Alina siempre fue la hija perfecta ante los ojos de los vecinos y amigas de su madre: excelente estu…

Lucía siempre fue la hija perfecta a ojos de los vecinos y de las amigas de su madre. Era una estudiante ejemplar, asistía al conservatorio de música y participaba en todas las olimpiadas escolares. Su madre repetía constantemente que Lucía era su mayor orgullo. Insistía en que su hija era sobresaliente en todo. Nadie dudaba: Lucía era modélica, ni siquiera se relacionaba con los alumnos menos aplicados. En realidad, Lucía no tenía relación con nadie. En la ciudad solo se la veía con su violín camino del conservatorio o con la mochila yendo al colegio. Al salir de clase, se apresuraba en regresar a casa.

Los vecinos no dejaban de asombrarse: Lucía, aun de pequeña, nunca hacía ruido. Jamás lloraba y nunca se comportaba mal. Todos envidiaban a su madre. Tras terminar la universidad, Lucía empaquetó sus pertenencias y se fue a otra ciudad, dejando una carta a su madre. Más tarde escribió diciendo que le habían ofrecido un trabajo prestigioso al que sería absurdo renunciar. Su madre la llamaba con frecuencia. Le decía cuánto la echaba de menos y que deseaba verla. Lucía, sin embargo, deseaba decirle a su madre que la odiaba y que no quería volver a verla jamás. Pero al escuchar a su madre, Lucía esquivaba el tema, respondiendo que tenía demasiado trabajo y ni siquiera tiempo para comer en condiciones. Nadie sabía realmente en qué estado estaba Lucía mientras hacía el equipaje:

Entre lágrimas, metía todo al azar en la maleta. Nadie percibía otra cosa que la imagen de perfección, sin poder imaginar el dolor que sentía arrodillada sobre arroz durante minutos por llegar cinco minutos tarde, o cuando recibía una bofetada por escribir mal; siempre igual. O tenía que oír a su madre decir: mejor hubiera sido ahogarte en la cuna. Su padre las abandonó cuando Lucía apenas tenía dos años. Todas las paredes de su piso eran blancas y, ante la mínima mancha, su madre estallaba contra Lucía, golpeándola sin piedad.

La niña soportaba todo en silencio.

En el último curso en la universidad, el profesor de psicología propuso a la clase de Lucía dibujar como un niño: sin preocuparse por el acabado, como lo haría un niño, imperfecto y sincero. Sin saber por qué, Lucía estalló en lágrimas durante el ejercicio. De niña, hasta dibujar con lápiz le aterraba; sabía que hasta el sonido le parecía intolerable a su madre. En casa debía reinar el silencio absoluto.

Justo al día siguiente de recoger su título, Lucía metió sus cosas y se marchó a una ciudad desconocida y lejana. Al principio le costó, no conocía a nadie, pero estaba segura de que viviría mejor que en su antiguo hogar. Ahora, Lucía está tranquila, y aunque lleva una vida más feliz, tiene claro que no quiere mantener ninguna relación con su madre.

Así aprendió que la verdadera paz no siempre está en complacer a los demás ni en mantener apariencias, sino en escucharse a uno mismo y buscar el propio bienestar. La vida enseña, a veces por caminos duros, que uno debe priorizar su propia felicidad y aprender a sanar lejos de quien le hizo daño.

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