Hoy me he puesto a reflexionar sobre mi querida amiga Blanca. Posee una peluquería pequeña en pleno centro de Madrid y es de esas personas que desprenden generosidad e inteligencia por cada poro. Siempre se las ingenia para sorprender a sus amigas con detalles y jamás nos deja pagar por sus servicios, algo que aprecio mucho. Quise corresponderle de alguna manera, así que empecé a ayudarla con el cuidado de sus hijas, nacidas de su primer matrimonio.
La historia de sus relaciones siempre me ha parecido de película. Dejó a su primer marido porque la avaricia de él llegaba al punto de regatear hasta con las cosas más básicas para las niñas. Después, su segundo matrimonio acabó por culpa de los celos enfermizos de su esposo. Y, cómo no, el tercero fracasó por una infidelidad que ella olió casi antes de descubrirla. Eso sí, la rapidez de sus divorcios le permitió quedarse con su piso en Chamartín, y no tuvo que compartirlo con nadie, lo cual ha agradecido siempre.
A pesar de sus intentos por encontrarme pareja, sus compromisos laborales complicaban ese objetivo. Hasta que un día, casi por azar, conoció a un hombre llamado Javier. Lo conoció en uno de esos trayectos de vuelta a casa: él era taxista y tenía unos ojos verdes realmente cautivadores. Aunque en un principio ella dudaba de si era su tipo, al final congeniaron muy bien. Una semana después, Javier le presentó a su madre, a la que llamaba cariñosamente mamá Encarna. Al principio parecía una señora simpática, pero pronto ese cariño se tornó en exceso.
Lo curioso es que, a pesar de que Javier tiene 34 años, su madre no para de llamarle, lo visita a todas horas y se mete sin pudor en su relación. Una vez incluso preguntó a Blanca si se daban un beso antes de salir hacia el trabajo y recalcó que eso era clave para una familia feliz. Se entrometía continuamente, tratando de resolver hasta el moretón más mínimo en la vida de los dos, lo que terminó haciendo la convivencia realmente insoportable. A veces, la señora volvía a la casa después de trabajar para hacer la cena y aprovechaba cualquier excusa para quedarse y dormir allí. Javier, encantado de tener la atención de ambas mujeres en la cocina y en el dormitorio, nunca separaba lazos con su madre.
Cada vez que Blanca me contaba alguna de estas historias, me preguntaba cómo habría sido capaz de aguantar tanto. Pero finalmente decidió cortar de raíz la relación, y así liberarse del asfixiante control de aquella suegra que nunca supo guardar las distancias.
Madrid, mayo de 2023.







