Un día, mientras Lucas echaba la siesta en su cama, se dio cuenta de que su leopardo de peluche había desaparecido. Saltó de la cama como quien ve las noticias y recorrió el piso de arriba abajo buscando al pobre animal. Tras una inspección digna de Sherlock Holmes (pero sin lupa), Lucas llegó a la triste conclusión de que su compañero más fiel había hecho las maletas y se había ido de vacaciones sin avisar.
Estuvo de luto por su peluche durante semanas, hasta que el destino, o quizás el despiste, decidió intervenir: Lucas encontró al leopardo escondido en un rincón recóndito de su armario, como si estuviera esperando a que empezara el buen tiempo para salir. El reencuentro fue tan emotivo como una final de fútbol, y el gato (bueno, el peluche) y el niño retomaron su rutina a la velocidad del AVE, como si nunca hubieran estado separados.
Lucas bautizó al peluche como Ollie y, desde entonces, se lo lleva a todas partes como si tuviera pasaporte propio.
Estrella, probablemente refiriéndose a las habilidades de costura de su abuela, dice que se lo arregló.
La abuela de Lucas reparó el leopardo de peluche con una destreza y una paciencia digna de un taller de moda de Madrid. El peluche quedó tan impecable que parecía recién salido de una tienda del centro y Lucas, entre lágrimas de alegría, le agradeció infinitamente el arreglo.
Este momento dejó claro lo muchísimo que Lucas quiere y admira a su abuela, así como lo importantes que son las relaciones familiares en la vida, sobre todo si hay peluches de por medio.







