¡Nuria, llévatela ya! ¡No puedo más! ¡Hasta me da asco tocarla!

¡Pilar, llévatela! ¡No puedo más! ¡Me da grima hasta tocarla!
A Lucía le temblaban las manos mientras la niña berreaba a pleno pulmón entre sus brazos.
Pilar la cogió con mimo y asintió.
Vale. Pero luego no vengas con reproches, ¿eh?
¡Qué reproches ni qué niño muerto! Llévatela, no la quiero.

La pequeñaja nació apenas hacía un mes. El embarazo de Lucía fue una auténtica montaña rusa; Pilar pensaba que esos vaivenes de humor eran la típica recta final. Lucía llevaba más de siete años viuda, sus hijos mayores ya hacían su vida y vivían por su cuenta. Una escapada a la Costa Brava, un romance exprés y aquel embarazo inesperado dejaron a todos con cara de póker. A ver, que Lucía nunca fue de impulsos, la verdad. Parecía al principio que esperaba a esa niña con ilusión, pero luego… Empezó a notarse que, tan pronto arrasaba el Corte Inglés buscando bodies, como se tiraba semanas entera en modo monje cartujo, sin hablar con nadie como si el resto del mundo se hubiera evaporado.

Justo antes del parto dejó de comunicarse con la familia. Ni llamada, ni mensajes, ni un triste wasap, ni a su madre, ni a Pilar, ni a los propios niños. Así que, claro, Pilar olió a chamusquina, la localizó como pudo y la descubrió en el hospital, dispuesta a firmar la renuncia de la bebé.
¿Pero se puede saber qué te pasa, Lucía? ¿Por qué?
No lo sé ni yo. Es que no siento nada. Es como si fuera de otra persona.
¿Cómo que de otra persona? ¡Por Dios! Es tu hija.
Pues para mí no lo será Lucía le dio la espalda a la pared.

Pilar, que si de diplomacia va corta, se trajo a la madre de las dos, doña Rosa. Solo así cedió Lucía a llevársela a casa. Rosa se instaló con ella con la excusa de ayudar con el bebé, aunque en realidad era para vigilar de cerca. Lucía hacía lo básico: cambiaba pañales, daba biberón, pero no le dedicaba ni dos segundos más de los mínimos legales. La que eligió el nombre fue la abuela; la que la paseaba en brazos era la tía.
Lucía, me la llevo yo. La crio, pero el día de mañana, ¿a quién va a llamar mamá?
Me da igual, con tal de que no sea a mí.

En una semana firmaron papeles y Pilar quedó como tutora legal de su sobrina. Lucía, maleta en mano, rumbo a Valencia.
La pequeña Inés resultó ser puro nervio y alegría. Caminó antes de tiempo, habló antes de la media y llamaba mamá a Pilar.

Pasaron doce años.
¡Mamá, hoy saqué sobresalientes y mañana vamos al cine con la clase! la voz de Inés resonó alegremente en todo el piso.
¿Es ella?
Sí, Lucía. Pero por favor
¡Hola, soy Inés! ¿Y tú?
En la puerta de la cocina, una niña alta, ojos como platos, miraba de una a otra perpleja: la mujer sentada con la taza temblando y su mamá plantada al lado de la ventana con cara de cásper.
Yo soy Lucía. Tu madre, Inés.
¡Te lo dije! Pilar bufó y abrazó a su hija. Inés, cariño, te lo explico luego.
No hace falta, mamá. Deja que hable. Así que usted dice que es mi madre. ¿Y?
He venido a por ti. Quiero que vivas conmigo.
¿Para qué?
Eres mi hija.
No, lo siento. Mi madre está aquí, y no necesito otra. Además, es la primera y espero que última vez que la vea. Inés se fue, dignísima.

Pilar cayó desfallecida a la silla.
¿Qué has conseguido con esto?
Nada Por ahora. Pero lo conseguiré, tú espera. Si hace falta, hasta por vía judicial.
¿Pero para qué todo esto, Lucía? Tú misma la dejaste, ni querías verla. Nadie lo entendió entonces, ni ahora. ¿Y pretendes que, después de tanto tiempo, te reciba con los brazos abiertos? Mira, haz el favor, vete a ver a mamá y luego hablamos. Que yo tengo una hija a la que cuidar.
¡A una sobrina! saltó Lucía, bien digna.
Pilar solo suspiró. Cerró la puerta y se fue al cuarto de Inés.
Inésita
Mamá, antes de que me sueltes el discurso, quiero decirte algo. Yo lo sé todo. ¿Recuerdas cuando limpiamos la casa de la abuela el año pasado? Encontré los papeles de la tutela. Primero me pillé un cabreo de mil demonios por vuestro secretismo, luego quise encontrar a Lucía para preguntarle por qué… y al final llegué a la conclusión de que no me hace falta. ¡Tú eres mi madre y punto pelota!
Inés, mi niña No hay fuerza humana que me haga devolverte.
¡Y yo no me pienso dejar devolver! rió Inés. ¿Te acuerdas de mi compi Gabriel? Pues su madre es abogada, especialista en temas de familia, llámala si quieres.
Mira, hija, mejor no corras tanto en ser adulta, que yo aquí aún tengo las riendas. Pilar rió y la abrazó. Llamaremos, pero relax.

Vinieron días de infarto y juzgados, pero el tribunal lo dejó tal cual. Inés fue escuchada y dejó claro que de vivir con Lucía, ni hablar.
Las hermanas, delante de los juzgados, esperaban a ver si salía humo blanco.
Pues ya está, por fin se acabó este culebrón dijo Pilar con alivio. ¿Y ahora, qué harás?
Me iré, Pilar. Ya no molesto más. Ayudaré económicamente, eso no lo dudes. La cuenta de Inés la gestiono a través de mamá, dejé todo en regla.
Pero, Lucía, ¿qué ganabas con todo esto? ¿Por qué te deshiciste de la niña?
No hubo romance, Pilar. No hubo nada bonito. Hubo un parque oscuro y una noche muy mala.
Pilar sintió que el mundo se le paraba.
¿Y todo este tiempo callando?
No podía arreglar nada. Así que callé. Al principio ni caí en la cuenta de que estaba embarazada; pensé en la menopausia y cuando me di cuenta, era tarde. No le cuentes esto a Inés. Que no lo sepa; su vida es suya. Quizá algún día me perdone.
Pilar la abrazó, y ambas miraron hacia donde estaban la abuela y la niña, riéndose juntas.
A veces lo más horrible puede convertirse en lo más bonito, ¿eh? ¡Inés es un sol! Lucía se sacudió las lágrimas y, después de tantos años, Pilar le vio por fin una sonrisa de verdad.

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