Ya han pasado cuarenta días desde que Nicasia despidió a su esposo

Ya han pasado cuarenta días desde que Leonor enterró a su marido.

Hoy, al cumplirse cuarenta y un días, llaman a la puerta de su casita en un pequeño pueblo de Castilla. Es Fernando quien asoma la cabeza.

Leonor, tengo que hablar contigo de algo dice, con tono poco seguro.

¿Y de qué quieres hablar? responde ella, nada amable, mientras se seca las manos en el delantal.

A Leonor nunca le ha caído bien Fernando: siempre ha sido algo explosivo y broncas. Si no hubiese sido porque su difunto esposo, Mateo, le tenía aprecio, nunca le habría dejado cruzar el umbral de su casa. Mateo, en vida, era un hombre demasiado bueno, amigo de todos los vecinos de la aldea, sin importar su genio.

Ayer, en la comida del cuarenta aniversario, no quise planteártelo delante de todos, para que nadie pensara nada raro continúa Fernando, mirando al suelo.

¿Plantear qué? Leonor se tensa.

Ahora te cuento… Mira, hay que encargar una lápida bonita para Mateo en el cementerio…

Eso ya lo sé responde Leonor, encendida. Ya lo he hablado con mis hijos. ¿A ti qué más te da? Ocúpate de tus cosas, que de las nuestras nos ocupamos nosotros.

Tranquila, Leonor, no te enerves replica él, tratando de suavizar. Una lápida hoy en día cuesta un dineral, mucho dinero. Lo he estado mirando en el cementerio.

No te preocupes, tenemos de sobra. Mis hijos en Madrid ganan buen sueldo. Pondremos una lápida digna, una valla de hierro forjado, como debe ser. No necesitamos tus recordatorios.

¡Espera! Fernando empieza a calentarse por dentro, como le caracteriza su carácter. ¿Me dejas terminar? Igual tus hijos necesitan ese dinero para otras cosas. Y tú también, mujer. Yo… quería pagarle a Mateo la lápida de mi propio bolsillo. ¿Entiendes? Yo solo.

¿Qué? Leonor le mira con recelo. ¿Y a ti qué te ha dado por esa generosidad?

Por respeto. Yo a tu marido le admiraba y así quiero hacerlo…

¡Qué cosas tienes! Leonor casi grita. ¿Es que te sobran los euros? ¿Te has hecho rico y no nos hemos enterado? Anda ya, no digas tonterías, Fernando. Tienes mujer, y si se entera de esto, me va a odiar de por vida.

No me va a odiar Fernando casi da un paso firme. Ya lo sabe y está totalmente de acuerdo.

¿Y ella está de acuerdo? ¡Pues yo no! Era mi esposo, así que yo se lo pago, ¡y punto final! ¿Está claro? Venga, fuera de mi casa.

Pero, Leonor, ¿te has vuelto loca? Solo te ofrezco una ayuda, sin esperar nada. ¿Qué te pasa?

No quiero tu ayuda responde Leonor, con la cabeza bien alta. ¡No soy ninguna pobrecita!

¡Vaya tela contigo! exclama Fernando, ya a punto de reventar. ¿Cómo Mateo vivió contigo tantos años? Si fueras mi mujer, ya te habría quitado esas manías de golpe.

¡Encima me insultas! Leonor, amenazante, se acerca a la chimenea. Mira, o te largas ahora mismo o te suelto con esta rama por la cabeza.

Vale, ya está bien grita Fernando, sacando una cartera del bolsillo y golpeando la mesa con un fajo de billetes. Toma, aquí tienes. Haz lo que quieras con ello, ¡quémalos si quieres!

Estás loco, Fernando Leonor se queda pasmada al ver los billetes de 500 euros. ¿Vas tirando así el dinero? Si quieres, se lo paso a tu mujer, que seguro que se encarga de ti por “tan nobles gestos”.

No lo va a querer. ¿Entiendes?

¿Por qué no? ¿Es dinero robado, acaso? ¿Queréis quitároslo de encima rápido?

Pero Leonor… Fernando apenas puede respirar de la rabia. Venga, tendré que decirte la verdad resopla. Aunque le prometí a Mateo que no lo haría… Bueno, que él me perdone: vengo a devolverte una deuda. ¿Entiendes?

¿Qué? ¿Qué deuda?

