Sin remordimientos, envió a su madre a una residencia de ancianos para quedarse con el piso para él.

El coche avanzaba suavemente por una carretera resbaladiza, y Amparo se perdía en la contemplación de la espesura que brotaba al borde del camino, como un mar verde ondulante. Dentro del coche, su hijo Javier conducía, mientras que su nuera, Maite, estaba sentada a su lado, girando de vez en cuando la cabeza hacia el retrovisor como si midiera la distancia con la sombra de un recuerdo. Las ideas se agolpaban en la mente de Amparo, flotando, como pétalos en una corriente invisible: ¿cómo podía su propio hijo querer enviarla a una residencia de mayores? ¿En qué había fallado ella, al criarlo? Tal vez no le quiso lo suficiente, aunque siempre lo había dado todo y luchado por regalarle una infancia feliz. Pero Javier siempre tuvo un mundo propio, hecho de opiniones imposibles de doblar.

Una mañana, llegó con una bolsa repleta de cosas extrañas: unos calcetines, una radio vieja, un libro. Amparo estaba en la cocina, saboreando un té y mordisqueando una magdalena española, mientras el sol entraba por la ventana y pintaba las baldosas de un color dorado. Javier apareció con paso decidido, dejó la bolsa en el suelo con un golpe seco y dijo, sonriendo con esa sonrisa que parecía de otro:

Bueno, mamá, prepárate para el centro. Te vas, allí estarás muchísimo mejor.
¿Qué centro, Javier? ¿Qué quieres decir?

La residencia. Ya he pagado seis meses de estancia en euros, pronto pagaré el resto. La habitación es estupenda, sólo para ti, sin compañera de cuarto. Y los médicos de allí son maravillosos: te dan masajes, te cuidan, te toman la tensión a cada rato. La comida te la sirven cinco veces al día, madre, es como estar en el cielo de los mayores.

Pero Javier, yo no quiero ir a una residencia. Quiero estar contigo, con mi familia, y morir en mi casa.
No te inventes excusas. Maite y yo lo hemos pensado todo, hemos decidido y ya está pagado. Así que no seas niña, vístete, vamos a desayunar.

A la pobre madre le dolía el corazón y una lágrima cruzó su rostro arrugado como un río solitario. Recordaba que cuando Javier era pequeño y se raspaba la rodilla, se acurrucaba en su regazo, llorando, y decía: Mamá, nunca te dejaré. Sus ojos verde claro se clavaban en los marrones de ella, y el corazón de Amparo latía tan fuerte que parecía bailar, porque creía que su hijo sería su refugio. Y de alguna manera, así fue.

Hasta que, de repente, el niño de ojos verdes y corazón tierno se transformó en el Javier sin alma, que, sin remordimientos, la enviaba a un lugar llamado residencia.

Mientras el coche seguía su lento rumbo por carreteras entrelazadas como sueños, sus recuerdos de aquel primer encuentro con el padre de Javier brotaban, flotando como burbujas. Recordaba el flechazo en la fiesta de San Isidro, la promesa de construir juntos una casita con patio y llenar de hijos sus habitaciones. Y cómo él, su primer amor, se fue de este mundo cuando ella estaba de seis meses, dejando su perfume impregnado en las cortinas.

¿Esposo mío, quién me ha dejado? ¿Quién? Las palabras y los ecos de su amor perdido se hacían cada vez más densos en su cabeza, hasta ahogar su garganta en lágrimas saladas de dolor y nostalgia.

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El Nido de la Golondrina