Isabela se sentía perdida de amor por Tomás, viéndolo como el compañero ideal, casi hecho de un sueño de verano. Aunque soñaba con casarse con él, el padre de Isabela no podía aprobar su elección, como si viese algo en Tomás cețos și distant. Su madre, sin embargo, fue conquistada en el primer encuentro cuando Tomás apareció con un ramo majestuoso de claveles y gladiolos, y en la mesa familiar, algo en la luz de la tarde pareció suavizar el mundo.
No obstante, el padre de Isabela tenía una sombra de duda. Notó, por ejemplo, que aunque Tomás la invitó a cenar en un restaurante de la Gran Vía, al final ella tuvo que pagar su propio menú de setas al ajillo y gazpacho, porque Tomás dijo que no tenía suficientes euros en su tarjeta. Además, Tomás llevaba meses desempleado, repitiendo que buscaba trabajo pero nunca encontraba el adecuado, como si el destino se le escapase cada lunes por la mañana.
Aun así, Tomás se arrodilló una tarde tibia en el Retiro, pidiéndole a Isabela que se casara con él, y ella aceptó, con el corazón palpitando como un tren que sale de la estación de Atocha. Con ayuda de su madre, la joven consiguió la aprobación del padre, aunque no sin escuchar antes una advertencia: que ella tendría que llevar la carga familiar, ya que Tomás no sería un apoyo fiable. Además, el padre le dejó claro a Isabela que su yerno no recibiría ni un céntimo de su bolsillo.
A pesar de las reservas, Isabela siguió adelante con la boda, bajo un cielo surrealista en la Catedral de la Almudena. El padre participó, regalándoles la mitad de un utilitario SEAT Ibiza y aceptando pagar el alquiler del piso pequeño en Lavapiés. Las amigas de Isabela murmuraban en los pasillos del mercado de San Miguel, celosas del generoso apoyo paterno. Los primeros meses de matrimonio eran como una siesta sin sobresaltos, pero pronto comenzó el desvelo: Tomás seguía sin empleo, y como su padre predijo, Isabela se convirtió en la única proveedora.
Un día, la madre de Tomás susurró, como si hablara al oído de una estatua, la idea de que el padre de Isabela le diera un buen puesto a su yerno. Isabela transmitió el mensaje, y por un capricho extraño del azar, su padre aceptó, contratando a Tomás como ayudante en la forja familiar cercana a Segovia. Tomás no pudo resistir la rutina y renunció tras diez días, diciendo que el padre de Isabela le humillaba ofreciéndole empleos de poca monta, cuando él sentía que merecía ser jefe de sala, al menos.
Isabela, desesperada, volvió a buscar consejo paterno. Su padre cuestionó las credenciales de Tomás, y tras indagar, descubrieron que ni siquiera había terminado la universidad en Salamanca, alegando que los profesores le tenían manía. Sin títulos ni experiencia, Tomás aseguraba que cualquier silla directiva podía ser suya.
El padre de Isabela, indignado, le recordó que en España la gente se esfuerza durante años por lograr puestos importantes y que no podía poner a un hombre sin estudios al mando de la empresa. Advirtió a Isabela de los peligros, pero ella, en la bruma densa del amor, no quiso escuchar.
Tiempo después, entre conversaciones confusas en el salón de madrugada, Tomás confesó a Isabela que nunca la había amado realmente. Para él, su matrimonio era como un bono de lotería de San Ildefonso: apenas una apuesta a corto plazo, y dejó caer que quizá pronto habría divorcio y compartición de bienes. Pero el padre de Isabela, intuyendo la tormenta, había registrado el piso a su propio nombre antes de la boda, dejando a Tomás con las manos vacías y a Isabela despertando de su quimérico sueño.