Una deuda de dinero. Hace diez años, Mateo me hizo un gran favor prestándome ese dinero…

¿Mateo? ¿A ti? ¿Dinero? Leonor no puede creerlo.

Sí. Siempre quise devolvérselo, pero él nunca aceptaba. “Cuando yo falte”, decía, “si puedes, ayudas a mi mujer, aunque sea en especie”. Ay, Mateo… y ahora que tampoco ando bien de salud pensé: ¿y si cuando necesites ayuda yo ya no estoy para devolvértelo? Eso sería pecado. Por eso quería con este dinero encargarle la lápida. Pero, bueno, haz con él lo que quieras.

¡No puede ser! musita Leonor, sin fe. Si Mateo hubiera dejado una deuda así, me lo habría contado, ¿no?

Anda que sí. Si te lo cuenta, te lo comes a protestas. ¡Mira si aquí no hay ni más ni menos que cuarenta mil euros!

¿Cuánto? Leonor se queda helada. ¿Y cómo no me percaté en su día de que faltaba ese dinero?

Porque Mateo era un trabajador incansable. Mira qué casa te dejó, y a los hijos colocados y graduados. Era oro, tu marido.

No puede ser, tuvo que notarse Cuarenta mil euros en aquel momento era una fortuna Y se lo prestó así, sin más

No solo a mí, ayudó a varios vecinos confiesa Fernando. Y nunca permitió que te enteraras.

¿Pero por qué? Yo era su mujer…

Ya sabes, a las mujeres no les gusta que su esposo preste dinero. La mía me dice igual: dejar dinero es fácil, recuperarlo complicado. Pero Mateo era distinto: “devuélvelo a mi mujer cuando me haya ido”, decía siempre.

Madre mía Leonor se sienta lentamente. Y yo pensaba que mis vecinos se habían vuelto locos: uno me trajo leña para la chimenea sin querer cobrar, otro me ha arado el huerto y tampoco aceptó dinero, e Ildefonso prometió diez sacos de pienso para las gallinas, gratis…

Así era Mateo. Haz lo que quieras con el dinero, Leonor. Pero ponle una lápida bien bonita, que se lo ganó bien. Es tu decisión. Me voy ya.

Fernando suspira, se da la vuelta y sale despacio por la puerta.

Fernando, espera… lo detiene Leonor. Perdona mi brusquedad… Y gracias.

Dale las gracias a Mateo, descansa en paz Fernando le sonríe, y sale a la calle.

Leonor se queda un largo rato a la mesa, pasando los billetes entre los dedos, suspirando profundamenteLeonor, sola en la cocina mientras el portón de la calle se cierra con un golpe suave, mira el fajo de billetes sobre la mesa y luego al cuadro de Mateo colgado junto al reloj de pared. Sus labios tiemblan con una sonrisa y un temblor. Repasa, una a una, las veces que discutió con Mateo por su generosidad excesiva, sus horas en faenas del pueblo, sus ausencias por ayudar a uno u otro. Nunca entendió ese desprendimiento, ese modo callado de dar.

Sale al porche y respira hondo. El sol ilumina los geranios del alféizar. Detrás de la tapia, las voces de los niños arrastran cometas. Unos pasos la sorprenden: es Ildefonso, que la saluda con el sombrero en la mano. Leonor le devuelve el saludo y, de pronto, le parece que el silencio del pueblo está lleno de la presencia de Mateo, como si nunca se hubiera ido.

Vuelve a la cocina, acaricia el dinero, y al lado de la cartera coloca un sobre grande. Empieza a escribir con mano decidida: “A los amigos de Mateo”, en letras grandes, y debajo, en hoja aparte, los nombres de quienes recibieron ayuda, para que todos sepan, para que quede escrito. Sabe qué lápida pondrá, pero también decide, con la cabeza y el corazón, que una parte del dinero servirá para fundar un pequeño fondo en el pueblo, en honor de su esposo: será para quien lo necesite, cuando nadie más esté dispuesto a ayudar. Esa tarde, Leonor siente que la sombra de Mateo la envuelve por fin, pero ya no como ausencia, sino como un abrazo silencioso de gratitud y memoria. Al mirar por la ventana, una bandada de pájaros alza el vuelo y por primera vez en cuarenta y un días, Leonor sonríe y siente paz.

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Cuando tenía trece años, aprendí a ocultar el hambre — y la vergüenza.