Lucía llevaba años mirando de reojo a Alejandro, desde que coincidían en el instituto de Madrid. Nunca le importó que él tuviera novia y, cuando terminaron, Lucía no dudó en lanzarse sobre la ocasión. Siempre aparecía en su camino: en los pasillos, en la cafetería, incluso en fiestas familiares. Tanto insistió, que Alejandro empezó al fin a fijarse en ella.
A veces, Alejandro confesaba que no tenía claro si estaba enamorado. Decía que simplemente se sentían cómodos juntos, que le hacía bien su compañía. Recuerdo que le aconsejé dejarlo estar si no sentía pasión verdadera, pero nunca me hizo caso. Al cabo de tres meses, durante la cena de Nochebuena en casa de nuestros padres, nos sorprende con una noticia surrealista: planea casarse con Lucía.
La rapidez del anuncio y su rostro confundido hacían sospechar que algo se escondía tras este compromiso repentino.
Es que ella espera un bebé explicó mi hermano. Lucía me suplicó que nos casásemos; sin boda no podría mirar a la cara a sus padres. Es la señal: nuestro destino es estar juntos. Me quiere de verdad, quiere que formemos una familia.
Nunca me terminaron de convencer esas coincidencias tan felices para Lucía, pero preferí callar, igual que no intenté quitarle la idea a mi hermano. Ya era adulto, libre para equivocarse.
Comenté la situación con mi madre mientras preparábamos mantecados en la cocina: nos parecía increíble que todo hubiera ido tan deprisa y que ya esperasen un niño. Pero ella estaba ilusionada por la perspectiva de un nuevo nieto y una nuera. Hasta bromeaba diciendo que solo tenía un hijo y que, para tener otro más, ahora solo faltaba que tú te cases, hija. Charlábamos sobre eso, sorbiendo el té recién hecho, cuando sonó el teléfono. Era Alejandro. Se le notaba iracundo.
Se fue a celebrar el compromiso con sus amigas comenzó. Quería presumir, repartir invitaciones para la boda y acabó tan borracha que una de ellas me llamó para que viniera a recogerla.
¿Borracha? mi madre no daba crédito. ¡Pero si no puede!
Eso mismo pensé afirmó mi hermano, agotado. Le pregunté a su amiga cómo la dejaron beber si podía perder el niño. Y todas, en vez de preocuparse, se partieron de risa. No hay embarazo: Lucía lo inventó para que me apresurara a pedirle matrimonio.
Me mordí los labios para no decir que siempre noté que era poco de fiar. Mi madre, sin embargo, quedó alterada.
¿Y ahora qué va a hacer? preguntó con irritación contenida.
Supongo que, después de casarnos, habría dicho que perdió al bebé, o quizá se apresuraría a quedarse embarazada de verdad no lo sé se le quebraba la voz a Alejandro. Pero ya no tengo que casarme con ella, ¿no?
Nos llamó porque necesitaba saber que le apoyábamos. Nunca quiso lo suficiente a Lucía como para casarse; mucho menos, para ser padre aún. Solo por cumplir con su honor y el de la familia de Lucía había aceptado el compromiso.
Por supuesto que no tienes que hacerlo. Llama a Lucía y díselo claro, que ya sabes la verdad apunté yo.
Si ha mentido con esto, es que mentiría con cualquier cosa comentó mi madre con desilusión. Parecía una muchacha tan encantadora…







