Tengo 50 años y sigo viviendo con mis padres desde que me quedé embarazada. Mi hijo ya tiene 20 años.
Tengo un hermano y una hermana, ambos con sus propios hogares. Mi hermano mayor es abogado. Mi hermana menor está casada y vive con su marido. Llevo años pudiendo permitirme comprarme una casa propia o incluso comprar la casa de mi padre. Sí que lo he intentado, pero por una razón o por otra, nunca acabamos de reunir los papeles necesarios. Mi única condición, si llego a comprar la casa, es que siga estando a nombre de mi padre hasta el último de sus días, para que él tenga la tranquilidad de que nunca le va a faltar protección. Pero todavía no lo hemos decidido del todo.
Mi padre tiene más de 70 años, siempre ha sido muy directo, incluso seco en ocasiones. No es que no quiera hacer cosas, simplemente ya no puede como antes, como les pasa a todos con la edad. Es viudo desde hace cuatro años y convive con la ausencia de mi madre.
Tanto mi hijo como yo trabajamos. Entre los dos cubrimos la mayoría de los gastos en casa: facturas, la compra, la comida diaria. Mi padre pone algo cuando cobra la pensión, pero está cada vez más ahorrador y algo desconfiado.
Mi hermano viene a verle media hora una vez cada seis meses, no más. Mi hermana, que no trabaja, nos echa una mano por una pequeña cantidad simbólica cocinando y haciendo compañía a mi padre cuando mi hijo y yo no estamos en casa por el trabajo.
Mi padre, incluso cuando la comida está lista, si no le ponemos el plato en la mesa, no come. Apenas hace nada en casa salvo, de vez en cuando, jugar con mi perra, ver vídeos y dormir. De lo que más se preocupa últimamente es de que no se terminen las velas en casa ni en el cementerio y claro, de mi perra su nieta consentida que se tumba a su lado mientras descansa.
A veces me quejo, porque hay momentos en los que corro con casi todos los gastos de la casa, la comida y las facturas; pero luego me acuerdo de la suerte que tengo al poder seguir cuidando de mi padre, darle compañía, preocuparme por él, charlar y reírnos juntos, verle cómo quiere a mi hijo y a la perra. Él me lo dio todo desde que nací; ahora me toca devolverle ese amor y esa entrega que siempre ha tenido conmigo, con mi dedicación, mi apoyo económico, emocional y de tiempo.
Algunos me dicen que debería buscarme una vivienda aparte, pero yo no quiero ni pienso hacerlo. ¿Quién estaría al lado de mi padre si le pasa algo por la noche o en cualquier momento? No puedo ni imaginarme dejarle solo en casa rodeado de recuerdos y nostalgia, o saliendo solo a la tienda y cayéndose en la calle. A veces sale solo, pero siempre sabemos dónde está y le vigilamos, le acompañamos al médico, por ejemplo. No podría vivir tranquila con la culpa y la preocupación después de todo lo que ha hecho por mí.
Sea como sea ahorrador, áspero, a veces enfadado, otras risueño, a veces desesperado y preocupado, sigue siendo mi padre. A él (y a mi madre) les debo mucho de lo que soy hoy.
¿Qué le dejaré yo a mi hijo cuando falte? Le dejaré el ejemplo de saber trabajar, de luchar por la vida, su educación, y mi manera de vivir, que ojalá sea la mejor posible. Puede que, si todo sale bien y se arreglan los papeles como quiero, también la casa de mi padre siempre bajo la condición de que, mientras él viva, seguirá siendo suyo aunque la pague yo.
Hoy me he dado cuenta que la verdadera herencia no es una casa, sino la tranquilidad y el ejemplo de cuidar a los nuestros hasta el final.







