquier cosa. A Andrés le inquietaba hasta si Estrella se había abrigado bien o si se había echado la siesta. Por la mañana le deseaba un buen día, por la noche dulces sueños, y entre medias se interesaba por su estómago y hasta por su estado de ánimo.

Para Andrés ese comportamiento era lo más normal del mundo. En su casa siempre habían sido así, unos con otros. Vivía solo en el piso que heredó de su abuela, mientras sus padres Antonio y Pilar seguían en una ciudad cercana, a apenas media hora en tren. Vivieron juntos mucho tiempo, alquilando el piso de la abuela y pasando fines de semana en familia. Nada de discusiones: paz, confianza y cariño a raudales. Cuando la abuela murió y Andrés ya tenía edad de emanciparse, se mudó al piso familiar.

Con las chicas, eso sí, no había manera. Era algo tímido, un poco cortado, nunca ligaba por la calle y lo de las fiestas no iba con él. Tampoco tenía ese grupito de colegas con el que salir a ligar o emborracharse por Malasaña. Con Estrella fue todo diferente, casi inevitable: necesitaba ayuda, y Andrés, en su carácter bonachón, no podía mirar para otro lado. Más tarde pensó que fue obra del destino.

A los dos meses se casaron, así, tal cual. Una broma de Andrés (Oye, ¿y si nos casamos?), a la que Estrella respondió:
¡Pues venga, ahora mismo, vamos al registro!
Entraron al Registro Civil una hora antes de que cerrara, y les dieron para casarse lo antes posible. Los padres de Andrés se quedaron algo flipando por las prisas, pero encantados, ya que la novia les cayó de maravilla.

La madre de Estrella vivía en la ciudad de al lado. Cuando se enteró por teléfono, no pudo ir, porque la abuela de Estrella estaba mala y no podía quedarse sola.

Su vida juntos fue tan normal que parecía irreal. Una familia feliz, sin broncas, e incluso después de la boda el amor seguía tan vivo como al principio. Tuvieron un niño, Marco: más felicidad todavía, aunque también más jaleo. Fue en uno de los aniversarios, tras celebrar en un restaurante con familiares y amigos, cuando todo se torció un poco.

Este año el aniversario fue especial. Reservaron en un sitio cerca de la Plaza Mayor. Estaban los padres de Andrés Pilar y Antonio, Marco (ya con cinco años, brindando con zumo por la felicidad familiar) y Estrella había invitado a su inseparable amiga Nuria. Nuria y ella eran como hermanas desde la EGB. Eso sí, a Nuria, a sus treinta años, la suerte no le sonreía en el amor: ni novio, ni líos, ni nada. Y al lado de la guapísima Estrella, Nuria resultaba siempre la amiga invisible: rellenita, bajita, desgarbada y con cara de boceto mal acabado. Vamos, la pobre nunca arrasaba precisamente.

Desde el colegio, toda la atención masculina caía sobre Estrella. Pero la amistad tenía ventajas: la madre de Estrella no la dejaba salir sola; con Nuria sí. Así que salían en grupo, y a veces también ligaba Nuria de rebote. Pero mientras a Estrella la pedían en matrimonio desde bachillerato, a Nuria nadie la invitaba ni a un café largo. Estrella era exigente, así que hasta los 25 nada de boda. Y luego llegó Andrés. Y hasta hoy

Nuria bajaba tambaleándose por las escaleras del restaurante, y de no ser por Andrés, que la sujetó, se habría despeñado tres veces. Arriba les esperaban Estrella, Marco y los suegros; abajo, el taxi que Estrella le había llamado porque Nuria andaba fatal y ya no hilaba palabra. Andrés, con buena fe, se ofreció a acompañar.

¡Felicidad para los novios! ¡Ja, felicidades! Felicidad para algunos ¡A mí nunca! iba voceando Nuria, llamando la atención. Desde el colegio, todo, todo le salía a Estrella siempre redondo. Siempre ha manejado a los tíos como ha querido y encima vosotros os dejáis. Habría que pensar con la cabeza, ¿no? Pero claro, os obnubiláis con su pelo bonito y ya el cerebro, ni está ni se le espera

Lograron salir de la puerta y, justo a unos metros del taxi, Nuria se soltó bruscamente del brazo de Andrés, como si de repente estuviera sobria, y le disparó:
¿Pero tú sabes de quién es el hijo que estás criando? ¡Porque tu Marco no es tuyo!
¿Se te ha ido la olla o qué? Andrés, atónito, se contenía para no mandarla a la porra. El mundo giró de golpe, las farolas se desdibujaron ante sus ojos mientras cerraba los párpados apretando bien fuerte. Pensó en zarandear a Nuria, pero la otra no paraba:

¡Hala, cómo te has puesto! ¿Nunca te lo habías planteado? Tu hijo nació demasiado pronto para ser tuyo. La boda, precipitada. ¿En serio creías que Estrella te quería tanto como para ir corriendo al altar? ¡Ja! Y además, el crío ni te parece Antes de ti tuvo otro novio, que le prometió el oro y el moro, pero la dejó por otra. ¡Bien hecho!

