Diario de Marcos
Hoy, me he pillado pensando de nuevo en lo que pudo haber sido. Todo empezó justo cuando estaba terminando la carrera en la Universidad Complutense de Madrid. En aquellos días, me surgió la idea de casarme con mi primera novia del instituto, Sofía. Sofía era guapa, pero lo que realmente me atrapaba era su bondad y su inteligencia. Por entonces, ella también estaba terminando su tesis de fin de grado. Los dos nos prometimos casarnos tan pronto como entregásemos nuestras tesis.
Cuando decidí contarle el plan a mi madre, me llevé un jarro de agua fría. Mi madre me soltó que, o me casaba con Carmen, la chica de la casa de al lado, o no me casaba con nadie. Me preguntó qué era más importante para mí: el amor o mi futuro profesional. Ella soñaba con verme como un hombre de éxito, alguien hecho y derecho.
Carmen venía de una familia acomodada de Salamanca y, además, llevaba tiempo coladita por mí. Pero yo estaba involucrado con Sofía, quien no tenía raíces ni apellido ilustre. Por si fuera poco, la madre de Sofía tenía fama de mujer problemática… ¿qué diría la gente? No necesito otra nuera y tú haz lo que quieras, me soltó mi madre, seca y tajante.
Intenté convencerla durante meses, pero fue inútil. Finalmente, amenazó con que si me casaba con Sofía, nos desheredaba. Y yo, al final, me acobardé. Estuve saliendo con Sofía durante seis meses más, pero nuestra relación fue apagándose poco a poco, hasta que dejamos de vernos.
Al final, me casé con Carmen. Ella estaba realmente enamorada de mí, pero decidimos no celebrar boda alguna. No quería que Sofía pudiera ver fotos de nuestra boda por ninguna parte. Así empezamos nuestra vida juntos. ¿Qué puedo decir? Carmen venía de una familia rica, y me mudé a su enorme piso en el barrio de Chamberí. Mis padres me ayudaron a escalar posiciones en mi trabajo. Pero, a pesar de todo, la felicidad nunca llegó a mí.
No quería hijos, y cuando Carmen se dio cuenta de que no iba a convencerme, pidió el divorcio. Nos divorciamos cuando yo ya había cumplido los cuarenta y ella tenía treinta y ocho. Tiempo después, Carmen tuvo un niño y encontró la verdadera felicidad que buscaba.
A mí me quedó el sueño de casarme con Sofía, intenté encontrarla, pero fue imposible, era como si hubiese desaparecido del mapa. Un amigo me contó que, tras nuestra ruptura, Sofía se casó con el primer hombre que conoció, y, desgraciadamente, resultó ser un mal tipo.
Desde entonces, pasé a vivir en el viejo piso de mis padres en Lavapiés, y empecé a ahogar mis penas en copa tras copa de Rioja. Me paso los días mirando la foto de Sofía y aún no soy capaz de perdonar a mi madre por lo que hizo…







