«No te pongas mala, o te voy a regañar»: me escribe mi pretendiente (40 años) cuando caigo enferma con fiebre. Así es como le contesto.
El otoño, como siempre, llega de repente. Por la noche me acuesto sintiéndome perfectamente bien y, al despertar, tengo la sensación de haber sido atropellada por una apisonadora. Me duele todo el cuerpo, la garganta me arde y la cabeza parece que va a estallar. El termómetro, sin ningún tipo de empatía, marca casi 39 grados. Llego como puedo a la cocina para beber un poco de agua y es ahí cuando lo noto todo: en el piso no hay nada. Ni pastillas, ni limones, ni lo más básico para comer.
Decido escribirle a Javier. Llevamos saliendo unos tres meses. Todo parece de película: cenas en restaurantes, paseos, conversaciones sobre lo importante que soy para él y lo mucho que sueña con cuidar de mí. Javier tiene cuarenta años y le encanta describirse como un hombre fiable, un pilar y una muralla de piedra. A duras penas escribo un mensaje, confundiéndome con las letras:
«Javier, hola. Creo que he caído enferma. Tengo casi 39 de fiebre y apenas puedo moverme. Me encuentro fatal»
Me contesta enseguida. Abro el chat con la esperanza de leer algo así como:
«Ahora mismo voy, dime qué necesitas. Medicinas, comida… lo que haga falta.»
Pero la respuesta es otra:
«Cariño, ¿pero qué haces? No te pongas mala, o te regaño! ))»
Y seguido, un emoticono triste.
Miro el móvil y noto cómo, además de la fiebre, me empieza a hervir la sangre de rabia. ¿Te regaño? ¿Qué se supone que significa eso? ¿El virus se va a asustar? ¿La fiebre se sentirá culpable? Decido no reaccionar mal y darle una oportunidad quizás solo ha sido una broma desafortunada. Le contesto:
«Javier, de verdad, me encuentro muy mal. No tengo nada en la nevera ni en la botica de casa. ¿Podrías pasarte después del trabajo? Por favor, compra aspirinas, limones y caldo. Te hago bizum.»
Pausa. Está escribiendo
«Lucía, hoy es imposible. Un lío en el curro y luego he quedado con los chicos para ver el partido hace siglos que no nos vemos. Tú haz lo normal: un té con miel, métete bajo la manta y a sudar. Mañana te escribo y me cuentas, ¿vale?»
En ese instante toda su supuesta muralla de piedra se desmorona en polvo. En vez de ayuda de verdad, consejos de la época de mi abuela. En vez de cuidarme, prefiere ver el fútbol. Le da igual que yo esté con fiebre alta y una casa vacía. Lo único que le importa es que no le estropee el día con mi enfermedad. Necesita una mujer alegre y sana para salir a restaurantes, una enferma no entra en su película.
Dejé el teléfono a un lado y pedí un reparto urgente de medicinas y algo de comida. El repartidor, un chico completamente desconocido, resultó más atento y útil que el novio. Tomé las medicinas, me preparé algo caliente y después agarré el móvil. Era el momento de aclararlo todo.
«Javier, ni se te ocurra cancelar el partido. Y mañana no hace falta que escribas. Me voy a recuperar, pero ya no será para ti. Necesito un hombre adulto, no una radio que solo suelta tontunas. No me escribas más, o te voy a regañar yo.»
Y le di a bloquear.
A la semana intentaba llamarme desde otros números, me enviaba transferencias de un euro por Bizum pidiendo que le desbloquee, diciendo que lo he dramatizado y que él solo quería animarme. Yo no respondí. La enfermedad es el mejor filtro. Limpia de tu vida a la gente de paso mejor que cualquier medicina.
¿Por qué hay hombres que, en vez de ayudar, responden con ese tipo de bobadas?
Primero, por infantilismo y desconcierto. Decir «no te pongas mala, o te regaño» es una reacción defensiva. No saben qué hacer con el dolor ajeno y se refugian en tonterías. No saben cuidar porque, en el fondo, están acostumbrados a ser tratados como niños, no como adultos.
Segundo, por egoísmo. Para ellos, la mujer es una fuente de placer. Si esa fuente se estropea, se irritan. El mensaje es claro: no me compliques la vida con tus males.
Por último, es una prueba de empatía. La verdadera cercanía no se demuestra en un restaurante, sino frente al mostrador de la farmacia. Si un hombre adulto no entiende que, con casi 39 de fiebre, se necesitan medicinas y ayuda y no emoticonos, eso ya es un diagnóstico. La protagonista hizo lo correcto: no mendigó cuidados, se los procuró ella misma y se libró del lastre.
¿A ti te han enviado alguna vez mensajes así de animadores? ¿Sirvieron de algo? Cuéntamelo en los comentarios.







