A Inés no le quedaban recuerdos claros de sus padres. Cuando falleció su madre, su padre no quiso quedarse solo cuidando a la niña. La llevó a casa de su abuela, la dejó bajo el portón y se marchó. La abuela de Inés estaba en el huerto en aquel momento, así que solo escuchó el ruido del coche.
¿A quién habrá traído? pensó ella, y salió para mirar.
Al salir, la abuela de Inés vio a su nieta.
¡Qué cabeza la suya! Al menos podría haberme avisado, murmuró. Cogió a Inés de la mano y la metió en casa. Aquella noche, el abuelo regresó.
¿Qué ha pasado? ¿La ha traído Fernando?
Sí, la trajo. Dejó a la niña en la puerta y se fue en coche. Y fíjate, cómo son los jóvenes de hoy.
Refunfuñaron un buen rato hablando sobre el asunto y después se fueron a dormir. El tiempo pasó. Los abuelos volcaron todo su cariño y esfuerzo en su nieta.
La enseñaron a tratar a la gente con respeto y a ser una buena ama de casa. Inés fue creciendo y se convirtió en la gran ayuda de sus abuelos, que estaban encantados con ella, tan parecida a su madre, como dos gotas de agua. Y es que su madre también había sido siempre una gran ayuda para ellos antes de su muerte. Para aquellos dos ancianos, solo les quedaba el recuerdo de su hija.
Inés terminó la escuela. Un día, el abuelo sacó el tema:
Nuestra Inés es despierta e inteligente. Ojalá pudiéramos enviarle a estudiar a algún sitio.
Tienes razón dijo la abuela. Hoy en día, sin estudios no se llega a ninguna parte.
Los abuelos reunieron sus últimos ahorros y mandaron a su nieta a estudiar a Madrid. Inés terminó la carrera de Economía con matrícula de honor y luego volvió al pueblo.
No le gustaba vivir en la capital. Sus abuelos estaban más felices que nunca por tenerla de vuelta. No querían afrontar la vejez en soledad. Inés decidió impulsar su pueblo. Se dedicó a la agricultura. Pidió un préstamo, compró tierras y contrató a varias personas. Más adelante, levantó una granja y adquirió ganado. Sin embargo, aún necesitaba más manos, así que publicó un anuncio en el periódico local. Ofrecía un buen sueldo y alojamiento.
Un hombre se presentó a la entrevista. Iba sucio y descuidado; se notaba que la vida no había sido fácil para él. Se acercó a Inés y se identificó como su padre.
El hombre no le pidió nada a su hija, porque sabía que después de veinte años no tenía derecho alguno. Solo rogó por una cosa: poder estar cerca de ella. Se había quedado completamente solo, y pensaba que quizás, de algún modo, podría ayudarla en su día a día. Inés perdonó a su padre, aunque le llevó varios meses hacerlo. Desde entonces, él vive con su hija y la ayuda en todo, con el temor de quedarse de nuevo solo.
¿Crees que hizo bien Inés en perdonar a su padre?







