Tenía apenas 22 años cuando me quedé sola, sin marido y con mi pequeño Mateo en brazos. Mi hijo tenía solo dos añitos entonces. Mi esposo se marchó porque se cansó de las preocupaciones constantes: había que ganar dinero y gastarlo en la familia.
Pero a él no le gustaba aquello. Claro, ¿para qué gastar el dinero en la familia, si es mucho mejor gastarlo en uno mismo y en la amante? No importa el tipo de marido que fuera, porque para mí, sinceramente, me resultó más fácil. Cuando se fue, todo recayó sobre mis hombros. Llevé a Mateo a la guardería y yo misma me puse a trabajar. Recuerdo que, a veces, llegaba tan agotada a casa que ni sentía las piernas, pero mi hogar siempre estaba ordenado, la comida hecha y el niño bien alimentado y limpio.
Mi madre siempre me inculcó esa disciplina y fortaleza, y, la verdad, nuestra generación era más resistente. Reconozco que he consentido un poco a mi hijo. Con 27 años, Mateo no sabe ni siquiera cómo freír unas patatas. Pero hace poco se casó y pensé que, al fin, había encontrado a una buena esposa, que ella se encargaría de este niño malcriado y yo podría dedicarme a mis propios hobbies, quizá buscar otro trabajo, en definitiva, vivir tranquila.
Sin embargo, un día Mateo me dijo que él y su esposa, Clara, iban a quedarse una temporada en mi casa. No me hizo especial ilusión, la verdad, pero acepté, qué remedio. Pensé que ella cocinaría para su marido, lavaría su ropa, y que yo solo tendría que tener paciencia un tiempo. Pero nada más lejos de la realidad. Clara resultó ser un personaje de cuidado. No recogía la mesa, no fregaba un plato, no lavaba ropa, ni suya ni de Mateo, y ni siquiera barría la habitación: no hacía absolutamente nada.
Durante tres meses cuidé de tres personas. ¿Realmente necesitaba eso? ¿Y qué hacía mi nuera mientras tanto? Como Mateo decidió que él sería el único que trabajaría para mantenerlos, Clara no buscó empleo ni se ocupó de nada. Desde la mañana hasta la noche, mientras Mateo estaba en la oficina, ella salía por Madrid con sus amigas o se pasaba horas al móvil. Y yo trabajando también. Cuando regresaba a casa, me encontraba con todo patas arriba, el frigorífico vacío y nada de comida hecha. Tenía que ir al supermercado, hacer la compra, cocinar y, después, fregar todos los platos. Clara no daba ni una mínima muestra de vergüenza.
A veces era tan descarada que venía a la cocina justo cuando yo estaba fregando los platos y me traía un cacharro que tenía guardado en su habitación durante días. Se le había olvidado, y aquel plato ya tenía hasta mosquitos y vaya a saber qué más dentro. Una vez, al volver a repetirse la escena, le dije directamente que, si tuviera un poco de conciencia, lavaría los platos al menos una vez.
¿Y qué pasó? ¿Pidió disculpas o cambió en algo? No, al día siguiente, muy enfadados, ella y Mateo hicieron las maletas y se marcharon a alquilar un piso. Mi hijo todavía me dejó caer que yo solo quería destruir su familia. ¿Por qué? ¿Por pedirle a su mujer que fregara aunque fuera un vaso? Pues mira, gracias a Dios, ahora podré vivir tranquila y limpia, sin andar recogiendo tras nadie. Estos jóvenes de ahora, de verdad, son unos inutiles consentidos.
Hoy he aprendido que, por mucho que quieras ayudar, al final cada cual tiene que aprender sus responsabilidades. Y, a veces, lo mejor es dejar que cada uno viva y aprenda a su manera.