Furioso, Andrés la empotró en el taxi y cerró la puerta de un portazo. Pero después, cuando el taxi giró la esquina, Nuria llamó al móvil de Andrés y él, lo tonto que era, le contestó.

¡Anda, pregúntale, pregúntale a tu mujercita! ¡Ja! Que no sea sólo yo la que se sienta fatal en este teatro de felicidad, que entre también Estrella a la fiesta, a ver cómo se le day colgó entre carcajadas.

El eco de la risa de Nuria retumbó en la cabeza de Andrés toda la noche. No conseguía sacarse de la cabeza sus palabras. Y sí, Marco nació antes de lo normal, pero hay niños prematuros, ¿no? Nunca se le había pasado por la cabeza ni el peso, ni el pelo rubio de Marco con él moreno, ni esas cosas. Porque su felicidad, desde el principio, era tan grande que ni se paró a pensarlo. Amaba a su hijo con locura desde el primer día. Ni sus padres, que adoraban a su nieto, jamás dudaron de nada: lo llevaban a su casa, al parque, al zoo, al museo Pero después de lo de Nuria, hasta Pilar, su madre, diciendo: el pelo puede cambiar, Andrés. Pero ¿y ese cuerpo tan delgado? Si Andrés era un armario ropero y Estrella no era bajita Y los ojos, ay, los ojos.

Andrés pasó una semana callado, dándole vueltas, hasta que se rindió y preguntó a Estrella.

Ella le miró raro, y después
Sabía que algún día sacarías el tema. Si lo sabías, ¿por qué has tardado cinco años en hablarlo? dijo con sorna. Podrías haberlo dicho el primer día y nos habríamos divorciado. ¡Eso es lo que quieres! ¡Me engañaste, me mentiste, vaya fichaje! Anda, grítame, descárgate

Andrés se quedó clavado en el sitio. ¿Por qué decía todo eso? Si él Si la quería tanto, que si le hubiera contado la verdad entonces, seguro que la habría perdonado y se habría casado igual. Y ahora la ve tan tranquila, como si llevara cinco años esperando esta bronca. ¿Divorciarse? Pero si ni pensarlo. Marco su hijo. Da igual lo que digan, él no dejaría nunca a ese niño. Y sus padres, ¿cómo se lo diría? ¿O mejor ni decir nada? ¿Les querrían igual?

Estrella, por su parte, ya no sabía qué pensar. Discutieron a gritos. Andrés recogió sus cosas y se marchó a la casa de la abuela, que tenía vacía (por suerte los inquilinos se habían ido). Allí pasó dos semanas horribles, echando de menos como nunca a Marco y a Estrella. Reflexionó mucho y decidió que las cosas se quedarían como estaban. Que Nuria no iba a salirse con la suya, que no les arrebataría la felicidad.

Andrés regresó con Estrella y su hijo.

¡Perdóname! Te dije cosas horribles, no te las merecías Estrella lloraba. Creí que, al enterarte, dejarías de quererme y preferí soltarlo yo antes de oírlo de ti. ¡Toda la vida temiendo este momento!

Ay, Estrella susurró Andrés abrazándola. Vives conmigo hace cinco años y aún no me conoces. ¿De verdad pensabas que iba a dejaros? Os quiero a ti y a Marco, nada va a cambiar eso. Te entiendo, no te juzgo ¿Qué ibas a hacer tú entonces? Tenías miedo, es normal Lo nuestro es verdadero, y ni mil Nurias van a poder con nosotros.

Eso sí Estrella, agradecida, se pegó a él y se secó las lágrimas, ¡pero a Nuria ni verla!

¿Y qué les decimos a mis padres? preguntó Andrés, removido aún. Quieren tanto a Marco ¿Cómo se lo explicamos?

Se lo contaron. Mes y medio después. Pero solo que Estrella esperaba otro bebé, y que pronto iban a tener dos nietos para malcriar.

Y así, la vida siguió. ¿Que si alguna vez vieron a Nuria? Mira, ni en pintura.

