VECINOS
Al pasar de los cuarenta, me detengo a mirar el camino recorrido. Mi nombre es Gonzalo Martín. Si lo pienso, tengo motivos para sentirme orgulloso y feliz…
La casa es mi fortaleza, delimitada por una sólida verja de dos metros frente a la calle, todo construido para durar. El garaje tiene aún un coche extranjero, que todavía huele a nuevo. Mi pequeña parcela está bien delimitada, al menos por la parte que da a la calle. Con los vecinos, la costumbre en nuestra urbanización de las afueras de Salamanca es otra: las vallas estrictas solo importan para dar privacidad de extraños, pero entre vecinos, casi parecen de la familia. Así ha sido siempre por aquí; nadie cambia lo que funciona entre los suyos. Yo tampoco quise imponer mis reglas.
Mi vida familiar es de manual. Sofía, mi mujer, es diligente y ordenada; todo lo que toca lo convierte en un remanso de orden y cariño. En casa, basta una mirada mía para que sepa cuándo debe actuar; nunca está de más un poco de autoridad, pienso. Mis hijos, Javier, que tiene doce años, y Lucía, de diez, no son de los que desafían, viven atentos a sus padres. Incluso en el trabajo, compañeros y jefes me tratan con respeto, aunque, más que respeto, yo diría es un poco de miedo: nunca me dejo pisotear.
Y aún así, con todo en su sitio, me sorprendo dudando. ¿De verdad es así de simple la felicidad? Siento, a veces, que algo se me escapa, que en algún cruce de caminos erré la decisión justa…
El terreno colindante al mío lo ocupó hace un año la familia de Alfonso Serrano, de mi quinta. Su mujer, sus dos hijos. Compraron el chalé a los herederos de los antiguos, los Gutiérrez, unos mayores que ya no podían con el campo.
Alfonso es un tipo decidido y práctico. Redujo el huerto y plantó una mini cancha deportiva; hay baloncesto, barra fija, columpios. Un día hasta trajo un montón de arena blanca para hacer una piscina improvisada a los niños. Se pasan el día riendo, los gritos y risas se escuchan desde mi cocina. Mis hijos, Javier y Lucía, pasan las horas con ellos; yo nunca lo prohibí, eso sí, primero los deberes y después, a jugar.
Empecé a ver que Sofía también se dejaba caer a menudo por la casa de al lado: que si unas cortinas cosidas entre las dos, que si recetas nuevas que aprendía con Elisa, la mujer de Alfonso… A cambio, Sofía le enseña cómo plantar tomates, hacer mermeladas, podar el manzano. Regresa siempre animada, sonriendo con los ojos, pero en cuanto topa con mi expresión seria, cambia radicalmente y se pone a la faena, la sonrisa se desvanece.
Entre nuestros jardines, justo en el linde, hay un banco de madera vieja. Me gusta sentarme allí en las tardes de verano a fumar un cigarro, repasar con la mirada el terreno, dejar que el silencio me despeje. A veces, Alfonso se sienta conmigo.
Charlamos despacio, de fútbol, de la política nacional, nada importante. Suele venir acompañado por su gata, una blanca de ojos verdes llamada Nieve. Nieve se sienta con nosotros y, sin rubor, participa en la charla soltando de vez en cuando un maullido.
Los gatos nunca me han interesado: ni dan leche ni tiran del carro, son inútiles, siempre entre las piernas estorbando. Un día los niños trajeron de la calle un gato pequeño y les eché a ambos con el animal. Se lo dieron a alguien, pero vi en sus ojos un rastro de dolor y confusión. No pasa nada, pensé, crecerán y lo olvidarán. Lo importante es que aprendan a obedecer a su padre, como debe ser.
¿Y tú qué haces con esa gata?, le pregunté, mientras Nieve nos observaba.
Mira Gonzalo, en la vida no todo se mide en euros respondió Alfonso acariciando a Nieve. Para mis hijos, Nieve es parte de la familia. Son mejores personas por tenerla cerca. Me ablanda el corazón.
¿Y qué ganas con ablandar el corazón? replico yo. Así solo consigues que se te suban a la chepa y te mangoneen, Alfonso.
Él sonríe mientras mira su casa, sus hijos jugando, su mujer trayendo limonada.
