“Si no os gusta, se lo damos a otros”. Los familiares adinerados se marcharon de la boda y se llevaron el regalo

Todos tenemos parientes. Si la familia es grande, siempre hay entre ellos personas bastante adineradas, que normalmente no suelen ser del agrado de los demás y despiertan cierta envidia por su fortuna. Sin embargo, nunca falta ocasión para invitar precisamente a estos familiares a las celebraciones, con la esperanza de recibir un obsequio caro de su parte. En mi familia no era diferente. Recuerdo un caso concreto que sucedió hace ya unos años, en una boda a la que asistí. Era la boda del nieto de mi primo tercero. Allí se habían invitado a esos parientes ricos por parte de la novia y su familia. Eran unos parientes muy lejanos.

Muchos tienden a pensar: Vamos a invitar a los familiares pudientes, seguro que el regalo será bueno y, por supuesto, costoso. Más aún si se trata de una boda. El evento cobraba vida, la casa repleta de invitados, la novia y el novio radiantes de felicidad. Los parientes adinerados, un matrimonio, se retrasaron y entraron precisamente en el momento en el que se repartían los regalos.

La señora que tenía sentada a mi lado me comentó en voz baja: Ahora verás lo que va a pasar. Seguro que la madre del novio no quedará nada satisfecha con el regalo, y los recién casados todavía menos.

Me sorprendieron sus palabras: ¿Por qué? ¿Acaso importa tanto el tipo de regalo?

Y así llegó el turno de los parientes ricos. Sacaron un sobre y se lo entregaron al maestro de ceremonias. Cuando este lo abrió, la sala entera quedó en silencio. Sentí curiosidad ¿Serían las llaves de un piso, un coche, un viaje al extranjero o una suma considerable de euros? El maestro de ceremonias se acercó y me susurró lo que había en el sobre. La madre del novio se apresuró a contar el dinero y miró a los familiares ricos con un gesto de incredulidad en la cara.

¿Y esto es todo? Os hemos invitado a la boda. Tenéis un coche de lujo y chófer propio. Y venís y entregáis un regalo propio de mendigos.

Los parientes, sin mediar palabra, recogieron el sobre y dijeron:

Si no os gusta nuestro regalo, dádelo a quien queráis. Y, sin más, se marcharon de la boda.

Aquello fue digno de ver. Todo el mundo rompió a reír, yo incluida.

Después supe que a estos familiares siempre se les invitaba a bodas y cumpleaños tan solo por el afán de obtener un regalo caro. ¿Y cuánto fue aquella famosa suma con la que obsequiaron a los novios y luego retiraron? Era suficiente para pagarse una semana de vacaciones con alojamiento en un buen hotel. Personalmente, a mí me parecería un regalo estupendo, tratándose además de parientes tan lejanos. Pero, por algún motivo, la madre del novio pensó que era un presente propio de personas sin recursos.

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