Katia, tienes que entenderlo: ya no estás a la altura. No discuto que haces unos fantásticos pimient…

LOLA, TIENES QUE ENTENDERLO, ESTO YA NO ESTÁ A TU NIVEL. TU MANERA DE HACER CROQUETAS ES EXQUISITA, NO LO DISCUTO. PERO AHORA TENEMOS UN RESTAURANTE DE LUJO. AQUÍ VIENEN PERSONAS EN SUS MASERATI. NECESITAN ESTÉTICA, ESPUMA DE MARACUYÁ, MICROVERDURAS… ¿Y TÚ? MIRA TUS MANOS. ESTÁN ROJAS, CON QUEMADURAS, UÑAS ESCONDIDAS. CUANDO SALES AL SALÓN, LOS CLIENTES CREEN QUE HA SALIDO LA FRIEGAPLATOS. ESTÁS ARRUINANDO MI IMAGEN.

Álvaro aparta con desdén el plato de la prueba.

Lola, su esposa y fiel segunda de cocina durante los últimos diez años, aguarda en la barra de reparto, jugueteando con el delantal chamuscado.

Empezaron juntos en el garaje, friendo empanadillas. Después, un asador. Más tarde, un pequeño café. Lola inventaba las recetas. Lola estaba ante los fogones dieciséis horas, mientras Álvaro gestión y daba la cara.

Fue la salsa de enebro de Lola la que puso de moda su nuevo restaurante. Pero en las portadas de revistas siempre salía Álvaro: guapo, chaquetilla blanca, barba cuidada.

¿Y qué propones? pregunta ella, apenas audible.

Te propongo que descanses sonríe Álvaro con esa sonrisa de portada que derrite a las periodistas. Quédate en casa. Dedícate un poco de tiempo. En la cocina he contratado a un italiano. Marco. Ha trabajado en Milán. Eso da caché, ¿lo ves? Y… nosotros… nos separamos. Ficticio, claro. Por si algún día hay que dividir el negocio. Te doy una compensación económica. Te compras no sé, un abrigo de piel.

Lola le mira. Al hombre al que le remendaba los calcetines cuando no tenían ni para pan. Al hombre que ahora siente vergüenza de sus manos de trabajo.

De acuerdo, Álvaro. Me iré. Pero mis recetas me las llevo. Son mías.

¡Vamos, nadie quiere tus recetas de abuela! ríe él. Marco hace cocina molecular, ¿sabes? ¡Eso es arte! Lo tuyo es hacer guisos. Ya, Lola, nada personal. Deja tu taquilla hoy mismo.

Álvaro despega.

El restaurante «El Sabor» se convierte en el sitio más vanguardista de Madrid. Mármol, camareros con guantes blancos. El italiano Marco pinta cuadros con las salsas.

Álvaro se casa con Leonor, la hija de un alto funcionario local. Ella parece sacada de una revista: delgada, perfecta, huele a perfume caro, no a sofrito.

Nunca pisa la cocina. Huele fatal, dice frunciendo la nariz.

Todo es perfecto. Casi.

A los seis meses llegan las primeras críticas.

Precioso, pero sin sabor.

Comida de plástico a precio de oro.

¡Devuelvan por favor el verdadero solomillo al enebro!

Álvaro se descompone. Grita a Marco. Marco pide subir el sueldo y se encoge de hombros.

Poco a poco desaparecen los Maserati. Quedan solo turistas despistados.

Álvaro comprende una verdad cruel: la gente viene una vez por el ambiente, pero solo vuelve por el sabor. Y el sabor se ha ido con Lola.

Intenta restaurar el antiguo menú. Imposible de imitar.

Chef, seguimos la receta al pie de la letra, ¡pero no sabe igual! Soso, vacío

Álvaro se pone frente a la cocina. Salpimenta, prueba… Nada.

Le falta la mano. Ese toque invisible llamado alma.

Empieza a buscar a Lola.

Ha desaparecido de las redes sociales. Los conocidos encogen los hombros: Creo que se ha ido por Castilla, dicen.

Contrata un detective.

La encuentran en un pueblito a cien kilómetros, Plaza de la Estación, 1.

Álvaro aparca su todoterreno negro frente a una vieja estación de tren.

Un cartel lee: En Casa de Lola. Comidas Caseras.

Dentro huele a limpio, a bollería y a esa felicidad que Álvaro olvidó buscando glamour.

Una cola hasta la puerta. Camioneros, taxistas, estudiantes.

Con su abrigo de dos mil euros parece un marciano.

Se acerca a la barra.

Allí está Lola.

Ha cambiado. Está más sana, sus mejillas sonrosadas, ojos que brillan. El delantal, limpio, almidonado.

Lola suspira Álvaro.

Ella le mira. Serenidad, determinación.

Ah, Álvaro. ¿De paso? ¿Te pongo un cocido? Lo acabo de hacer.

Se sienta en una mesita pegajosa. Le sirven cocido y pan con ajo.

Da una cucharada.

El sabor le sacude. El de antes. Profundo, auténtico, sabroso. Un bocado vital.

Álvaro, hombre hecho y derecho, siente un nudo en la garganta.

Recuerda el garaje. Sus sueños. Cuando ella le calentaba las manos porque cortaban la calefacción.

Lo cambió todo por la espuma de maracuyá.

Lola le dice cuando se vacía el local. Vuelve. Me he dado cuenta de todo. Marco es un desastre. Con Leonor… estamos en trámites de divorcio. Te doy el cincuenta por ciento del negocio. No, setenta. Cambiamos el nombre. ¡Lola Real! ¿Qué dices? ¿Volvemos?

Lola se limpia las manos. Esas manos rojas, honestas y trabajadoras.

No, Álvaro.

¿Por qué? ¡Si aquí no ganas ni cuatro duros! ¡Mira este público! Camioneros, currantes…! Yo te ofrezco la élite

Mi público, Álvaro, me da las gracias y no dejan ni una miga. Vienen hambrientos y se van felices. Los tuyos solo vienen a fotografiar el plato para subirlo a Instagram. Les da igual lo que comen, mientras sea cool.

Se desata el delantal.

Y sabes Estoy casada. Con un camionero. Tal vez no sepa qué es un déclafoutis, pero nunca se avergüenza de mis manos. Y le encanta mi olor a bizcocho. Vete, Álvaro. Se te enfría la comida.

Álvaro vuelve a su restaurante desierto y eco.

Marco, otra vez, discute con proveedores.

Entra en la cocina, agarra un chuletón de buey de Kobe y lo tira a la basura.

Es rico. Es famoso.

Pero tiene un vacío imposible de saciar.

Sabe ya que ese hambre no se saciará jamás en restaurante alguno. Porque el amor y el calor humano no se preparan en un sifón ni se montan con nitrógeno. Solo se reciben de las manos a las que un día despreciaste.

Moraleja:
No confundas el envoltorio con el contenido. Puedes comprar los ingredientes más caros, contratar a los mejores decoradores y a publicistas de renombre, pero si apartas de tu vida a quien ponía el alma en lo que hacías, te quedarás con un bonito envoltorio y nada dentro. Valora a quien estuvo a tu lado al principio, porque al final, esos ya no se encuentran.

¿Y para ti, lo esencial de la comida es que sea tendencia o lo importante es como la hacía mamá?

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