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No eres de los nuestros
Lo sé todo sobre ella – ¿Quién ha llamado? Max se sobresaltó, a punto de dejar caer el móvil. – Nadie. Bah, gentuza… Victoria siguió cortando el pepino para la ensalada sin levantar la vista. Tercer “gentuza” de la noche. Una estadística interesante para alguien que antes se quejaba de que nunca le llamaba nadie, salvo su madre y repartidores. Max guardó el móvil en el bolsillo del vaquero y se fue hacia la nevera, aunque no parecía tener claro para qué. Se quedó un rato parado con la puerta abierta, mirando las baldas como si buscase respuestas universales. Finalmente la cerró sin coger nada. – La cena está en veinte minutos –dijo Victoria. – Mmhm. Se marchó al salón y, en cuanto llegó, encendió la tele. Alto, demasiado para su piso pequeño. Victoria sonrió para sí mientras seguía picando. … Empezó a llegar tarde del trabajo justo una semana después de las llamadas raras. Primero una noche, luego dos seguidas. Al final del mes, Max volvía a casa a las nueve casi a diario. – Hay un proyecto nuevo y tal… –explicaba quitándose los zapatos en el recibidor–. El cliente no para de exigir, el jefe está como loco. – Ya. Victoria le ponía la cena recalentada y se sentaba enfrente con un libro. No pedía detalles, ni qué proyecto ni por qué tantas horas extra. Max parecía esperar preguntas —incluso las repensaba de camino a casa—, pero no llegaban, y eso le desconcertaba aún más. – ¿No te molesta? –preguntó él una noche mientras desmenuzaba una albóndiga con el tenedor. – ¿El qué? – No sé… que llegue tan tarde. Victoria pasó página. – El trabajo es el trabajo. Max asintió, insatisfecho ante tanta tranquilidad. A los que mienten les incomoda que les crean sin condiciones. Los regalos empezaron en diciembre. Unos pendientes, sin venir a cuento. Luego un pañuelo de seda de aquella boutique por la que siempre pasaban sin que a Victoria le llamase la atención. – Te va a gustar –dijo Max, ofreciéndole la caja–. Pensé que iría bien con tu abrigo beige. Victoria desdobló el papel y acarició la tela suave. – Es bonito. – ¿De verdad te gusta? – Claro. Guardó el pañuelo en el armario, con las cosas que no solía ponerse. Max parecía feliz, ese tipo de felicidad enfermiza de quien siente que le han concedido el perdón antes siquiera de confesar su pecado. El dinero salía fácil, casi sin pensar. Una tele nueva —aunque la antigua funcionaba bien—, una cafetera cara que Victoria solo mencionó de pasada, entradas para el teatro en primera fila. Victoria recibía todo con una sonrisa suave y agradecida. Por dentro, iba encajando piezas: el rastro de perfume ajeno en el cuello de la camisa, los mensajes que Max leía en el baño con el grifo abierto, la costumbre reciente de dejar el móvil boca abajo. … La cena de empresa fue en un restaurante junto al Manzanares. Victoria llevó el abrigo beige y el pañuelo: Max la miró brillar al verla. Los compañeros iban de aquí para allá, brindando. Ana se acercó cuando Max fue a por bebidas. – ¿Puedo hablar un momento contigo? Se apartaron hacia una ventana, lejos del barullo. – Apenas nos conocemos –empezó Ana, jugando con la correa de su bolso–. Mi marido trabaja con Max, en el mismo departamento. – Lo recuerdo. – Mira… –sacó el móvil y abrió la galería–. La semana pasada estaba en el centro, vi esto sin querer, y… perdón. No sabía si debía enseñártelo. En la pantalla, Max abrazaba a una mujer morena. En la siguiente foto, se besaban en la puerta de un restaurante. Victoria miró las imágenes, el rostro imperturbable. – Sé que parece que me estoy metiendo donde no me llaman –añadió Ana, nerviosa–, pero pensé… que tenías que saberlo. – Gracias. – ¿Estás bien? – Sí. Ana asintió con torpeza. – No se lo enseñaré a nadie. Lo prometo. Ni a mi marido. – Te lo agradezco. Max volvió con dos copas de cava. Victoria aceptó la suya y sonrió como siempre. Él no notó nada, demasiado ocupado buscando a un camarero con bandeja. El camino a casa fue en silencio. Max puso la radio y tarareaba. Victoria contemplaba la ciudad y se preguntaba por qué los humanos temen tanto a ser descubiertos y, sin embargo, dejan pistas a cada paso. – Ha estado bien la fiesta, ¿no? –dijo Max, aparcando en su calle– ¿Te lo has pasado bien? – Mucho. No tenía prisa. Las semanas siguientes pasaron sin cambios: desayunos, cenas, conversaciones intrascendentes. Max seguía