Hace muchos años, me llamaba Alejandro. Ahora tengo 65 años y estoy casado desde hace décadas. Mi esposa, Carmen, tiene 62. Tuvimos un hijo, José, que ya es adulto, casado y padre de dos hermosos nietos. Recuerdo que, tras el matrimonio de José, noté cómo Carmen y yo nos convertimos en extraños silenciosos, apenas compartíamos palabras más allá de lo cotidiano.
Al jubilarnos, soñaba con comprar una casita en un pueblo de Castilla, una vida sencilla entre olivos y campos de trigo. Carmen no estaba nada convencida, prefería la ciudad y sus comodidades. Conseguí convencerla tras mucho insistir, y aquel verano nos mudamos a una pequeña casa en las afueras de Segovia. Yo disfrutaba cada día, el aire fresco, el trabajo en el huerto, los paseos al atardecer. Carmen, sin embargo, prefería pasar el día en el salón, tumbada en el sofá, leyendo novelas o viendo programas de televisión. Se negaba rotundamente a ayudarme en el jardín, decía que no se encontraba bien. Así que acabé haciendo todo por mi cuenta.
Cuando llegó el otoño, regresamos a Madrid. Carmen se sintió aliviada de volver entre sus rutinas urbanas. Pero después de una semana, sentí que el pueblo me llamaba, así que empaqué mis cosas y volví a Segovia. Allí podía respirar, podía sentirme libre. Carmen se quedó en Madrid, y desde entonces apenas nos veíamos.
Fue en el pueblo donde conocí a Rosario. Ella tenía 60 años, viuda y de carácter tranquilamente alegre. Al principio Rosario era reservada, pero poco a poco fui ganando su confianza. Hoy compartimos muchos momentos juntos, paseamos bajo los nogales, charlamos hasta el anochecer. Mi corazón se llenó de sentimientos nuevos, tan inesperados en la vejez. Pienso en divorciarme de Carmen, pero me aterra imaginar la reacción de José, no quiero herirle ni romper la familia.
Carmen aún no sabe nada de esto. De momento, le digo que me ocupo de la casa y del jardín, mientras veo pasar los días con Rosario. No encuentro valor para confesar lo que siento, ni para tomar una decisión definitiva.
A veces me pregunto qué hacer, pero el eco de mis dudas resuena sin respuesta en los viejos muros de la casa.







