Lo recogí un martes por la tarde, volviendo agotada del trabajo. Estaba tumbado junto al contenedor, empapado hasta los huesos, delgadísimo, temblando de frío y miedo. No pude pasar de largo. Me agaché, le hablé bajito, y él, solamente, movió un poco la cola, como suplicando una oportunidad. Lo cogí en brazos, lo llevé a casa y lo arropé con una toalla vieja de cuando vivíamos en Alcalá de Henares. Jamás habría imaginado la tormenta que esto iba a desatar.
Al día siguiente ya empezaron los comentarios. La vecina del segundo, Doña Mercedes, me miró de arriba abajo y murmuró:
Espero que ese perro no sea peligroso.
Al poco, otra vecina, Carmen, dejó caer en el rellano con voz clara:
Ahora la gente recoge cualquier cosa de la calle…
Pero el colmo llegó cuando el presidente de la comunidad, Don Ignacio, me tocó la puerta para avisarme de que varios vecinos están preocupados, dicen que el perro rompe la estética del edificio. No pude evitar soltar una carcajada cargada de rabia. ¿Estética? Eso es un ser vivo, no una lámpara del Ikea.
Luego escuché por el patio:
Normal que el barrio tenga tan mala pinta ahora…
Incluso un par de veces se quejaron porque el perro ladró cuando una moto pasó a toda velocidad. Cada vez que salíamos a pasear, escuchaba ventanas cerrarse tras de mí, como si llevase el virus de la peste.
Un día, paseando con él por la avenida de los Reyes Católicos, una señora se acercó y, con ese tono de superioridad tan propio, me dijo:
Ese perro va a traer pulgas, mejor devuélvelo a donde lo encontraste.
Le pregunté qué quería decir con eso de a donde lo encontraste y she encogió los hombros, como si la vida de un animal fuese una suciedad que simplemente se barre fuera de casa.
La cosa se fue caldeando cuando empezaron a aparecer notas anónimas pegadas en mi puerta:
No queremos perros aquí.
Piensa en los demás.
Este es un barrio tranquilo.
Incluso leí: ¿Quieres convertir esto en una protectora de animales?
Y lo más sangrante es que el perro, al que acabé llamando Canelo, no molestaba a nadie. Comía, dormía, y me miraba con esos ojos llenos de agradecimiento que nadie más parecía ver. Lo llevé al veterinario en la calle Mayor, lo bañé, lo alimenté bien, y cada día estaba más fuerte, más sano, más feliz. Pero la gente solo me veía a mí como la aguafiestas del bloque.
Un día, uno de los vecinos, Don Antonio, se quejó en voz alta de que estoy quitando el encanto de la comunidad. Sin embargo, cuando vio a mi hija Lucía jugando feliz con Canelo, de repente le pareció menos grave:
Bueno, si es para la niña, entonces…
Ahí lo vi claro: el perro nunca fue el problema. El problema era esa gente convencida de que todo lo que no encaja en su foto de postal merece ser eliminado. Doble vara de medir, como dicen mis padres.
Hoy Canelo sigue conmigo. Ha engordado casi dos kilos, los ojos le brillan, y duerme por fin sin sobresaltos. Nadie se atreve ya a decirme nada, aunque algunas miradas siguen siendo dagas cuando nos cruzamos.
Y la verdad es que, aunque me toquen soportar sus comentarios y gestos feos, prefiero mucho antes cargar con todo eso a abandonar a un animal indefenso en la calle para que muera solo. Eso sí lo tengo clarísimo.