Gonzalo, un corazón blando no es de piedra. Te ayuda a distinguir la buena gente de la mala. Yo, al que es cabrón, no le dejo pasar la verja, no te creas. Pero no me cierro a los míos. El que mira a todos como si fueran ladrones acaba solo.
Aquellas palabras me dejaron pensando. Nunca había dudado de mi método, pero…
Empecé a fijarme más en los Serrano. Por la mañana, cuando Alfonso va a trabajar, su mujer sale a despedirle y él le da un beso en la mejilla y le dice algo que la hace reír. Los niños saludan desde la ventana con las manos, la gata lo acompaña hasta la verja. Qué diferente a mi casa: ni Sofía me despide ni los niños asoman la cara. Vuelvo de trabajar y, si me saludan, es por no molestar, y por la noche nadie se me acerca.
“¿Por qué será que todo es distinto?”, pensaba. “Será que falta alegría. Será que he sido demasiado estricto”. Hasta pensé en traer un gato, fíjate…
Un sábado, Alfonso me propuso ir de pesca:
Dicen que eres buen pescador, Gonzalo. Vamos con las mujeres y los chavales, pasamos el día junto al río.
Acepté, aunque “algo de pesca será con el follón de chiquillos…”, respondí. Alfonso, todo resuelto, sugirió acampar la noche anterior. Así madrugaríamos y luego, cuando ellos despierten, ya tendríamos el trabajo hecho.
Dicho y hecho. Alquilamos dos coches, pusimos las tiendas junto al Tormes. Mientras nosotros pescábamos, las mujeres y los pequeños montaron el campamento, buscaron piedras para la lumbre, pusieron el agua a calentar.
El día fue redondo, la pesca generosa, la caldereta nos supo a gloria. Los niños, locos de contentos. Y la gata Nieve, que Alfonso trajo, apareció de entre los arbustos con un minino sucio y desvalido. Los chicos se desvivían por dar de comer al pequeño, quitándole espinas a trocitos de pescado. El gatito devoraba todo con un ronroneo, temblando de emoción. Me recordó aquel que rechacé en casa, y sentí un pellizco.
Después de comer, el gato buscó calor en mi regazo y se quedó dormido. Alfonso sacó la guitarra y cantó unas canciones. Fue una noche de verano limpia, repleta de estrellas. Sentí algo que no me esperaba, una especie de paz olvidada.
A la mañana siguiente, pesqué lo suficiente para sentirme satisfecho. Las mujeres recogieron moras en el bosque, los niños jugaron y bañaron al gato en la orilla. Vi a Sofía feliz, animada con los demás, y al cruzarse nuestras miradas, me sonrió agradecida.
Al volver, los niños cuchicheaban mirando de reojo. Vi claro lo que tramaban, así que fingí no saber.
¿Dónde está el gato? ¿Ya os habéis cansado de él? pregunté.
Papá… dijo Lucía, temblorosa.
Ahora a criarlo, a queredlo y a darle de comer cada día. Si lo habéis tomado bajo vuestro cuidado, así debe ser.
Los dos saltaron a abrazarme, radiantes.
Ya en casa, aquella noche, me senté en el banco con Alfonso, comentamos las anécdotas; Nieve acicalaba al pequeño Minino, que no se despegaba de mí.
La próxima, te invito a una buena sesión de sauna, tengo que desempolvar la estufa le propuse.
Eso está hecho, vecino.
Vamos, Minino le dije al gato, cogiéndolo en brazos. Al entrar en casa, sentí que algo en mí cambiaba.¿Qué tendrás tú, diablillo peludo, que has logrado quitarme el hierro del pecho?
A la mañana siguiente, Sofía me alcanzó en el portal con el táper del almuerzo.
Que no se te olvide comer me sonrió.
Gracias, Sofía y la abracé. Esta vez no se apartó, al contrario, sentí su cariño.
En la ventana, los niños me saludaban alegres. Y en el alféizar, el pequeño Minino, achinando los ojos, ronroneaba para mí.
Hoy sé que la vida es mejor cuando dejas entrar el calor y la ternura. A veces basta una mirada, un gesto o, por qué no, un gato encontrado en el camino, para entender que ni las verjas más sólidas pueden sustituir el cariño de los tuyos.







