Todo empezó como las vacaciones de verano más tradicionales: mi mujer y yo, nuestro fiel todoterreno, más de mil kilómetros hasta Andalucía y ese dulzor en los labios que deja la sensación de aventura. Nos encanta viajar en coche, con su libertad absoluta: ritmo propio, paradas improvisadas, desvíos absurdos porque sí. Nada de horarios de tren, niños berreando al otro lado del vagón, ni malabarismos con vuelos retrasados.
Pero cometimos el error más clásico hablamos de más.
En una cena multitudinaria, entre amigos y medio conocidos discutiendo fútbol y lo caro que está el aceite de oliva, solté que nos íbamos al sur en dos semanas. Con nuestro coche. No pasó ni un minuto hasta que la pareja de enfrente, Loreto y Gonzalo (apenas conocidos, esos amigos de amigos que te saludan en cumpleaños), se iluminaron:
Anda, ¿pero qué días bajáis?
El quince salimos temprano respondí, sin sospechar nada.
¡Nos cuadra de perlas! Gonzalo dejó la croqueta y todo. Justo cogemos vacaciones el dieciséis, pensábamos ir en tren, pero o hay plazas en la cafetera al lado del baño o te soplan un ojo de la cara. ¿Nos lleváis en coche? Así gasolina a medias, más alegría, que somos tranquilos.
Miré a mi santa. Con una ceja ya me había dicho ni lo sueñes. Pero me enredé diciendo que llevamos el coche a tope, que vamos parando mucho…
¡Que va, uno solo lleva una maleta! insistió Gonzalo. Además, la gasolina está a precio de sangre de unicornio; así la dividimos y todos ganamos. No nos dejes tirados, si casi somos familia.
Y nosotros, con la habilidad social de un tupper sin tapa, tragamos. Lo de ahorrar nos pudo… Error de novato.
Si quieres paz, no hagas favores
Acordamos vernos en nuestro portal a las cinco. Nosotros puntuales, con el maletero ordenadísimo: nuestras bolsas, el agua, herramientas y las mantitas de rigor. Gonzalo y Loreto aparecen casi cuarenta minutos tarde.
Ay, el taxi, que se ha perdido Loreto, cero disculpas, tira de una maleta tamaño nevera de hotel y cuatro bolsas de bocatas.
Pero… habíamos pactado llevar lo justo se me escapó.
Déjale, que es mujer y necesita modelitos se reía Gonzalo como si le hiciera gracia a alguien.
Acabamos jugando al tetris para que cupiera todo. Bonus track.
A la hora de viaje empezó el desfile: Loreto, que si se asfixia aire acondicionado a tope, y en diez minutos Gonzalo tiritando. Mi playlist, un horror para ellos. Las paradas se multiplicaron: pipí, café, las piernas dormidas, fumar. Mi ruta calculada para evitar el cuello de botella se fue a hacer gárgaras; íbamos como un bus urbano.
La escena cumbre, en la gasolinera. Llené depósito 120 euros, casi nada, vuelvo y Gonzalo zampando un bocata.
Bueno, ¿nos vamos turnando? le planteé, pensando en Bizum.
Bah, ya hacemos cuentas al final; así no vamos lío a lío me salió con todo el morro.
No me hizo gracia, pero mi esposa murmuró: No seas así, llegarán y pagarán. Yo, de tonto, asentí. Los peajes también los pagué yo; ni preguntaron.
Ellos, todo el viaje, atiborrándose de sus sándwiches y dejando migajas cual palomas en la Plaza Mayor. Mis recordatorios para ser cuidadosos les hacían hasta gracia:
Anda ya, si esto es un coche, luego lo aspiras.
Llegamos al destino de madrugada, reventados, aunque no tanto por la carretera como por la compañía.
¡Si simplemente ibais a ir igual!
Por la mañana, tras un par de cafés, saqué mi libreta de gastos delante de ellos en la cocina de la casa rural.
Bueno, gasolina 480 euros, peajes 100. Total, 580. A la mitad, son 290 cada pareja.
Gonzalo se atragantó. Loreto abrió los ojos como si hubiera visto a Luis Figo en tanga.
¿Cómo que doscientos noventa? ¿Lo dices en serio?
Totalmente, lo acordamos así respondí.
Gonzalo dejó la taza: Vamos a ver, si tú el viaje lo ibas a hacer igual. Y la gasolina la habrías pagado tú sí o sí, con nosotros o sin nosotros. Solo hemos aprovechado las plazas libres.
Perdona se me hinchó la vena, las condiciones estaban claras. Te aguanté tus bolsas, las paradas, los cambios de temperatura, y la idea era compartir gastos.
¡Pero si ha sido un viaje genial! Charlas, risas… de colegas. Si es por dinero, pillábamos un BlaBlaCar y listo.
Mi mujer no pudo más: Otro conductor os deja tirados en la M-30 por las migas y las quejas.
Mira, como mucho te podemos dar cincuenta euros, por compromiso, pero pagar la mitad es de chiste. Tenemos el presupuesto contado.
Me levanté.
No hace falta el dinero. Consideradlo invitación de la casa. Pero la vuelta la hacéis por vuestra cuenta.
¿Cómo? Gonzalo en shock. ¡Pero acordamos ida y vuelta!
Con condiciones. Vosotros las habéis roto. Que tengáis buen veraneo.
Vacaciones por separado y un regreso glorioso
El resto de días apenas coincidimos. Nos encontrábamos en la playa y giraban la cara. La noche antes de irnos suena el móvil, mensaje de Gonzalo: Venga, no seas cabezón. Os damos 100 euros por cabeza ida y vuelta. Llevadnos, que Loreto se marea en el bus.
Ni contesté.
Recogimos, revisamos el aceite y nos fugamos al amanecer. ¡Qué placer! Nuestra música, nuestras paradas, silencio delicioso.
Luego me cuentan por ahí que soy el enemigo público número uno: que si he sido un miserable por dejarles tirados en tierras extrañas por un puñado de euros. Que acabaron en tres autobuses distintos y más tiesos de lo que llegaron, y ahora me ponen a caldo a la mínima.
Pero me he quedado la lección bien aprendida. Cuando alguien insinúa: ¿Vais al pueblo? ¿Nos lleváis?, sonrío y, con educación castellana, contesto: Disculpad, preferimos ir en pareja.







