Recuerdo aquellos tiempos lejanos en los que la vida de Elena cambió para zawsze. Tras un parto complicado en el hospital de Salamanca, los médicos le comunicaron que no podría tener más hijos. Cuando su esposo, Andrés, se enteró, se volvió distante y frío, casi como si de repente su hogar se llenara de invierno. Pasaron así seis meses entre silencios prolongados y miradas perdidas. Pero no solo se apartó de ella, sino que mantenía un romance oculto en Valladolid, y su amante, Blanca, esperaba gemelos. Sin dudarlo, Andrés abandonó a Elena y a su pequeña hija, Marina, dejándolas solas frente a un futuro incierto.
Elena, con todo el temple castellano que la caracterizaba, se dedicó en cuerpo y alma a criar y educar a Marina. Cuando era niña, la pequeña asistía a actividades de todo tipo. Marina creció, siempre despierta y con una curiosidad insaciable. Desde sus primeros años le fascinaba jugar con muñecas, organizándolas en círculo y haciendo de maestra. Elena, a veces bajo la luz suave de un atardecer en la plaza Mayor, sentía que no podía quererla más.
Marina se llevaba de maravilla con sus compañeros del colegio, siempre liderando el grupo con simpatía y gracia. Más tarde, empezó una relación con un muchacho un tanto peculiar. Todo lo que hacían juntos era asistir a ferias de pueblo y quedadas juveniles llenas de música y alegría. Marina tocaba la batería y su novio, Sergio, era guitarrista. Pronto formaron una banda que empezó a dar conciertos en pequeñas ciudades castellanoleonesas, y lograron cierto éxito local. Vivían sin preocupaciones, casi como si fueran dos golondrinas disfrutando del verano. Los años pasaron y Elena, cada día más inquieta por el destino de su hija, anhelaba con ilusión la llegada de nietos. Marina contaba ya veintinueve primaveras.
Hija, ya va siendo hora de que pienses en formar una familia, le dijo una tarde al calor del brasero, con voz suave.
Mamá, ¿quieres que sea como la tía Lucía? Tuvo cuatro hijos y no ve nada más allá de ellos. ¿Eso te parece vida? Se pasa los días en casa, cocinando, limpiando y jugando con los niños.
No tienes por qué ser como la tía Lucía, basta con un hijo, y ya está.
Mamá, tienes que aceptarlo. No queremos tener hijos. Y si en algún momento cambiamos de idea, podríamos adoptar un niño del hospicio.
Pero es mucho mejor tener uno propio. Piénsalo despacio insistió Elena, mirando a su hija con esperanza.
No quiero volver a hablar de esto, mamá.
Finalmente, Marina decidió sincerarse del todo con su madre. Quizá, pensaba, el tiempo lograría cambiar el curso de esas aguas y calmar el deseo interminable de Elena.





