Al cumplir treinta años, conseguí comprarme un piso de dos habitaciones en Madrid. Vivo sola y, hasta ahora, no he encontrado ni marido ni esposa potencial. ¿Sabéis, en mi opinión, cuál es el motivo de mis dificultades en la vida amorosa? Pues ni más ni menos que tener piso propio. En estos tiempos, ser una mujer independiente y femenina a la vez está más complicado que armar un mueble de Ikea sin instrucciones.
Clasificaría a todos mis pretendientes en dos categorías principales:
1. ¿Tienes tu propio piso? ¡Fenomenal! Vámonos juntos y así no tengo que preocuparme de nada. Así, tan pancho. Este tipo de hombre no quiere complicaciones, está dispuesto a instalarse en lo que ya está hecho. Que yo tenga mi propio hogar se ve como un bonus, y está encantado con formar familia conmigo y tener hijos siempre que no haya que cambiar nada sustancial en su rutina. Desde luego, carrera profesional ni se plantea, ganar más dinero tampoco, que eso ya lo tengo yo arreglado. ¿Coche? ¿Para qué? Si tengo yo uno, sirve para los dos y aquí paz y después gloria. Lo de superarse no entra en sus planes, total, el panorama ya está montado.
Cuando hablo con estos hombres, tengo la sensación de que serían mejores como hijos que como esposos. Hay que alimentarlos, consentirlos, mantenerlos y, encima, no dejar que se escapen. Sinceramente, antes prefiero tener un buen gato y todo el tiempo del mundo para mis hobbies.
2. ¿Tienes tu propio piso? Pues mira, prefiero quedarme en casa de mis padres, o nos vamos al pueblo, o incluso, vendemos el piso y compramos otro a medias. La última “oferta” es la que más gracia me hace. Tanto trabajar para tener una casa propia y proponen venderla para volverme una hipotecada de por vida. Porque, claro, la hipoteca la pagaría yo, que como tengo buen sueldo, no hay problema, él ayudaría “en la medida de lo posible”. Y si me tomo una baja de maternidad, pues nada, que espere a que terminemos de pagar la hipoteca y si para entonces ya estoy más cerca del bastón que del chupete, tampoco pasa nada. Lo importante es no molestarle con problemas, para que él siga su vida tranquila y sin sobresaltos.
Cada vez pienso más que sería más sencillo adoptar a un niño del orfanato que encontrar un hombre que no le tenga alergia a las responsabilidades. Da la impresión de que, aunque me case, voy a tener que seguir llevándolo todo yo sola: sustento, problemas y hasta el cariño. Entonces, ¿para qué me hace falta tener pareja?
Ahora mismo, soy la reina de mi casa y de mi vida. Tengo una buena reforma hecha, espacio de sobra para mí y mis pasatiempos. A veces echo de menos tener una familia, alguien a quien querer de verdad, pero las situaciones que me toca vivir siempre acaban por espantar la idea. Voy a contar una que me pasó hace poco:
Me enamoré de un chico al que conocía, y parecía que era recíproco. Una noche, vimos una peli en mi casa y nos entró antojo de pizza. Pensé que, por lo menos, él podría encargarse de ese detalle. Pues sí fue hasta el ascensor a recoger la pizza del repartidor y la pagó aunque con el dinero que me había pedido a mí, ni corto ni perezoso. Y ahí se acabó la saga: ni conversación ni chispa ni nada más.
Quizá la culpa la tenga yo. Mis amigas me dicen que jamás debí ofrecerme a pagar la pizza. Pero tenía curiosidad por ver si aceptaría el dinero o lo rechazaría. Para mí, el importe realmente no era nada del otro mundo. Pero claro, no se trata del dineroEsa noche, mientras recogía las cajas vacías de la pizza y pensaba en lo surrealista de la situación, me miré al espejo del pasillo. Ahí estaba yo: despeinada, en pijama de ositos, con la cuenta bancaria intacta y el corazón libre de decepciones. No sentí tristeza, ni enfado. Sentí alivio. Como si, por fin, se me hubieran caído de un plumazo las expectativas que durante años colgué en la perchita de cuando tenga pareja.
Quizá mi piso esté demasiado silencioso por las mañanas y los domingos a veces se me haga grande. Pero también es mi refugio, mi trofeo y mi pequeño universo donde cada mueble, cada planta y cada foto cuentan mi historia. También he aprendido a celebrar los pequeños lujos de la independencia: bailar en el salón sin que nadie mire raro, guardar chocolate para después sin temor a que desaparezca, o planear viajes espontáneos solo porque sí.
Un día, mientras regaba las plantas del balcón, vi pasar una pareja discutiendo porque él había perdido las llaves y ella no quería llamar a su madre. Me reí con ganas y, por primera vez, comprendí que mi felicidad no depende de compartir piso, sueldo ni sofá con nadie. Si algún día aparece alguien con quien sume y no reste, que venga. Pero que sepa que aquí no hay plazas para inquilinos pasivos ni huéspedes de paso: esta casa es para valientes.
Mientras tanto, seguiré siendo la jefa absoluta de mi hogar, bailando descalza y pidiendo pizza cuando me apetezca aunque ahora la pago yo, y ni pregunto. Porque ser mujer independiente no es un defecto, ni un obstáculo: es el mejor estado civil que he tenido nunca.







