Salieron ambos del hospital, padre e hijo. Nadie los esperaba fuera, nadie les grababa en vídeo ni traía ramos de flores. Habría sido raro ¿a quién se le ocurre regalar flores a un hombre…?
No, la madre estaba viva, y por ella no había que preocuparse. Salvo, claro, porque decidió con frialdad que aquel niño no le interesaba en absoluto. Nada. Se lo dijo así a su marido, sin rodeos ni disimulos. Pero él insistió, suplicó, hasta llegó a esgrimir amenazas veladas.
Ya tenía casi cuarenta años, y aún ningún hijo. Quizá este fuese su única oportunidad de ver algo suyo continuar. Pactaron… Ella dio a luz, se divorciaron de inmediato, y la madre aceptó sin problema alguno pasar la manutención mensual.
Al principio, Fernando pensó en rechazarlo por orgullo. Pero su exmujer se encogió de hombros y dijo:
La vida es larga. Quién sabe lo que puede pasar. Tú ya no eres ningún chaval y yo, desde luego, mucho más joven que tú. Aunque no quiera al niño, sigue siendo mi hijo y quiero que tengáis un pequeño colchón para el futuro…
Empezaron días de inquietud, noches con deseo de huir, pero Fernando no se derrumbaba. ¡Cuántas madres solas hay por todas partes! ¿Por qué iba a ser él menos? Y también hay muchísimos niños con padres solteros… Así que Fernando no veía el drama que los demás le pintaban no por ser hombre el niño iba a marchitarse. Al contrario: Jaime Fernández crecía, se fortalecía, y destilaba felicidad.
Pero cuando Jaime fue un poco mayor, llegó la ronda de preguntas sobre la madre. ¿Cómo contarle que a su madre ni siquiera le hacía falta? Fernando improvisó como buenamente pudo:
Te encontré en el sótano.
¿En cuál?
En ese, el del edificio de al lado.
A partir de entonces, el sótano empezó a fascinar a Jaime. En los paseos, cuando el padre se distraía, el niño husmeaba entre las rejas de las ventanas bajas, llamando quedamente a su madre. Pero solo contestaba el silencio…
Hasta que un día, algo sonó en el subsuelo. Al oírlo, el corazón de Jaime dio un salto y luego retumbó tan fuerte que se quedó sordo para cualquier otro ruido.
La puerta del portal estaba entornada, y allá que corrió al sótano. Primero era todo oscuridad, pero pronto sus ojos se habituaron. Avanzó más y más, intentando gritar, pero solo le salía un murmullo ahogado de lágrimas:
¿Mamá? ¿Mamá, eres tú? Soy yo… ¡Jaime! ¡He venido por ti!
Nada. Jaime se detuvo, sollozó, aguzó el oído. De repente, un leve roce en un rincón. Se enjugó las lágrimas con el puño sucio y se dirigió hacia el sonido.
Tal vez su madre estaría enferma, atrapada… De otra forma, seguro que ya habría salido a buscarle con los brazos abiertos. Pero él la encontraría, y sería tan pero tan feliz…
Jaime avanzaba hacia aquel movimiento, llorando y sonriendo. Todos sus amigos tenían madre, y por fin él también. Pero en el rincón, oculta entre harapos, le esperaba solo una gata. Una gata que vigilaba recelosa al visitante y escondía bajo su cuerpo un minúsculo gatito.
¿Mamá?
La decepción casi le partió en dos, las piernas flojearon y se dejó caer. Luego levantó la cabeza y miró de nuevo a la gata…
Cuando tienes cinco años, la lógica es un terciopelo extraño, más cristalino y claro que la de los adultos. Jaime pensó… Recordó a Covadonga, de su clase. Ella presumía de melena y aseguraba que su padre era un centauro. Y Marcos sostenía que el suyo era extraterrestre… ¿Por qué no iba a tener él una madre gata?
Y la gata, sabiéndose a salvo, acercó el hocico y empujó la manita del niño.
¿Entonces sí eres mi mamá?
Jaime preguntó aquello con tanta fe, con tal deseo de creer, que la fantasía se hizo suya, indudable y cierta. No habría tolerado que nadie lo pusiera en duda. Abrazó a la gata, que a su vez le abrazó a él con todo el cuerpo…
Fernando no se dio cuenta de la ausencia de su hijo de inmediato, y cuando lo notó, comenzó a llamarlo:
¡Jaimeee! ¡Jaime, sal ya! ¿Dónde estás, chico?
Pasaron unos larguísimos minutos embarrados en miedo que le agregaron canas nuevas, y por fin apareció, subiendo del sótano.
Avanzaba despacio, abrazando a la gata y al gatito. Al padre que corría hacia él le anunció:
He encontrado a mamá. Y creo que esto es mi hermanita… Estaban en el sótano, donde me recogiste tú.
Fernando se quedó helado, sin saber qué decir. ¿Soltarle toda la verdad? ¿Pero cómo y para qué? Aceptó la historia en silencio.
¿Cómo supiste que era ella?
Jaime se encogió de hombros.
Pues porque sí… ¡Por cómo me miraba! Papá, vámonos. Creo que mamá está cansada.
Jaime era feliz. ¡Había encontrado a su madre! Y da igual si la hermanita era un hermanito: así podrían jugar juntos a cosas de chicos y la gata les contaría cuentos por la noche, haciendo ronrroneos.
En la guardería, el resto de niños le creyó. ¡Vaya cosas! Si Kiko decía que su padre era un avión incluso mostró una foto.
Fernando pasó días preocupado, sin saber cómo abordar el asunto, cómo contarle la verdad. Pero, al ver a Jaime tan contento, se encogió de hombros. Todo cobrará sentido solo…
Desde entonces, la casa se transformó en un alegre caos. Jaime jugaba y alborotaba con la gata y el gatito los tres revolucionaban el piso entero. La gata, joven y con ganas, se sumaba feliz al desmadre.
¡Me tenéis harto! protestaba Fernando, recolocando los muebles.
Jaime, con un cordel en la mano, el gatito y la gata se detenían, se miraban entre ellos… Luego se encogían de hombros al unísono y salían corriendo a incordiarle aún más. ¿Por qué? Pues porque mamá les dejaba, claro está…







