Tengo 41 años y llevo casada con mi marido desde que tenía 22. Hace dos meses empecé a pensar algo que nunca antes me había atrevido a pronunciar en voz alta: creo que nunca me he enamorado de él de la manera en que la gente describe el amor.

Tengo 41 años y llevo casada con mi marido desde que tenía 22. Hace un par de meses empecé a darme cuenta de algo que nunca me había atrevido a decir en alto: creo que jamás me he enamorado de él como la gente suele describir el amor. Fue una noche cualquiera, estaba en el salón viendo la tele y, de repente, me pregunté por qué nunca he sentido eso que otras mujeres llaman mariposas en el estómago, esa especie de nervios dulces, las ganas de correr y abrazar al otro. Seguí pensando y, poco a poco, todo empezó a encajar.

Vengo de una familia complicada. Mi padre bebía bastante, llegaba a casa borracho, se gastaba el sueldo en vino y provocaba un ambiente difícil. Mi madre limpiaba casas por horas para completar lo que él no aportaba. Crecí entre discusiones, cansancio y muchas tensiones. De adolescente solo quería salir de allí, tener un rincón mío, dormir en silencio y no escuchar gritos por la mañana. No soñaba con el amor, solo con huir.

Cuando conocí a mi marido tenía 22 años y él me sacaba una década. Solo llevaba un mes saliendo con él cuando empezó a hablar de vivir juntos, de ayudarme, de algo serio. Yo no me paré a pensar si estaba enamorada. Vi en él la oportunidad de largarme de casa, de empezar de cero. No lo dudé mucho. Hice la maleta y me fui. No hubo largas reflexiones ni grandes dudas, solo unas ganas enormes de marcharme.

No puedo decir que me haya ido mal. Es un buen hombre: trabajador, responsable, nunca nos ha faltado de nada. Siempre pagamos el alquiler y después la hipoteca y nos compramos un piso. Quiere a nuestros hijos más que a nada, se ocupa de todo lo que hace falta. Jamás he tenido pruebas de infidelidad ni hemos vivido escenas de celos o grandes broncas. Desde fuera, nuestro matrimonio parece perfecto. Y justo eso es lo que a mí más me confunde, porque no tengo grandes motivos para sentir este vacío tan raro.

Le quiero, le respeto y estoy agradecida. Me da paz, estabilidad, tranquilidad. Pero, si miro atrás, me doy cuenta de que nunca sentí esa pasión tan fuerte de la que hablan otras mujeres. Jamás tuve celos intensos ni miedo a perderle, ni esa emoción de saber que volvía a casa. Lo mío siempre ha sido más costumbre, compañerismo, gratitud… pero no una llama ardiente.

No pienso en separarme. Tampoco busco a otra persona ni quiero romper mi familia. Solo intento entender algo que nunca me había permitido decir: quizá lo que yo llamaba amor todo este tiempo era más bien necesidad, refugio y ganas de escapar de una infancia dura. Y ahora, con 41 años, hijos ya crecidos y la vida asentada, me doy cuenta.

A veces me siento culpable solo por pensarlo. Me digo: ¿Con qué cara cuestiono algo que me ha dado estabilidad?. Pero a la vez pienso que es honesto reconocer lo que siento. A lo mejor yo amo de otra manera. Tal vez aprendí primero a sobrevivir, y nunca aprendí de verdad a enamorarme. No lo sé. Lo único claro es que este pensamiento ha despertado muchas cosas dentro de mí, cosas que arrastro desde aquella niña que solo quería salir corriendo de su casa.

¿Qué harías tú en mi lugar?
De verdad, necesito un consejoQuizás no lo sé, pero mientras escribo esto siento que, por primera vez en muchos años, me escucho a mí misma. Tal vez nunca viví ese amor de película, pero he construido algo sólido con las piezas que tenía en mis manos, a pesar de los vacíos. He sido madre, compañera y, sobre todo, he sido alguien que logró romper el ciclo del dolor sin levantar la voz ni marcharse a la mitad de la noche. Y aunque no estaba enamorada como cuentan los libros, sí lo estaba de mi propia paz, de la vida tranquila que supe forjar, de la calidez sin estridencias.

Así que, ¿qué haré? Seguiré viviendo, quizá con más curiosidad que antes. Aprendiendo a conocer a esa mujer que fui y a la que soy ahora, preguntándome de vez en cuando por aquellos sueños que nunca tuve tiempo de soñar. Probablemente haya cosas que ya no buscaré, pero hay otras que aún puedo descubrir: una complicidad nueva con mi marido, el orgullo en la estabilidad que logramos, y, quién sabe, un modo propio de querer, que no necesita fuegos artificiales, sino raíces profundas y silenciosas.

Al final, creo que la vida a veces solo pide eso: honestidad con uno mismo y con los demás. Ojalá algún día, cuando mis hijos pregunten qué es el amor, pueda decirles sin miedo: El amor se llama también paz, refugio, y la fuerza de elegir quedarse cada mañana, incluso sin mariposas en el estómago, pero con el corazón tranquilo. Y, por primera vez, sentir que a mí también me pertenece esa historia.

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