Crecí sin la presencia de mi padre. Nos dejó a mi madre y a mí cuando yo tenía nueve años. Nunca sentí su ausencia ni lo esperé, pues siempre discutía con mi madre y, en cierto modo, me alegraba de que finalmente se marchara. Mi madre me crió sola y, aunque solicitó una pensión alimenticia, sospecho que lo hizo más por deseo de vengarse de mi padre que por necesidad económica. Aquella pensión nunca fue segura. Mi padre, para evitar pagar más, jamás se empadronó en ninguna parte y trabajaba en negro.
Tuvo otra familia, compró un piso para su nueva esposa, pero nunca reconoció al hijo de ese matrimonio, para no repetir el error cometido conmigo. Así terminó convertido en poco más que un mendigo. El piso pasó a manos de su esposa, y él se volvió un desconocido para su hijo cuando empezó a beber y a no aportar nada al hogar. Finalmente, fue expulsado del piso que él mismo había comprado. Entonces vino a buscarme. Para entonces mi madre ya había fallecido y me había dejado un piso de dos habitaciones.
Vivía allí con mi esposo y mi hijo. Mi padre apareció justo cuando la relación con mi marido era frágil. Me dijo que si no lo acogía, me demandaría. Argumentaba que había pagado la pensión y que yo ahora debía recibirlo. Me dio pena y lo acepté, confiando en que cambiaría, que dejaría la bebida y sería un buen abuelo para mi hijo. Pero me equivoqué. No solo no dejó de beber, sino que además enseñó a mi esposo a beber también. Finalmente, los expulsé a ambos de casa y ni siquiera consideré solicitar pensión de alimentos. Mi hijo y yo vivimos con lo que yo puedo ganar y eso nos basta.







