Tengo 12 años. Mi madre grita porque, según ella, he arruinado la crema de arroz que justo se ha cortado, y me sacude por los hombros exigiendo que reconozca la culpa, ya que el día anterior le dije que me encanta la química.
A los 14, me enamoro de un compañero de clase. Los primeros sentimientos, ramos modestos y besos inocentes. Mi madre coge el teléfono y grita a los padres de mi amigo que no me dejen entrar en su casa, que no valgo para nada. Yo lloro desconsolada, él comienza a evitarme y de pronto comprendo la crueldad del mundo.
Llega la adultez. Mi madre impone condiciones sobre el colegio al que debo asistir. Mi deseo de ir a la universidad recibe solo silencio; luego, una bofetada.
Escapo a casa de mi abuela, quien me ayuda con unos euros de sus ahorros y me anima a estudiar. Esa misma noche, con una pequeña suma en el monedero y documentos que ocultamente he recogido, desaparezco de Madrid.
La universidad. Raras llamadas a casa. Me entero de que mi abuela está hospitalizada. La siguiente llamada trae un ultimátum: o dejo la universidad (en cuarto curso) y regreso, o mejor no vuelva jamás. Al preguntar por la salud de mi abuela, el ultimátum se repite.
El futuro marido trae a la abuela a nuestro enlace. Mi madre, al saber que no está invitada, me envía insultos y maldiciones. Queriendo acabar con esto, le digo que la conversación ha quedado grabada. Tras una pausa, añado que desde hace mucho no siento ni amor ni afecto por ella.







