No puedo evitar juzgar a mi hija de veinte años por lo que hizo a su familia y a su hija. Desde los …

No puedo evitar juzgar a mi hija, Lucía, de veinte años, por lo que hizo a su familia y a su hija. Con Daniel salía desde los quince; no podía esperar a cumplir los dieciocho para casarse con él. Nada más casarse, se mudaron a un piso de alquiler en Salamanca, felices y convencidos de que serían los reyes del mambo viviendo por su cuenta. Al principio vivían con lo justo, porque ambos empezaban la universidad y completaban el presupuesto con trabajos de camareros y dependientes de tienda, pero después Daniel consiguió un puesto como asistente en una inmobiliaria y empezó a ganar bastante más dinero. Ese mismo año supieron que venía un bebé en camino.

Lucía iba pregonando a los cuatro vientos que pronto sería una madre joven y fabulosa, que nadie estaría a su altura. El dinero alcanzó para apañar la habitación de la niña, que si cuna, que si carrito, que si biberones y cositas varias compradas con bastante antelación. Lucía iba a las clases de preparación al parto, comía de todo y en abundancia no se privaba de nada, la verdad y Daniel la mimaba como si fuera la reina de Castilla. Sin embargo, tenía un miedo atroz al parto y aún más a la responsabilidad de ser madre. Solo a mí me confesaba sus temores, por no parecer débil ni delante de Daniel ni de mi consuegra, y yo hacía de psicóloga gratuita, animándola día sí y día también y repitiéndole que podría con todo. Pero al final, no pudo.

El parto fue lo más duro que ha vivido. Lloró, sufrió y pasó veinticuatro horas sin poder dar a luz, y después pasó una semana entera en el hospital con la bebé. Cuando salió, de repente le dio la niña a Daniel y dijo que no estaba preparada para ser madre. Así, sin más, entregó la criatura a su marido y a la suegra, y se volvió a casa conmigo y con su padre.

Al principio hicimos lo imposible por hacerla entrar en razón, pero no hubo manera. Daniel vino a suplicarle como el protagonista de una telenovela que fuera la madre que su hija merecía, que tendrían ayuda de sus padres… Todo lo que yo veía de mi nieta era gracias a mi yerno. Y así estuvimos más de medio año, hasta que a Lucía le cayó la ficha: se dio cuenta de su error, añoraba a Daniel y a la niña, y decidió volver.

Daniel y su madre la aceptaron de inmediato, pero el ambiente es más frío que un gazpacho en enero. Lucía dice que nota cómo la familia de su marido la mira de reojo por haber dejado de pensar en su hija aquellos meses, y ahora, de repente, intenta pillar el rol de madre ejemplar como si esos siete meses no contaran. Y, francamente, los entiendo. Yo tampoco puedo decir que no estoy enfadada con Lucía, y me paso el día rezando por si acaso para que ella y Daniel vuelvan a entenderse y superen ese recelo. Pero, ¿será posible? Es que lo que hizo fue tremendo, irse así…

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