llegando tarde al trabajo. Victoria seguía sin hacer preguntas. Los regalos no cesaban. Pulsera de oro por Reyes, spa, carta blanca para reformar la cocina a su gusto. Victoria aceptaba todo. Las transferencias comenzaron en enero. Pequeñas sumas, nada llamativo: ciento cincuenta para “masaje”, doscientos para “estética”, trescientos para “botas nuevas”. – Mamá, te he hecho una transferencia. – Lo veo, hija –respondía Valentina sin preguntar. La voz de Victoria lo decía todo–. Todo irá bien. – Lo sé. Victoria le contaba a Max gastos en salones de belleza, boutiques, clínicas. Él asentía distraído, sin mirar las cifras. ¿Qué importa lo que cueste otra sesión si puede comprar la tranquilidad con cualquier suma? – Bonito bolso –dijo una vez, viendo la bolsa de marca en el recibidor. – Piel italiana. – Precioso. El bolso era de rebajas, treinta euros. Los otros cuatrocientos setenta habían ido para su madre. Max no notó la diferencia: había dejado de notar cualquier cosa salvo el móvil y sus eternas “reuniones”. Valentina iba ahorrando en una cuenta a su nombre. Su hija no daba explicaciones, pero el corazón de madre lo entendía: se avecinaba algo gordo. – ¿Por qué no vienes el fin de semana? –sugería a menudo. – Aún no, pero pronto. Victoria vaciaba metódicamente los ahorros familiares. Cursos de inglés en los que no se apuntó, cuota de gimnasio inexistente, dentista caro e innecesario. Max aceptaba todo como un alivio más, otra indulgencia anticipada, otro ladrillo en el muro de su tranquilidad. – ¿Te hace falta algo? –preguntaba él por las noches. – Mañana pido a domicilio sábanas nuevas, que están en oferta en tal tienda. – Claro. Ni preguntaba la tienda ni la oferta. Fácil engañar a quien se engaña a sí mismo. A finales de febrero, quedaban ochocientos cuarenta y tres euros en la cuenta común. Victoria comprobó el saldo por la mañana, mientras Max se duchaba. Cerró la app en silencio. Por la noche preparó sus albóndigas favoritas y puso la mesa en el salón. – ¿Pero hoy qué celebramos? –preguntó Max. – Siéntate. Se sentó. Victoria permaneció de pie. – Lo sé todo sobre ella. Max se quedó helado, el tenedor en el aire. En un segundo, la cara pasó del rosa al gris. – ¿Sobre quién? – No hace falta que sigas, Max. El tenedor tintineó sobre el plato. – ¿De dónde… cómo…? – Da igual. Intentó incorporarse, pero no le respondían las piernas. Victoria le observaba tranquila, casi indiferente. Había estado meses preparándose para eso; ahora solo sentía cansancio. – Vicky, puedo explicarlo… – No hace falta. – Ha sido una equivocación, yo… – Mañana presento los papeles del divorcio. Max se agarró a la mesa. – Espera. Hablemos, podemos… – No. Victoria dio media vuelta y se puso a hacer la maleta. Max se quedó frente a sus albóndigas frías, mirando al vacío. El juego se terminó y él perdió. Valentina abrió la puerta antes de que Victoria llamara. – Hay cocido en la cocina. La habitación está lista. Victoria abrazó a su madre. Por primera vez en meses, los hombros relajados, la tensión fuera. – Gracias, mamá. – Anda, ven a cenar. Ya charlaremos. El divorcio fue rápido y discreto. Max no protestó ni negoció. La cuenta común vacía, el piso era suyo, no había nada que repartir. Victoria firmó con alivio. Nada de venganza ni rencor; solo la calma. … Medio año en casa de su madre pasó volando. Trabajo, libros, largos paseos por las calles de siempre. Hasta que la gestora inmobiliaria llamó con buenas noticias. – Un piso nuevo, de un dormitorio, encaja en su presupuesto. ¿Quiere verlo? Victoria quería. El banco aprobó la hipoteca en una semana: buen historial, nómina fija, entrada ahorrada —los mismos euros retirados de la cuenta común. Las llaves llegaron en un día soleado de agosto. El fajo pesaba agradablemente en el bolsillo. Victoria durmió la primera noche sobre un colchón inflable en la habitación vacía. Mañana traerían los muebles, pero ella no quiso esperar. Tumbada, mirando al techo, pensaba en todo lo que había recorrido ese año. Ningún remordimiento. Ningún “y si…”. Solo silencio con olor a yeso fresco y comienzos nuevos. Victoria sonrió en la oscuridad… Por la mañana prepararía café en su nueva cafetera y lo tomaría junto a su ventana. Luego empezaría a montar su hogar, poco a poco, igual de metódica que organizó su huida de un matrimonio de mentiras. Paciencia y cabeza fría. Eso la llevó hasta aquí. Y así seguirá avanzando.