Antes de casarme con mi marido, Álvaro, tenía una relación bastante cordial con sus padres. No era perfecta, pero sí bastante cálida. Como Álvaro vivía con ellos por aquel entonces, solía hablar a menudo con su madre y con su padre cada vez que iba a su casa. Había pequeñas diferencias, como sobre qué ver en la tele, pero siempre procuraba no entrar en conflictos grandes, incluso muchas veces me ponía de parte de mi suegra para evitar líos. Todo fue bien… hasta el día de nuestra boda.
Después de la celebración, fuimos a casa de mis suegros, y ahí empezaron a agobiarme con comida, insistiendo en que tenía que comer más para estar más fuerte. Al principio, lo tomé como una broma, pero con el tiempo sus comentarios se volvieron más insistentes y cada vez iban subiendo de tono. Un mes después, mi suegra soltó que estaba más rellenita, aunque no había cogido ni un gramo. Y, cosa curiosa, semanas después descubrí que estaba embarazada, y la verdad es que me hizo mucha ilusión. Compartí la noticia con Álvaro, pero le pedí que no dijera nada a sus padres para dársela como sorpresa más adelante. Justo por esa época, nos mudamos a nuestro piso nuevo.
A medida que avanzaba el embarazo, sus padres empezaron a venir mucho más a menudo, preocupándose supuestamente por mi salud. Sospeché que Álvaro había contado nuestro secreto, pero él me aseguró que simplemente se preocupaban por su nuera y que no tenía nada de raro. Aun así, cuando finalmente les contamos la noticia, mi vida dio un giro total.
Mi suegro empezó a presionarme aún más con la comida y me decía a todas horas que dejara el trabajo para que no me cansase. Mientras tanto, mi suegra no podía quitarme las manos de la barriga, repitiendo cada poco que la veía crecer. Pasaron de venir de vez en cuando a aparecer varias veces al día, llenándome de preguntas sobre cómo me encontraba. Poco a poco me di cuenta de que me veían más como un recipiente, como si solo sirviera para traerles un nieto. Lo que yo necesitaba o quería no parecía importar mucho. De repente, todo cuadraba y me di cuenta de que desde el principio su objetivo era engordarme.
Al final, le conté a Álvaro lo mal que lo estaba pasando, pero por desgracia él no veía el problema, me decía que eran cosas mías y que no le daba importancia. Como vi que nadie me entendía ni me apoyaba, decidí que tenía que hacer algo yo misma. Así que esa noche empaqué nuestras cosas, y le pedí a Álvaro que cambiara la cerradura, por si acaso. Reservé unos billetes para irnos de viaje, y al día siguiente nos marchamos, buscando un poco de paz y claridad, que era justo lo que necesitaba en ese momento.







