Siempre supe, y no solo lo sabía sino que lo sentía en lo más hondo, que era mucho menos acomodada que Fernando. Su sueldo era impresionante, y sus padres, don Gonzalo y doña Mercedes, eran personas de renombre y con una situación económica envidiable en Madrid. Sin embargo, nunca fue el dinero lo que me atrajo de Fernando. Él era, sin duda alguna, mi alma gemela.
Tras algo más de medio año juntos, Fernando me pidió que me casara con él. Según supe después, su madre no estaba en desacuerdo, solo pidió aplazar la boda un poco. Fernando, claro está, no quería esperar; ansiaba que perteneciera a su vida cuanto antes.
Apenas celebramos la boda, recibimos de regalo un piso. Nos lo regaló el padre de Fernando, y su madre se encargó de la reforma, poniendo especial esmero en escoger los papeles pintados y muebles modernos y de calidad para nosotros. Ya durante ese proceso, Fernando me preguntó si me importaría que la vivienda estuviera a su nombre, pues era condición que imponían sus padres. Me dolió, no lo niego, ese pequeño gesto de desconfianza, pero lo entendí. A fin de cuentas, yo no compré el piso, ¿por qué habría de estar a nombre de otra persona que no fuera Fernando?
Esto dejó tranquila a mi suegra, que empezó a tratarme con más soltura y cariño, sin ese temor de que fuera una cazafortunas tras los euros de la familia.
Pero todo estuvo a punto de romperse por culpa de mi padre. Me imagino cuánto pesaba en él el haber sufrido siempre las estrecheces de la vida, y cuánto deseaba que mi matrimonio cambiara en algo esa suerte…
Un día fue a casa de los padres de Fernando y montó todo un escándalo: les increpó que, siendo ya marido y mujer, yo no tuviera ninguna propiedad a mi nombre. Que eso no era digno en una familia honrada.
Aquella escena marcó de inmediato el trato hacia mí. Nos costó mucho calmar a mi padre, tanto como pedir perdón y suplicar que volvieran a confiar en mí. Menos mal que Fernando nunca dudó de quién era yo ni de mis intenciones: siempre supo que no era interesada ni tenía intención de aprovecharme. Si hubiera habido la menor sombra de duda, estoy segura de que no lo habría soportado y habría pedido el divorcio. Qué vergüenza me dio hablar luego con mi suegra, después de que ella, que ya me había creído sincera, fuera testigo del numerito de mi padre por el piso…
No sé cuánto tiempo tardarán mis padres en dejar de preocuparse por mí. El hecho de que provenga de una familia pobre no significa que no ame a Fernando o que solo me interesen sus bienes. Al final, entre las personas pesan mucho más el amor y los sentimientos que los pisos o los ceros en una cuenta corriente.






