Hace unos seis meses me casé con Álvaro. Mi madre nos ayudó a resolver el problema de la vivienda prestándonos su piso de una habitación en Madrid. Nos advirtió de que podríamos vivir allí durante ocho años, porque tengo una hermana pequeña y, cuando ella cumpliera la mayoría de edad, el piso se vendería y el dinero se repartiría a partes iguales entre nosotras.
A todos nos parecieron bien esas condiciones. La boda fue preciosa y la celebramos en un restaurante elegante. Pagamos el banquete a medias: yo había ahorrado algo y Álvaro tenía un buen trabajo.
La mañana después de la celebración, mi marido sacó el tema del presupuesto familiar.
Me propuso llevar las cuentas por separado. Según sus cálculos, para pagar los recibos, la comida y permitirse salir al cine y a tomar algo, necesitábamos cierta cantidad y debíamos aportar ambos lo mismo. Además, debíamos ahorrar al menos el 20% de nuestro sueldo para, algún día, comprar una vivienda propia. El resto, según él, quedaba para cada uno a su disposición.
Para mí era mucho dinero, ya que mi sueldo no se parece en nada al de Álvaro. Le dije enseguida que no podía pagar tanto cada mes, y de hecho, que lo normal en un matrimonio era compartir el dinero, tener un presupuesto común. Álvaro me contestó muy tranquilo que ambos debíamos aportar lo mismo por el bien de la familia.
Si ahora me cuesta aportar, debería buscarme un trabajo mejor. Vivimos en un pueblo pequeño donde apenas hay trabajos bien remunerados y él trabaja en la empresa de un familiar suyo.
Intenté buscar un empleo a media jornada. Así pasamos los meses, ahorrando cada uno su aporte: yo me privaba de todo, no me compraba nada, guardaba el dinero para Navidad, para algún detallito en cumpleaños. Mientras, Álvaro llevaba una vida a todo lujo: ropa cara, perfumes exclusivos…
Un día surgió la conversación sobre las vacaciones. Álvaro propuso salir del país, pero, de nuevo, cada uno debía pagarse el viaje. Ni remotamente podía reunir tanto dinero a tiempo, así que terminó yéndose solo.
Me sentí profundamente herida, pero no dije nada; mi relación era más importante. Unos meses después, supe que la empresa donde trabajaba mi madre cerró. Conseguir trabajo con más de 50 años en España es dificilísimo y ella tiene una hija adolescente a la que mantener. Toda la vida me había ayudado, pero ahora se le acababan los ahorros.
Mi madre me llamó pidiendo ayuda y no pude negársela. Ese mes simplemente no pude apartar dinero para la futura vivienda. Cuando Álvaro se enteró, se quejó diciendo que no sabía ahorrar.
No sabes ahorrar ni puedes ir ni siquiera a la costa. ¿Qué ayuda puedes dar a tu familia con ese sueldo?, repetía una y otra vez.
Tras escucharle, le dije a mi marido que me decepcionaba su actitud y su egoísmo. Él, todo tranquilo, me contestó que yo no me había casado con él por su dinero y que cada uno tiene que hacerse cargo de sí mismo.
Álvaro está convencido de que todo debemos pagarlo por separado. Pero yo pienso muy distinto: la familia está para apoyarse los unos a los otros. No hay forma de que lleguemos a un acuerdo. Ahora mismo no sé si quiero seguir viviendo con él…







