En la reunión familiar me atreví a decir que me las apañaría por mi cuenta. Mis padres se ofendieron por mis palabras y ahora exigen que me marche del piso de mi padre.

Jamás habría imaginado encontrarme alguna vez repartiendo el patrimonio familiar con mis padres y mi hermano entre gritos y reproches, como si estuviéramos en una disputa absurda de la que nadie sale sin demostrar algo. Soy ya un hombre mayor y, a mis veinte años, anhelo ser independiente; sin embargo, mi hermano apenas tiene catorce. ¿Qué necesidad podría tener él de un piso? No ha terminado ni el colegio, sigue siendo un chiquillo, verde, como quien dice, empapado de inocencia.

Mis padres le ven también como a un niño, cosa que no deja de ser curioso, porque a ojos de ellos, yo también lo soy. Y eso que estudio en la universidad, trabajo y resido en el piso que heredó mi padre de mis abuelos. Él me lo ofreció generosamente cuando le confesé que sentía ansias por vivir sola y que estaba a punto de lanzarme a alquilar algo por mi cuenta.

Para mí, ese gesto de mis padres fue como un regalo caído del cielo, e incluso empecé a reformar poco a poco aquel piso, persiguiendo la esperanza de que un día se convirtiera en mío de pleno derecho. Pero las palabras y los repartos se tornaron discusiones después de una fuerte riña con mi padre. La razón se me ha perdido entre nieblas, sólo recuerdo que le dolió cuando le aseguré que podía valerme sola.

Después de aquello, nos sentamos todos en el salón y organizaron una especie de cónclave familiar donde me dijeron que, ya que era tan autosuficiente, tenía que marcharme del piso; pensaban alquilarlo ellos, y, de hecho, insistieron en que esa vivienda no era únicamente mía, que también mi hermano la necesitaba.

Resulta inútil preguntarse dónde está el problema, si podría quedarme con este piso y mi hermano con el otro, donde viven ahora mis padres. Incluso han insinuado la posibilidad de vender ambos pisos, repartirnos los euros y así poder comprarnos cada uno algo nuestro.

Estoy totalmente en contra. ¿Para qué perder el tiempo con inmobiliarias, pagar impuestos, tasas de registro, si ya hay dos pisos dignos para vivir en ellos?

Me desconcierta aún más que mis padres estén dispuestos a echarme de casa solo por haberme declarado independiente.

Quizá se lo piensen mejor, se enfríen los ánimos y podamos reconciliarnos, aunque yo por el momento no quiero ceder y dar el primer paso. Su postura me parece absurda y mi hermano, siendo tan joven, tiende a darles la razón. Nos enfrentan, como en un laberinto onírico, para que alguna vez, en un futuro, acabemos enzarzados y terminemos vendiendo todo, como si nuestros recuerdos y paredes fuesen solo piezas en el ajedrez de nuestros padres.

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Echando a su mujer de casa, el marido se rió al decir que todo lo que había conseguido era un frigorífico antiguo. No sabía que su interior tenía un doble revestimiento.