Mi abuela regresó de sus vacaciones y le trajo a mi hija Lucía un vestido precioso que compró en Florencia, Italia. Le explicó que ese vestido era especial, para días señalados y celebraciones importantes, y que no debía ponérselo a diario.
Sin embargo, para Lucía, en aquel momento no había ninguna fiesta a la vista. Únicamente estaba programada, como evento relevante, la actuación del coro infantil al que la llevábamos su madre y yo, animados sobre todo por su abuela, aunque a la niña no le entusiasmaban demasiado los ensayos, que le resultaban monótonos.
Mientras tanto, el vestido colgaba en el armario, radiante, y mi hija soñaba con ponérselo para sentirse como una princesa. De repente, comenzó a aplicarse de manera inusitada durante los ensayos, esforzándose más que nunca para que la directora del coro no la relegara del espectáculo. Cantaba en casa, cantaba en el colegio… Sus abuelos y nosotros ya nos sabíamos de memoria las canciones, pero Lucía no se conformaba: practicaba la entonación con esmero.
Por fin llegó el esperado día. Al sacar el vestido del armario, casi parecía que cobraba vida y abrazaba con delicadeza su figura infantil. Su madre le añadió un cinturón rosa palo con un lazo y sus rizos rubios parecían caídos a propósito, haciendo que Lucía se transformara, por fin, en una verdadera princesita o, al menos, así se quería sentir ella.
Al llegar al conservatorio donde sería el concierto, nos topamos de repente con la presentadora del acto. Nos comunicó que el coro debía ir ataviado de manera clásica: en blanco y negro, como siempre.
La niña estuvo a punto de echarse a llorar, imaginando que la iban a despojar de su maravilloso vestido para vestir la rígida combinación de blusa blanca y falda negra.
Pero, justo cuando la presentadora salió a escena para anunciar al coro, su madre abrazó y susurró al oído de Lucía: Pues ahora la abuela y yo te veremos desde el patio de butacas, y la empujó suavemente hacia los bastidores. Lucía, emocionada, no se colocó en su lugar acostumbrado el segundo fila, sino que fue a parar, sin darse cuenta, al centro de la primera fila. Era tarde para hacer intercambios: la orquesta comenzó a tocar los primeros compases y Lucía quedó así bien visible, en el lugar más destacado.
Resultó que aquel concierto era especial: estaba dedicado a unos patrocinadores italianos que estaban de visita. Naturalmente, de entre todo el fondo blanco y negro, destacaba mi pequeña artista, con su vestido italiano. Los patrocinadores felicitaron expresamente la interpretación de Lucía.
La presentadora y la dirección del conservatorio fingieron que todo estaba planeado, presentaron a Lucía a los invitados y ella recibió de su parte regalos y una invitación para viajar a Italia.
Mi hija estaba en las nubes. Aquel vestido fantástico había obrado un milagro: ahora podría ir de verdad al país del que su vestido vino, y actuar en una gran sala de conciertos, ante la presencia de multitud de artistas.
Desde aquel inolvidable concierto, Lucía comenzó a disfrutar de verdad al cantar. No tardó mucho en quedarse pequeña esa prenda de fiesta, pero nunca permitió que nadie más la usara; de vez en cuando la saca del armario, acaricia las suaves ondas de las faldas y sonríe recordando aquel día en que, por fin, se sintió una princesa. Hoy comprendo que la verdadera magia está en atreverse a ser uno mismo, incluso cuando las reglas parecen decir lo contrario.






