Hace unos años, cuando aún era estudiante en la Universidad Complutense de Madrid, salía con un chico llamado Pablo. Él venía de una familia humilde y tampoco tenía ingresos fijos. Por esos mismos días, comenzó a mostrar interés por mí uno de mis compañeros de clase, Juan, hijo de unos padres muy adinerados. Yo, por mi parte, siempre había soñado con una vida bonita y feliz, y habiendo crecido en un hogar sin muchos recursos, el deseo de estabilidad y bienestar económico me perseguía constantemente.
Cuando Pablo me pidió matrimonio, no pude decirle que sí. En su lugar, acepté casarme con Juan. La verdad es que amaba a Pablo, pero elegí el dinero y la seguridad. Pensé que así lograría la tranquilidad que tanto ansiaba.
La realidad pronto me mostró que mi esposo no era una persona de familia. Juan, al haberlo tenido todo desde pequeño, no valoraba nada. Cuando sus padres le entregaron la gestión de la empresa familiar, no supo cómo manejarla y, al poco tiempo, el negocio terminó yendo a la quiebra. Durante años vivimos a costa del dinero de sus padres, sobreviviendo gracias a la generosidad de su familia.
Cuando la economía comenzó a resentirse y el dinero ya no llegaba tan fácilmente, le propuse que buscara trabajo. Pero una vez más me decepcionó al decirme que no pensaba trabajar para nadie, que aquello no era para él. Sinceramente, no sé cómo saldremos adelante en el futuro.
Hace poco me encontré con mi amiga Carmen. Charlando, me contó que Pablo, mi exnovio, se ha convertido en un empresario de éxito. Consiguió salir adelante y ahora le va realmente bien. Al escuchar aquello, me invadieron sentimientos muy extraños. Aún le quiero y me alegré mucho por él. Según me dijo Carmen, él sigue soltero. Así que todavía podría tener una oportunidad. Sin embargo, no sé si será posible. Han pasado muchos años, pero es ahora cuando por fin me doy cuenta de mi error.







