Mi mejor amiga tiene su propio salón de belleza, compra cosas si le gustan y ni se fija en el precio…

Una noche, soñé que mi amiga, llamada Jacinta Ortega, tenía un salón de belleza propio en el corazón de Madrid. En el sueño, Jacinta compraba todo lo que le gustaba: esmaltes, cremas perfumadas, vestidos o bufandas, sin mirar ni una sola vez el precio, pagando siempre en euros con un giro de muñeca, como si los billetes se multiplicasen en su bolso. Era tan generosa que si yo estaba con ella de compras, también me llenaba las manos de regalos y nunca aceptaba que le pagase por tratamientos en su salón. En ese mundo brumoso, yo quería devolverle el favor, así que cuidaba de sus hijas, llamadas Pilar y Herminia.

Las niñas eran hijas de su primer matrimonio. Jacinta no pudo soportar a su primer marido, un hombre avaricioso hasta el extremo, que ni siquiera permitía que sus hijas tuviesen una segunda pareja de medias. Finalmente, Jacinta lo dejó. En el sueño, también tuvo un segundo marido, celoso como la sombra de una estatua, hasta que lo abandonó, y un tercero, infiel y escurridizo, que la traicionó en el silencio de las noches. Jacinta siempre se divorciaba rápidamente, pues el piso estaba a su nombre; ningún juez podía arrancarle ni un azulejo.

La imagen ondulante de Jacinta siempre deseaba casarme, Hay que buscarte un buen marido, Ainhoa, repetía bajo luces de colores improbables. Pero, ¿quién me querría a mí? Una tarde, la ciudad se difuminó y conocí a un hombre. Era taxista: se llamaba Tomás Rodríguez. Tomás era muy amable; me llevó en su taxi durante una semana de colores derretidos. Después, me llevó a conocer a su madre.

Su madre, Esperanza, me sorprendió: un ser amable, envolviéndome en abrazos y pidiéndome desde el inicio casi surrealista que la llamase mamá. El sueño se volvía más extraño: Tomás tenía 34 años, y cada mañana su madre le enviaba mensajes, luego lo llamaba, y si algo la inquietaba, llegaba a su casa como una brisa que atraviesa muros. Un día, me llamó y preguntó: ¿Le das un beso al salir para trabajar? Asegúrate, eso es la clave de la felicidad familiar.

Todo se transformaba como en un cuadro de Dalí. Por mi cara cansada después del trabajo, de pronto Esperanza decidió que su hijo me hacía daño. ¡Voy a hablar con él! Poco después, como un fantasma cocinero, empezó a venir y prepararnos la cena. Pero no era solo por la comida, sino un motivo para instalarse con nosotros. Tomás nunca se opuso a su madre; parecía encantarle tener dos mujeres en la cocina, y yo me preguntaba si también querría dos en la cama.

Finalmente, en ese sueño de casas flotantes y calles que giraban, fui yo la que se marchó, dejando atrás el aroma de tortilla y el eco de voces.

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