Como dos gotas de agua Egor fue el primero en salir de casa rumbo al trabajo y llamó a su esposa pa…

Como dos gotas de agua

Eduardo era siempre el primero en salir de casa rumbo al trabajo y, antes de perderse entre las calles heladas de Madrid, acostumbraba llamar a su esposa para recordarle que se abrigase bien con el niño, pues la escarcha acechaba en el aire.
Isabel, apurada como casi cada mañana, perdió un buen rato buscando ropa de abrigo y, al darse cuenta de la hora, ya no quedaba ni un minuto para desayunar. Decidió preparar unos bocadillos para tomar por el camino.

La gata Pelusa, una persa de melena rojiza, nunca llevó bien el frío del invierno. Esa mañana resoplaba gruñona contra quien osase acercarse a su majestad, y aún más si alguien alargaba la mano con ánimo de caricia. El carácter de Pelusa, difícil hasta la médula, era bien aceptado y querido en casa; al cabo, en familia todo se perdona.

Incluso cuando tras ponerse abrigo y bufanda, madre e hijo se plantaron en el recibidor listos para salir, la persa seguía resoplando:
Shh-shh…
Mamá, si ni siquiera estamos en la habitación, ¿con quién se enfada Pelusa?
Se queja de la vida, hijo…
Eso le salía estupendo.

Pelusa llegó a sus vidas cuando aún era solo una cría de un mes. Casi la regalaban. Había sido descartada por sus criadores. Cuando Isabel supo lo que podría esperar a una gatita así, no lo dudó ni un instante e hizo el trayecto hasta el barrio de Chamberí para recogerla, aunque recién casada y sin un hogar propio, ni pensaba en mascotas aún. Entre los dos, Pelusa solo aceptó a Isabel como dueña; a Eduardo le tocaban bufidos y la pata en alto, afilando bien las uñas.

Al cabo de dos años, la joven pareja estrenó su propio piso y un año después llegó el pequeño Mateo. Para sorpresa de todos, Pelusa aceptó al niño en su círculo. Nunca le lanzó un zarpazo y se dejó acariciar por su manita torpe.

Todos en el hogar aprendieron a quererla tal cual era, con su genio y rarezas, y la vida seguía igual desde hacía ya diez años…

A medio camino hacia el trabajo, Isabel recordó que había dejado el desayuno olvidado sobre la mesa. Como no estaba aún lejos, decidió volver. Al acercarse al portal, escuchó un maullido lastimero que provenía de las alturas. La oscuridad de la mañana casi no dejaba distinguir formas, pero al mirar hacia un viejo olmo y alumbrar con el teléfono, vio, para su sorpresa, la silueta de una gata. Al enfocar, le temblaron las piernas: le miraba Pelusa.

No puede ser… ¡Si hace apenas diez minutos te vi en el salón!

La gata, dándose cuenta de que por fin la habían visto, empezó a maullar con renovada fuerza. Con el gélido viento cortando hasta los huesos, Isabel pensó deprisa. El árbol no era muy alto, quizás con una escalera podría alcanzarla. Recordó que Don Francisco, el vecino del último, estaba reformando su piso y debía de tener alguna escalera. Subió a pedir ayuda, y en menos de cinco minutos ambos bajaron al patio.

Ya se había reunido un corro de curiosos en torno al árbol, discutiendo cómo salvar a la gata. Don Francisco apoyó la escalera y comenzó a subir mientras Isabel la sostenía, ansiosa y aún dudando: ¿era de verdad Pelusa? La duda duró poco, porque la gata, nada más acercarse él, bufó con esa indignación tan suya.

Por suerte, los guantes de Don Francisco salvaron sus manos de los zarpazos de la persa. Al bajar, se la entregó a Isabel, y Pelusa, hecha un ovillo, empezó a ronronear pegada al calor de su dueña. Isabel la envolvió deprisa en su bufanda, agradeció con sinceridad al vecino y echó a correr a casa para calentar a la temblorosa Pelusa.

Al llegar y abrir la puerta, la sorpresa la dejó sin habla: de la cama saltó, medio dormida, Pelusa, quien fue directa hacia ella y, a medio camino, se detuvo en seco.

¿Pelusa? ¿En casa?

Isabel miró a la gata que traía en brazos. Sí, era otra persa rojiza, casi idéntica a Pelusa, aunque ahora sí veía las pequeñas diferencias bajo la luz. Isabel no las había reparado en la penumbra. La nueva gata la miró con esperanza y le lamió la nariz.

Pelusa original, curiosa y ofendida, se acercó a las piernas de Isabel, y ambas gatas cruzaron miradas intensas. Sus ojos decían mil cosas sin palabras.

Isabel telefoneó al trabajo para avisar que llegaría tarde, decidida a esperar a Mateo a la salida del colegio. Seguro que juntos se le ocurriría algo.

Cuando llegó Mateo, escuchó emocionado la historia del rescate y, entre lágrimas de ilusión, suplicó a su madre que dejasen a la segunda gata en casa. A esas alturas, ambas Pelusas roían las croquetas, una en cada esquina, vigilándose de reojo. Isabel decidió colgar anuncios por el barrio, pensando que alguien andaría buscando a su gata perdida, y que al anochecer ella y Eduardo los repartirían juntos.

Ya casi era hora de que el padre llegara

De repente, la nueva pelusa corrió directa al recibidor justo cuando se oía girar la llave en la cerradura.

¿Pelusa? ¿Vienes a recibirme hoy? se sorprendió Eduardo.

La gata se restregó contra sus piernas y comenzó a ronronear alto y claro.

¡Vaya sorpresa! ¿Y te puedo acariciar incluso?

Papá, ¿a que es preciosa? ¿Podemos quedárnosla? preguntó Mateo entreculo y emoción.

Déjame entrar y que mamá me cuente todo esto tranquilamente, hijo pidió Eduardo.

Mientras los tres se adentraban en el piso, la verdadera Pelusa les miraba desde el sofá, lanzando un bufido sentido, dejando claro que la situación no le convencía nada.

¿Hay dos? ¿Pero cómo?

Isabel le contó todo: el rescate bajo el frío, el error, la gata idéntica como dos gotas de agua.

Menuda historia. Seguro que sus dueños la están buscando respondió Eduardo.

Ya he puesto anuncios. Esta tarde los colgamos

La nueva gata, como entendiendo que hablaban de ella, saltó a las rodillas de Eduardo.

Tranquila, si nadie te reclama, aquí tendrás tu sitio. Nosotros te cuidamos le susurró él.

¡Bien! gritó Mateo dichoso.

Pasaron los días y nadie respondió al cartel. Nadie la buscó. Y así, la nueva gata se quedó en su familia.

Con el tiempo, las dos gatas dejaron de vigilarse y aprendieron a compartir rincón de sol junto a la ventana. Y cualquiera que pasase por la acera, al mirar hacia arriba, veía dos persas rojizas, indistinguibles, como dos gotas de agua, guardianas eternas y compañeras de la casa.

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Se marchó junto a su hijo para irse con su madre, y él no tiene ninguna prisa por hacerla regresar